«Si lo sé, no vengo a España»

Cristina, una madre inmigrante, sobrevive gracias a la institución

Las Provincias, A. RALLO, 10-06-2009

Lo más triste de las colas es descubrir que los niños también forman parte de ellas. Estos dos visten idénticos: pantalón verde, camiseta blanca, zapatillas y una gorra de un superhéroe. Parecen gemelos. Puede incluso que lo sean. Ni siquiera lo que llevan entre manos les diferencia. Un bocadillo. Abandonan la Casa de la Caridad como si de su hogar se tratara. Y parecen felices. Demasiado pequeños para conocer que la realidad a veces se pinta de crudo, como la que vivió el personaje que llevan en la gorra. Se despiden del periodista con una sonrisa y con la mano dicen adiós.
Su madre, Cristina, se sincera. «Venimos desde hace un mes». Ella y tres hijos. «Tengo otro, pero está en el comedor del colegio», aclara. Decir que la situación es dramática equivaldría a decir que viven un cuento de hadas. Su trabajo en un hotel forma parte del pasado. Y, por desgracia, de uno demasiado lejano. Eran otros tiempos. «Ahora no puedo con las deudas. El salario de mi marido sólo llega para pagar la casa». Pero los préstamos no dejan respirar.
El título del famoso programa de televisión «Si lo sé no vengo» es para ella el pan de cada día. «Ahora mismo pienso más en volver que en quedarme. Pero si llego a saber esto… Nunca hubiera traído a mis hijos».
Miguel Ángel parece un joven estudiante al abandonar la Casa de la Caridad. Lástima que en la mochila en vez de libros lleve comida. Al girar la esquina, antes de perderse camino de ninguna parte, atiende a LAS PROVINCIAS. «Llevo un par de meses viniendo por aquí», arranca.
Sus 33 años no se reflejan en su cara. Las penurias todavía no le pasan factura en su juventud. Pero él ya se ha puesto manos a la obra para desaparecer de España. «He ido para acogerme al Plan de Retorno, pero me dicen que son para casos de emergencia…¿Y qué es el mío?», se pregunta. La siguiente parada fue el Ayuntamiento. «Y todavía espero la llamada».
«No engancho un trabajo», resume Miguel Ángel. Incluso denuncia que en determinadas cuadrillas se aprovechan de compatriotas pagando menos dinero del que corresponde. Lo de mandar dinero a casa, a su Bolivia natal, es una utopía. «Siempre hablo por teléfono con mi familia». Pero sólo puede enviarles eso, palabras. En Valencia vive de la caridad de un amigo. «Él, por suerte, va tirando».
La despedida, dramática. Mete la mano en un bolsillo. «Mira, esto es lo último», dice mientras muestra una orden de expulsión. No tiene papeles.
La misma angustia en otro rostro, el de Gustavo. «Mi empresa quebró en febrero». Ahora mismo ya no le queda dinero. «Debo dos meses de alquiler. Y cuando termine este, me veo durmiendo en un albergue. De hecho, ya lo estoy buscando». También a él le acaban de denegar los ‘papeles’.
En una bolsa lleva el bocadillo y algo de fruta. «Con esto tengo que pasar hasta mañana. Como mucho me compraré una botella de agua…». Ya no dispone ni de un euro al día para gastar en las tiendas. Lejos, en su país, le esperan sus hijos. «Llevo año y medio sin poder mandar nada». Y el dinero no dura eternamente.

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