La nueva Sudáfrica
Aún no se han borrado las huellas del 'apartheid', pero la ciudad se ha convertido en destino atractivo para surferos y turistas inquietos
El Correo,
,
30-05-2009
Por una ventana minúscula de su exigua celda, Nelson Mandela pasó años atisbando el patio amurallado de la cárcel sin poder adivinar que tras él se encontraba el horizonte azul y la montaña bautizada como ‘Table Mountain’, muy cerca del que en tiempos se llamó Cabo de las Tormentas, por los fuertes vientos que lo azotaban, el cabo más redondo de la Tierra según Francis Drake o, finalmente, Cabo de Buena Esperanza, a cuyo resguardo nació Ciudad del Cabo.
En los casi dos decenios que pasó en la isla de Robben, haciendo ‘jogging’ en su celda número 5 de apenas dos metros cuadrados y preparándose para un futuro político que transformaría radicalmente la vida de su país, Mandela no podía imaginar cómo al cabo de los años cambiaría la fisonomía de Robben. Esta isla carcelaria, antigua leprosería y manicomio, adquiriría un aire renovado después de que la prestigiosa cadena surafricana Sun International abriera ‘The Table Bay’, hotel de cinco estrellas considerado el mejor de Suráfrica por las revistas ‘Celebrated Living’ y ‘Conde Nast Traveler’, situado en un enclave excepcional. Al fin, el sombrío horizonte que delimitó la estancia en la cárcel de Mandela se liberaba y se abría a una vida más placentera.
Ciudad del Cabo nació en 1652 como puerto de paso en el extremo sur de África para los barcos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Es una ciudad alegre, de clima benigno, con una luz radiante que se matiza en torno a ‘Table Mountain’, montaña tutelar de la urbe a cuya cima se puede subir en funicular. Desde aquí se disfruta de una visión panorámica de los muchos atractivos de la ciudad: sus playas redondeadas de blanca arena, las suaves colinas envueltas en una niebla perpetua que se funde con el paisaje, la isla Robben de infausta memoria y el estadio recientemente construido en el que se disputará la semifinal de la Copa mundial de fútbol de 2010.
Cuando el país acaba de salir de sus cuartas elecciones democráticas tras el fin del ‘apartheid’, que han colocado a Jacob Zuma en la presidencia del país, Ciudad del Cabo presenta un aspecto amable, donde aún queda mucho por hacer para consolidar la convivencia y la igualdad, pero donde también es posible albergar la esperanza de que Suráfrica aprenda a superar ese penoso pasado en el que un 12% de la población explotó y humilló al 88% restante.
El aire está impregnado del olor del ‘fynbos’ (arbusto magnífico, en lengua afrikáner) que puebla los jardines y los campos de tierra roja de Suráfrica. Es un aroma muy especial, quizá sea la más inefable seña de identidad del país. Además, pinos de tipo mediterráneo bordean la ciudad y abundan los puestos de flores entre las que abundan las ‘proteas’, flor nacional que adorna las calles de Ciudad del Cabo.
Esta es una metrópoli relativamente pequeña, pero de una rica y abigarrada mezcla arquitectónica que bien puede hacer gala de la naturaleza multirracial que la ha conformado. En el barrio musulmán de Boo – Kaap se alza la mezquita de Auul, construida en 1798 por musulmanes traídos a Ciudad del Cabo desde Malasia, Indonesia y Sri Lanka por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales para trabajar en la construcción. Entre las casas del barrio, las más coloristas de la ciudad entre chillones tonos naranja, violeta y verde esmeralda, encontramos algunos restaurantes en los que aún se come con las manos y se degusta una gastronomía excelente que ha sido muy influyente en la cocina de Ciudad del Cabo.
En la céntrica plaza del Mercado Verde se extiende el mercadillo étnico y se alza el antiguo Ayuntamiento bóer. El edificio se codea con otros de estilo art decó entre tiendas de oro y diamantes y puestos de artesanía africana en los que se exhiben huevos de codorniz pintados, tallas de ébano, abalorios multicolores hechos con cuentas y alambre y vestidos de alegres diseños. Un mercado que bulle de vida y abiertas sonrisas que raramente se apagan.
Fin de las diferencias
Las calles son limpias y cuidadas. En los parques, a la sombra de las acacias o de ébanos africanos, las familias se sientan a hacer un picnic. Sobre el respaldo de los bancos del parque aún reza la siniestra advertencia de ‘Sólo para blancos’ o ‘Sólo para negros’ de los tiempos del ‘apartheid’.
Para contemplar la espectacular puesta de sol de Ciudad del Cabo, uno de los mejores enclaves es la Playa de Camps Bay, lugar de marcha a tope de bares y restaurantes. El sol se esconde tras las gélidas aguas del Atlántico, pero a los surferos – blancos y negros por igual – no parece importarles el frío a la hora de deslizarse sobre las olas. Hasta hace unas décadas el surf sólo estaba permitido a los blancos. Para quienes tuvieran cualquier otro tono de piel, la mayoría de las playas de Ciudad del Cabo, Camps Bay entre ellas, era ‘Zona prohibida’, según decretaba la Ley de Servicios Segregados, que impedía que los negros pudiesen disfrutar de las mejores playas y parques o viajar en los mismos compartimentos de transporte que los blancos. En aquella vieja Suráfrica todo se compartimentaba en cuatro categorías: blanco, mestizo, indio y negro. Un tiempo que la nueva Suráfrica intenta dejar atrás.
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