Obituario / MATIAS ARRANZ

Brigadista y superviviente de los campos nazis

El Mundo, ISABEL MUNERA, 05-09-2008

Prometió contarle al mundo la barbarie que había presenciado en Mauthausen y Gusen La edad fue benévola con Matías Arranz y le permitió conservar intactos sus recuerdos, su tesoro más preciado. Como tantos otros supervivientes de los campos nazis, juró que si lograba burlar a la muerte no se cansaría de contarle al mundo lo que se escondía tras aquellos muros.


«No teníamos ninguna esperanza personal. Todos estábamos condenados a desaparecer sin dejar huella. Nos dijimos que había que hacer todo lo posible para que alguno sobreviviera y contara el horror. Y lo logramos», comentaba Arranz siempre que le preguntaban cómo había conseguido sobrevivir a aquel infierno.


Nacido en la localidad burgalesa de Vadocondes, se afilió muy joven al sindicato UGT y pronto comenzó a militar en las Juventudes Socialistas Unificadas.


Tras el golpe de Estado franquista, se alistó voluntario como miliciano para defender a la República. Sin embargo, la suerte no le acompañó, y tan sólo dos meses después de iniciada la contienda tuvo que retirarse después de que le hirieran en un brazo en una refriega en Illescas (Toledo).


Una vez recuperado, decidió continuar luchando y se unió a los voluntarios extranjeros de las Brigadas Internacionales. Junto a ellos combatió en las batallas de Guadalajara, Teruel y Ebro.


Tras la derrota republicana, cruzó la frontera francesa como tantos otros miles de españoles y fue internado en el campo de refugiados de Saint Cyprien.


Pero la paz estaba a punto de romperse en Europa, y Francia buscó entre los republicanos manos para frenar el avance alemán. Los primeros en caer ante los nazis serían así los españoles, y entre ellos Matías Arranz.


El 27 de enero de 1941, pisaba por primera vez el campo de concentración de Mauthausen, mientras oía gritar a las SS por megafonía: «Entráis por la puerta, pero saldréis por la chimenea».


Tan solo unas semanas después era trasladado al campo de Gusen, donde permaneció hasta su liberación el 5 de mayo de 1945.


«Al entrar allí pasamos a formar parte del mundo de los muertos en vida. La media de resistencia que daban era de seis meses. Estaba todo calculado. Con el alimento y el ritmo de trabajo, las fuerzas daban para eso, todo lo más medio año», explicaba Arranz, que pese a las duras condiciones de vida consiguió sobrevivir hasta la liberación del campo.


«Era joven y fuerte y, además, tuve la suerte de ser de los pocos que se especializaron para hacer de picapedrero. Nosotros teníamos que construir la gran Alemania después de la guerra. Teníamos que preparar la piedra para que los escultores y arquitectos hicieran las grandes obras del Reich y las grandes estatuas del Führer. Gracias a eso pude sobrevivir», añadía.


Su liberación vino acompañada del final de la guerra. Sin poder regresar a la España franquista, decidió instalarse en Francia, donde se casó y tuvo tres hijos.


Consciente de que otros no tuvieron tanta suerte y no lograron sobrevivir, dedicó gran parte de su vida a contar al mundo lo que había sucedido en aquellos campos de la vergüenza, que se convirtieron en cementerio improvisados para muchos seres humanos, cumpliendo con la promesa que les hizo a sus compañeros de infortunio.


Pese a conocer el rostro del horror y convivir con la muerte durante cuatro largos años, Matías Arranz conservaba intacto su sentido del humor. Así, durante el acto de homenaje que se brindó en Madrid a las Brigadas Internacionales en 2006, consiguió arrancar las sonrisas y los aplausos del público al comentar: «En Mauthausen me hacían trabajar sin comer y desde que estoy aquí, me obligáis a comer sin trabajar. Así de contradictoria es la vida».


Matías Arranz, superviviente de los campos nazis, nació el 24 de febrero de 1914 en Vadocondes (Burgos) y murió el 13 de agosto de 2008 en Madrid.

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