DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Órganos cristianos e islámicos

El Día, 21-08-2008

DOS NOTICIAS contrapuestas. En la primera, un médico onubense pide que el sistema sanitario respete las costumbres de los emigrantes en el tratamiento y la atención en los centros públicos de salud. Ignoro si se refiere – el texto no lo explica – a la sanidad andaluza o a la española en general, si bien estos servicios están ampliamente descentralizados en todas las comunidades autónomas. Un asunto, en cualquier caso, curioso. Curioso al menos para mí, porque cuando acudo a un médico la primera preocupación es curarme. Me da lo mismo que un chamán me haga beber un ponche de maca y rana, o que una santera le corte el cuello a un gallo para rociarme con su sangre. En estos casos, tengo por costumbre dejar los aspectos culturales en segundo plano. Lo que me importa, insisto, es recuperar la salud. Por eso prefiero un médico, aunque sea normalito, a un curandero de la más reputada solvencia.

Existen diferencias fisiológicas relacionadas con la genética y las condiciones ambientales en las que se desarrolla cualquier persona. No sólo cuenta el genotipo; también está el fenotipo. Más allá de estas salvedades, el cuerpo de un esquimal se comporta de manera muy parecida al de un bantú frente a casi cualquier enfermedad. Ni las bacterias, ni las células malignas distinguen, llegado el caso, entre un europeo rico y un africano pobre. Cierto que la indigencia es caldo de cultivo para muchos males, pero ese es otro asunto. Lo que nos ocupa hoy sólo tiene un nombre: la pollabobez de un memo, presto a sacar partido de una determinada opinión en un país, España, donde se le da audiencia a todo el que diga algo a favor de los inmigrantes ; aunque sea una gigantesca gansada.

La otra noticia rebasa el terreno del oportunismo para caer plenamente en lo dramático: el sindicato de médicos egipcios ha prohibido el trasplante de órganos entre cristianos y musulmanes. Posiblemente todavía no se hayan enterado de la Alianza de Civilizaciones y otras mentecatadas. Acaso sería oportuno que Moratinos realizara un viaje oficial para explicar el asunto por aquellas latitudes.

No me sorprendería que el imán de una mezquita prohibiese tales intercambios. A fin de cuentas, también impide el Islam que un infiel se case con una creyente, aunque no al revés. Estamos hablando, sin embargo, de médicos; de profesionales que durante su etapa de universitarios, y también luego como galenos, han hurgado en suficientes cuerpos para saber que debajo de la piel no hay razas, ni credos, ni ideologías. Tan sólo órganos, huesos y músculos que sólo se rigen por las leyes de la física y la química; en definitiva, por la biología. Naturalmente, a partir de estas premisas sobra cualquier comentario.

Lo trágico, empero, no es esto. Lo trágico es que la política de lo políticamente correcto impide cualquier crítica cuando se produce un dislate semejante. Vivimos en una situación que recuerda a los años sesenta, cuando ya resultaba imposible negar los crímenes del régimen soviético, pero la intelectualidad progre prefería mirar para otro lado para no quedarse sin argumentos vitales. ¿Y si al final resultase que los malos, los que dividen, los que provocan guerras no son los pérfidos de siempre, sino también los otros? Qué hecatombe ideológica para los acólitos de la pulcritud del pensamiento oficial.

rpeyt@yahoo.es

 

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