Los malos ejemplos de Europa
La Vanguardia, , 28-07-2008Sólo acudieron a París porque querían conocer a mi esposa". Como de costumbre, mi amigo diplomático árabe, con su implacable ojo clínico sobre las relaciones internacionales, acertó: la cumbre de la Unión por el Mediterráneo (UPM), organizada por Nicolas Sarkozy en París los días 13 y 14 de julio pasado, ocupó los titulares y constituyó efectivamente un pórtico espectacular del semestre de la presidencia francesa de la UE. Sin embargo y en lo que atañe a las relaciones de la UE con sus países vecinos del sur y el sudeste, no consiguió nada ni estaba en condiciones de ello. El primer ministro israelí, Olmert, y el presidente palestino, Abas, se fotografiaron juntos, pero para eso no necesitaban ir a París, pues se reúnen habitualmente en Jerusalén. El rey de Marruecos no acudió porque al parecer no quería sentarse en compañía del presidente de Argelia, país con el que ha estado en conflicto por el Sahara Occidental desde 1975. El coronel Gadafi tampoco estuvo en París por más que durante años ha estado interesado en ser admitido en las negociaciones entre la UE y el Mediterráneo.
El presidente sirio Asad estuvo presente en la reunión, pero lo hizo para recuperar parte del nivel y la consideración diplomática perdidos. No se reunió ni intercambió un apretón de manos con el primer ministro israelí, Olmert, y además se aseguró de que, contra la costumbre habitual, no hubiera foto de grupo de los participantes en la cumbre.
Ha suscitado una viva reacción el hecho de que Siria haya “reconocido” por fin a Líbano como Estado separado e independiente, abriendo una embajada en Beirut, aunque se trata de una iniciativa que debería haberse producido hace 60 años (como si un hombre anunciara que ha dejado de pegar a su mujer). Por otra parte, no podemos estar seguros de que Siria deje realmente de matar políticos y periodistas libaneses ni de controlar bajo cuerda la política de este país.
Desde muchos puntos de vista, la cumbre de la UPM en París fue un simple entretenimiento, un quiebro o maniobra de evasión si se quiere con respecto a los verdaderos problemas que afrontan la UE y el actual presidente francés. Se ha comentado mucho el no irlandés al tratado de Lisboa. Lo cierto es que mis compatriotas han oscilado largo tiempo, en relación con el mundo exterior, entre un compromiso casi de tipo escandinavo con las instituciones internacionales y la paz mundial y un nacionalismo que mira al ombligo y rechaza tales compromisos; en este sentido, el voto del pasado 12 de junio, día del referéndum, demostró este último rasgo de nuestra política.
Sin embargo, buena parte del daño ya estaba hecha; hay que anotar los anteriores rechazos francés y holandés a la Constitución europea en el 2005 y el voto aún más irresponsable y egocéntrico de rechazo del plan de las Naciones Unidas en el 2004 para solucionar la cuestión de Chipre, predisponiendo negativamente a las negociaciones para el ingreso de Turquía en la UE. Otros aspectos actuales de la UE, sin embargo, son aún más inquietantes que estos reveses electorales y políticos. En especial, dos tendencias a largo plazo que, en caso de continuar e incluso sentar las bases de modelos futuros, liquidarán de hecho a Europa como unión civilizada y democrática. En primer lugar, el retroceso en materia de derechos de los trabajadores y la protección social: en lugar de lamentar el resultado del voto irlandés, los comentaristas harían mejor en prestar atención al voto de dos días antes, la propuesta de los ministros de Empleo y Asuntos Sociales de derogar la norma europea de la semana de 48 horas – uno de los principales logros sociales del siglo pasado- para sustituirla por la luz verde a la semana de hasta 60 horas y, en algunos casos, 65 horas.
Esta iniciativa retrógrada sólo fue posible por la llegada al poder de líderes derechistas en Francia e Italia y su connivencia con la nueva y perniciosa influencia de los países ex comunistas en el seno de la UE, países donde se imponen ahora los excesos de la economía de libre mercado y la explotación laboral.
La otra tendencia – más alarmante- estriba en el modelo que está estableciendo actualmente uno de los socios fundadores y miembro básico de la UE, Italia. Italia, bajo el gobierno de Berlusconi elegido en abril, es gobernada en la actualidad por una coalición que glorifica el pasado fascista del país, que persigue a inmigrantes y gitanos con criterios racistas, que promueve modalidades grotescas de sexismo y discriminación por razón de sexo en discursos públicos y medios de comunicación y que rechaza los controles mínimos públicos y jurídicos que siguen aplicándose a las empresas, sin olvidar a los medios de comunicación. La comedia de costumbres y las bufonadas que se representan en el Parlamento italiano encubren una tendencia funesta y profundamente regresiva en ese país.
Aquí, y no en la retórica o los límites del proceso de Barcelona de la UPM, radica el verdadero fracaso de Europa con relación a los mundos árabe y mediterráneo. Centrarse en negociaciones específicas – o en objetivos vinculados a determinados conflictos- puede constituir una equivocación y es susceptible además de subestimar los logros que Europa puede alcanzar. Todo el proceso de Barcelona de mediados de los años noventa se modeló según lo que se consideró que había sucedido pocos años antes en relación con la Europa del Este; países influyentes como Alemania alentaban hacia una transición a la democracia y el libre mercado en el Este ex comunista. Sin embargo, la analogía entre Europa del Este y el mundo árabe era errónea: el comunismo cayó en la URSS y en la mayoría de los países aliados porque las elites dirigentes habían perdido la determinación de gobernar y, en efecto, habían renunciado a ello.
Las elites árabes, de Argelia, en Egipto y en otros países, no han abandonado ni mucho menos su determinación de conservar su poder autoritario.
En otro sentido, no obstante, existe de hecho una analogía escasamente expresada: la principal aportación de la UE a la caída del comunismo no estriba en políticas particulares sino en el mismo hecho del éxito de la UEen tanto que empresa política y económica: este factor, la fuerza del ejemplo y de la democracia y la prosperidad combinadas, fue el que socavó y aplastó el mundo comunista en los años ochenta. Y, desde este punto de vista, cabe que Europa pueda también – a lo largo de un dilatado periodo de tiempo- contribuir a promover el cambio en el norte de África y en Oriente Medio.
Sin embargo, sólo será posible si Europa sigue manteniéndose a la altura de sus principales ideales a fin de establecer un modelo que los demás países puedan intentar imitar.
Dar un portazo a Turquía, consentir la retórica antimusulmana “civilizadora” y perseguir a los inmigrantes es precisamente lo que Europa no necesita para construir un mejor modelo de relación con sus vecinos.
No es en los caprichos de Hibernia (nombre de Irlanda en latín), sino en su fracaso a la hora de estar a la altura de sus ideales, en su complacencia sobre todos los factores inquietantes del pasado europeo y en su lanzamiento por la borda de los principales logros sociales del pasado donde cabe hallar el mayor fracaso de Europa en los últimos años.
F. HALLIDAY, profesor de Icrea (Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats) y del IBEI, Barcelona
Traducción: José María Puig de la Bellacasa
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