Corsarios europeos y piratas somalíes

Diario de noticias de Alava, 20-06-2009

Corsarios europeos y piratas somalíes

ES cierto que nos gusta poner pescado en nuestro plato. El mercado europeo es el mayor consumidor de pescado del mundo. Pero las aguas europeas ya están algo esquilmadas, sólo hace falta salir a pescar a nuestras costas y preguntar a nuestros abuelos para darse cuenta. Tal vez por ello es que sólo el 25% del pescado que consumimos los europeos proviene de aguas europeas (FAO, 2008). Para el 75% restante, una basta flota de embarcaciones industriales controladas por una red de compañías pesqueras con bandera de conveniencia la mayoría (algunas son también grandes comercializadoras), con bandera europea otras, surca los mares de los cinco continentes en busca de grandes bancos de peces. La PPC (Política Pesquera Comunitaria, similar a la PAC para la agricultura) y gobiernos como el español subvencionan con mucho dinero público dicha explotación industrial exterior. Por ejemplo, en mares como los que bañan Somalia, cuyas aguas son estos días protagonistas de batallas de piratas: somalíes (muchos de ellos ex pescadores dicen) entregados al secuestro de embarcaciones que navegan acarreando miles de contenedores llenos de los materiales y la energía que la economía europea precisa.

Sin embargo, como suele hacerse oficialmente, se ha obviado sistemáticamente a uno de los actores clave. Si a los somalíes entregados al arte del secuestro se les llama piratas, a estos actores invisibles se les podría llamar corsarios. Corsario es quien piratea pero con el apoyo claro de su gobierno por algún tipo de patente de corso. Me refiero a los pesqueros europeos, y en particular a los españoles, líderes mundiales en pesca ilegal industrial. La mayoría de las poblaciones de países como Somalia vive en la costa, y depende directa o indirectamente de la pesca artesanal.

Las embarcaciones – aspiradora de pescado europeas, estadounidenses, japonesas y chinas por este orden se extienden por todo el globo. Sus impactos, no importa si silenciosos, son el colapso de los ecosistemas marinos, y lo que es peor, el fin de la subsistencia de muchos de los habitantes de costas como las somalíes, senegalesas, mauritanas, ecuatorianas, peruanas… que deberán encontrar otros horizontes para sus familias. Por ejemplo, emigrar a España. O incluso comprar armas (por ejemplo, producidas en España) y echarse a la guerra del pirata.

¡Menuda paradoja! Los corsarios europeos, arropados por los buques de guerra de gobiernos como el español o el holandés, aparecen como indefensas víctimas de piratas malos. Los consumidores europeos de pescado observamos y fruncimos el ceño. Mientras tanto, la empobrecida economía somalí pierde ingresos (¿se le secuestra?) por valor de 94 millones de dólares anuales por la pesca ilegal de los corsarios europeos (Environmental Justice Foundation, 2009). La pesca y sus servicios ecosistémicos desaparecen también ahí. Y la sociedad somalí sigue ahondando en su miseria. Menuda cooperación la que brinda la Unión Europea a África. ¿O se trata de anticooperación? Para mí, robarle a un pobre es mucho más grave que robarle a un corsario.

David Llistar i Bosch

Coordinador del Observatorio de la Deuda en la Globalización y profesor de Ecología Política

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