La raza de Obama influirá poco

ABC, DARÍO VALCÁRCEL, 24-07-2008

HASTA ayer, la raza de Obama no era un factor determinante. Se diría que el votante medio trata de convencerse de que no votará por el color de la piel. Y sin embargo la encuesta del New York Times publicada hace ocho días nos dice que la raza, cuestión permanente, pasada como en sordina, sigue trazando una línea divisoria entre el votante negro y el blanco. El 31 por ciento de los blancos son partidarios de Obama (el 37 desfavorable). Pero los partidarios negros del candidato demócrata llegan al 83 (frente al 2).
El 66 por ciento de los votantes negros cree que el blanco tiene mejores probabilidades de avanzar en la sociedad americana; sólo el 35 por ciento de los blancos piensa lo mismo. Un 60 por ciento de votantes de color cree que las relaciones entre las dos razas son generalmente malas, contra el 34 por ciento blanco. El 82 por ciento de los votantes afroamericanos defiende los affirmative programs, frente al 43 por ciento de los blancos. Cuatro de cada diez ciudadanos negros creen que no ha habido progreso en los años recientes para superar la discriminación, pero sólo dos de cada diez blancos lo cree así. La mitad de los encuestados negros cree que no se ha hecho bastante para borrar las barreras raciales, frente a la cuarta parte de los encuestados blancos, es decir, la mitad, que cree suficientes los avances. Un 40 por ciento de encuestados negros cree que ha sido detenido por la policía por el color de su piel mientras que sólo el 7 por ciento de los blancos lo cree. Entre los registrados para votar, Obama adelanta a McCain por 45 a 39. Y para terminar con los números: el 24 por ciento del voto blanco tiene buen concepto de Michelle, mujer de Obama, frente al 58 por ciento del voto negro.
Obama no desciende de esclavos: su padre, nacido en Kenia y vuelto a Kenia, se casó en Hawai con la madre de Obama, blanca. Michelle, su mujer, sí desciende de esclavos.
La idea de raza se aloja, según Carl Jung, cerca del bulbo raquídeo, en el cerebro más primitivo, heredado del reptil. Para mejorar el nexo trabaja el cerebro mediador, vecino del gran cerebro humano, el que piensa. Quizá por un reflejo del cerebro primitivo, Dick Cheney, vicepresidente de los Estados Unidos, decidió en enero de 2003 engañar al secretario de Estado, Collin Powell. Ante el Consejo de Seguridad, Powell exhibió pruebas falsas, amañadas, recibidas por él como ciertas. Un honorable militar negro, antiguo jefe del Estado Mayor Conjunto, se estrellaba así contra el suelo, víctima de una trampa mortal.
Estados Unidos libró una durísima guerra civil entre 1860 y 1865 para implantar en todo su territorio la igualdad proclamada por la Constitución. El Sur, defensor de la esclavitud, acabó derrotado. Gettysburg, escenario de la decisiva batalla, al norte de Washington, es hoy un nombre epónimo de la historia americana.
Entre los dirigentes de las campañas, nadie quiere hablar hoy de la raza y su influencia en la elección. América impuso a cañonazos los derechos civiles. Abraham Lincoln abolió la esclavitud en 1862. Con su pasión por ser maestra del mundo, Francia la había abolido en 1790. Inglaterra lo hizo medio siglo después, en 1840. En Europa la esclavitud había desaparecido poco después del Año Mil. Pero los portugueses descubrieron en África Occidental, 1440, el negocio de la trata. España quedó contagiada de aquel sida moral. Brasil y Cuba fueron los últimos en manumitir oficialmente a los afroamericanos: Brasil en 1877, Cuba en 1886. Castelar clamaba en el Congreso de los Diputados: «Diecinueve siglos de cristianismo y todavía encontramos esclavos entre los pueblos católicos».
Lo hemos repetido con la torpe insistencia del maestro de escuela: no es la riqueza del suelo sino las instituciones arraigadas en él lo que presta su fuerza a los pueblos. Estados Unidos, el más poderoso, no es el más perfecto. Son menos imperfectos quizá Noruega, Suecia, Finlandia… Pero Estados Unidos es un país de instituciones. El coltán, el oro, los diamantes hacen del Congo un país teóricamente rico, pero es un mísero espacio gobernado por ladrones. En América hay ladrones (véase si no la subprime) pero no mandan. Mandar, lo que se dice mandar, mandan las instituciones.

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