Un baño de dignidad
Las cabinas de la playa constituyen la única posibilidad de recibir una ducha para muchas personas. El Ararteko ha pedido que el Ayuntamiento habilite un servicio específico para ellas. En La Concha se mezclan con los valientes que se sumergen en el mar.
Deia, 14-01-2009AÚN faltan dos minutos para que el reloj marque las diez de la mañana. De un martes y trece. Aparentemente ajena a esta coincidencia, la mujer encargada de atender las cabinas colectivas situadas bajo los arcos de La Concha, a la altura del elegante hotel de Londres, abre sus puertas. De inmediato entran un hombre y un joven. Ambos llevaban varios minutos aguardando a que esta instalación municipal, dotada de vestuarios y duchas, abriera sus puertas. A pesar de su diferencia de edad, ya se conocen. Cada uno lleva consigo una mochila. Tras entrar en la cabina, al poco rato salen. En traje de baño. Y se zambullen en las aguas de la bahía, ajenos al frío.
No, definitivamente, estas dos personas no se hallan entre las que encuentran en las cabinas de las playas de Donostia la única opción de recibir una ducha. Tal y como recogía ayer este periódico, el Ararteko ha instado al Ayuntamiento a que cree un servicio permanente para que las personas sin hogar puedan resolver sus necesidades de higiene y limpieza personal. Actualmente pueden acudir al de La Concha, aunque en verano el Ayuntamiento les obliga a utilizar sólo las cabinas de La Zurriola porque, a diferencia de las de La Concha, aquéllas, que sólo se abren durante la temporada estival, cuentan con una infraestructura que permite atenderles de forma separada al del resto de los ciudadanos. Eso sí, en ambos casos tienen que pagar. “Todavía es pronto, suelen venir como al mediodía, entre las doce y media y la una”, explica la mujer que atiende las cabinas, quien prefiere no dar su nombre.
¿Qué hace hasta el mediodía una persona que ha dormido donde ha podido, quizá, con suerte en el piso del frío que habilita el Ayuntamiento durante el invierno? La respuesta de esta mujer de aspecto bonachón y muy amable está cargada de una lógica de la que carece que quien ya ha desayunado y se ha duchado tras dormir bajo un techo llamado hogar. “Suelen venir más tarde porque primero buscan dónde desayunar, porque el día se les hace muy largo”.
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Tres tiques por semana
Pero cuando las cabinas apenas llevan media hora abiertas, se ve bajar las escaleras a tres hombres. A diferencia de las personas que para entonces ya han entrado en las cabinas, no llevan mochilas sino bolsas de plástico procedentes de comercios que, quizá, no hayan pisado nunca. De su interior sobresale ropa. ¿Viven en la calle? Su primera respuesta es “no”. “Vivimos aquí, en una casa, en Martutene”, se apresura a decir uno de ellos. De inmediato, baja la guardia. “La casa está abandonada y no tenemos dónde lavarnos”, señala sin perder nunca el tono amable y sí sus iniciales precauciones. Tanto, que tanto él como otro de sus compañeros, Rachid, no tienen reparo en dar su apellido, a pesar de que, según confiesa Mohamed, ninguno de los tres tiene legalizada su residencia.
Son marroquíes, de Casablanca. Bordean la treintena. Llevan apenas dos meses en Donostia, de cuyas calles conocen lo que la mayoría de los donostiarras no sabrán nunca: cómo se duerme en ellas. “Hemos pasado noches en parques”, señala Rachid. También han pasado por el piso del frío. De hecho, los tres conocen bien la ruta de los sintecho en la ciudad. “De aquí llevamos la ropa a Cáritas para lavarla. Luego vamos a una biblioteca. Leemos el periódico, libros… Después a Cáritas a comer. Otra vez a la biblioteca”.
Eso sí, la ducha no es diaria. No porque no quieran. De hecho, a pesar de su triple condición de sinpapeles, sintecho y desempleados, su actitud y su aspecto no son el de personas abandonadas. Al menos, no sumida en el autoabandono. Se queja de que “en Bilbao y Murcia la ducha es gratis”. Si en Donostia pueden acceder a ella, explica, es porque “la Cruz Roja nos da tres tiques para la semana”. Tres días en los que estos tres marroquíes sienten sobre su cuerpo un agua que no sólo les limpia el cuerpo. “Es una cuestión de dignidad”, señala María Romero desde la organización Raids, que trabaja en la integración de personas en riesgo de exclusión social. De hecho, se pregunta cómo puede exigírsele que encuentre trabajo a una persona que no puede ir duchada a una entrevista.
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