Los últimos días del viejo y loco Harlem
El Mundo, , 24-08-2008Nueva York / El mítico barrio de Manhattan se aburguesa día a día por la presión inmobiliaria. Atrás queda la marginalidad y la mugre pero también el sabor de un vecindario famoso en todo el mundo. Harlem vive tiempos convulsos, algo por lo demás, habitual en una ciudad, Nueva York, que navega en permamente metamorfosis. Los neoyorquinos, prácticos, miran hacia allí con ojos codiciosos. Cientos de blancos, con ingresos muy superiores a la media del barrio, acuden atraídos por los precios, no bajos, pero sí, al menos, inferiores a los del resto de la isla. Se trata de una situación clásica. Manhattan apenas tiene un metro libre. Viejas zonas, podridas de miseria, han cambiado a velocidad de crucero en menos de una década (léase, por ejemplo, el Lower East Side).
Se trata de un secreto a voces. Sobreviven las costillas con salsa barbacoa, las misas de gospel, los portentos del saxo, pero la pandemia de drogas remite y abren sucursales bancarias, cafeterías cortadas a patrón y demás atributos de barrio pijo. «Era previsible», comenta Elizabeth, residente en el barrio desde hace tres décadas; «aquéllos que no tienen piso en propiedad pronto tendrán que irse, y los que sí compraron deberán hacer frente a unos impuestos cada vez más altos y también se irán».
Por supuesto, el turista todavía encontrará un barrio pujante, que vive entre las dos orillas de su pasado negro y su impreciso futuro, rico en contrastes, puestos callejeros, moteles atiborrados de estudiantes, gente de la Universidad de Columbia a la caza de nuevos apartamentos, predicadores dominicales y oradores encendidos en muchas de sus esquinas.
Virgen de la especulación que masacró otras zonas de Manhattan – nadie quería vivir aquí hasta finales de los 90 – , las calles de Harlem presentan un museo de arrebatada belleza. Cientos de edificios históricos aguardan a sus nuevos inquilinos. Desde que Giuliani puso en marcha sus políticas contra el crimen, los números han convertido el antiguo jardín de cocodrilos en un territorio golosísimo: las cifras totales de crímenes – asesinatos, violaciones, robos y atracos – bajaron un 62% entre mediados de los 90 y 2005. En 1981 hubo 6.500 robos, nueve años después, 4.800, y en 2000, 1.700. Pero hagamos un poco de historia…
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En el número 17 Oeste de la calle 126, Art Kane tomó una fotografía, Jazz Portrait – Retrato del jazz – de 1958, que constituye un huecograbado de un tiempo ya ido. Sonrientes, glorias del jazz como Dizzy Gillespie, Roy Eldrige, Lester Young, Thelonius Monk, Mary Lou Williams, Coleman Hawkins, Red Allen o Art Blakey contemplaban el objetivo. Fue una proeza, ya que la mayoría de los músicos no acostumbraban a levantarse tan temprano. Hoy sería imposible, y no por los horarios, sino porque el 17 West fue demolido. Y lo que es peor, el jazz parece más un objeto para consumo de turistas, que una realidad caliente y callejera.
De aquellos días apenas quedan supervivientes, como el gran Sonny Rollins. Cuando hace un par de semanas actuó en Central Park, el 90% del público era blanco de clase media/alta. Los suyos, los negros, hace tiempo que olvidaron el jazz. Su tipografía vital ha sido sustituida, al menos entre los más jóvenes, por el rap.
Uno de los pocos clubs del barrio que mantienen la llama es el St. Nick’s, en Sugar Hill, una borrachera de edificios deslumbrantes y detritus en el suelo. Allí, los últimos pistoleros del género se retan en vertiginosas jam – sessions. Cualquiera sale de allí convencido de que el futuro de Harlem continúa sintonizado al glorioso pasado. Nada más lejos de la realidad. Hace 15 días, la policía cerró el patio donde músicos y espectadores confraternizaban junto a un muro de la casa de James Brown. ¿La causa? Las denuncias por ruido interpuestas por unos vecinos, blancos, recién llegados e incapaces de entender su barrio. La nostalgia del jazz resulta más un discurso turístico que un motivo de alarma.
El ruido, pulso vital de Harlem, también ha ocasionado problemas en el Marcus Garvey Park. Allí, cada sábado, decenas de percusionistas se reúnen para aporrear sus instrumentos y conectar las venas que nutren, en viaje de ida y vuelta, Africa y América. Vecinos, turistas y perros hacen piña para escucharlos. Idílico, ¿no? No. Hace menos de dos años, los promotores levantaron un edificio en la esquina de la 124. Por supuesto, la mayoría de sus vecinos son de nuevo cuño. Vienen del Upper East Side, el Upper West Side o el Village… Traen consigo su hábitos WASP – blanco, anglosajón y protestante – , el gusto por el silencio y los horarios convencionales. Cómo no, protestaron por el estruendo de las percusiones que, dicho sea de paso, nunca va más allá de las 21.00 horas.
Forzados a trasladarse, los músicos tocan ahora en el parque, pero la distancia no ha frenado las denuncias. En represalia, algunos de los vecinos han sido amenazados. Otros, cuando son preguntados, cabecean contritos: vinieron por la bicoca de los precios, sí, pero también fascinados con la mística del barrio. No comparten las quejas de sus vecinos, pero soportan un racismo inverso ante el que se sienten impotentes.
Hogar durante el siglo XIX de ricos judíos, Harlem fue foco de atracción para los negros desde principios del XX. Durante los años 20, sobrevino el denominado Renacimiento, una suerte de convoluto en el que escritores, músicos e intelectuales hablaron de recuperar el barrio. Clubs como el Savoy, el Cotton Club o el Lenox Lounge surtían de magia las madrugadas. Mitos como Billie Holiday, Charlie Parker o Miles Davis muñían la banda sonora de América. Tras el fin de la II Guerra Mundial, comenzaron los problemas. Hubo incendios, saqueos y todo se complicó con la llegada de la heroína durante los 50. El asesinato del doctor King no hizo sino añadir gasolina al incendio, con tropas por las calles y fuegos en cada edificio. A mediados de los 60, había 30.000 drogadictos en Nueva York y cerca de 20.000 en Harlem.
Entre 1953 y 1962, el crimen juvenil en Harlem fue un 50% más alto que en el resto de la ciudad. Sobresaturado y con condiciones de salubridad nulas, soportaba a 215.000 habitantes por milla cuadrada, por 70.000 de todo Nueva York.
Todo esto ha cambiado a mejor, claro. Lo malo es que con la normalidad llegó el martillo neumático del movimiento especulativo, las más de 5.000 viviendas de lujo proyectadas en la 125 – arteria del barrio donde se levantan el Teatro Apollo y el antiguo Hotel Sofía – , los pisos de dormitorio y salón a 250.000 dólares, los alquileres de 1.500, la migración de las familias pobres hacia el Bronx y el cierre de los comercios tradicionales, arrumbados por las nuevas franquicias son los síntomas.
Es posible que el jazz sea ya sólo objeto de culto entre intelectuales blancos, pero su desaparición anuncia la bancarrota del barrio. Harlem sufre desnudo la gentrification, denominación estadounidense del proceso migratorio que lleva a residentes de rentas más altas a colonizar barrios antaño deprimidos.
Arnold, de 60 años, cabecea: «Nací aquí y esto fue terrible. Ahora puedes pasear de noche y no está lleno de drogadictos, pero no sé si podremos seguir viviendo en Harlem. El sentimiento es agridulce».
Con la música a otra parte
Harlem no es sólo el barrio negro. Hay, además, grandes zonas puertorriqueñas, justo en la prolongación del Upper East Side, conocidas como el Spanish Harlem, así como Washington Hights, al norte, de población eminentemente dominicana. El Spanish Harlem, cuna de músicas tan subyugantes como la salsa, apabulló al mundo con la eclosión de portentos como Héctor Lavoe o Johnny Pacheco y vivió momentos dulces en el apogeo de instituciones como el Museo del Barrio, asomado a Central Park. Hoy, la mayoría de sus habitantes, destripados por los alquileres, mira hacia otros barrios. Washington Heights, por su lado, ha conocido un renovado interés gracias al musical ‘In the Heights’, de Lin – Manuel Miranda. Cuatro Tonys, Mejor Musical, Banda Sonora, Orquestación y Coreografía, avalan su éxito. Hablemos del Harlem afroamericano o de los Harlem latinos, conviene no ponerse estupendo. Nueva York es una turbina. En su velocidad para mutar radica el secreto de su energía. Quizá Harlem cambie, pero también el Bowery, en tiempos, hogar de emigrantes de la Europa del Este, o Times Square, epicentro de los ‘sex – shops’ hace 20 años. Las próximas mecas, al menos culturales, nacen ya en secciones de Brooklyn y, en South Bronx, donde los jóvenes buscan estudios para desplegar los óleos o enchufar las guitarras.
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