Escrituras Novela · Desde EE.UU., Andromeda Romano-Lax se inspira en Casals para reflexionar sobre el papel de los artistas ante las convulsiones del mundo
Tocar o no tocar en pleno fascismo
La Vanguardia, , 23-07-2008Andromeda Romano-Lax Notas para un violonchelo / Nocturn per a violoncel Traducción al castellano de Dolors Udina y al catalán de Josefina Caball PLANETA / LA MAGRANA 468 / 522 PÁGINAS 22,50 / 24 EUROS
CARLES BARBA
Hay poca ficción centrada en la música clásica. Tal vez porque no han abundado los escritores melómanos: E. M. Forster, Thomas Mann, Alejandro Carpentier… Uno de los últimos ha sido Thomas Bernhard, a quien sobre todo le han interesado pianistas estelares (Paul Wittgenstein y Glenn Gould, nada menos). Dentro de la más reciente narrativa alrededor de compositores e intérpretes, se nos ocurren tres títulos valiosos: El soldado de porcelana de Horacio Vázquez-Rial (sobre el compositor Gustavo Durán), El bailarín de Colum McCann (sobre Nureyev) y Ravel de Jean Echenoz (sobre el autor del Bolero en su tramo final).
De Estados Unidos llega la ópera prima de Andromeda Romano-Lax “inspirada” (así reza el subtítulo) “en la vida de Pau Casals”. Apoco que se lean unos cuantos capítulos, se advierte en todo caso que estamos ante una biografía muy libre e indirecta del autor del Pessebre,y que Romano-Lax más bien ha tomado algunos episodios de su vida y se ha inventado la mayoría para alegorizar las actitudes, dudas y desazones de un músico del siglo XX ante las convulsiones de la época (y en especial, la emergencia de los fascismos). En Doktor Faustus Thomas Mann (aunque siempre lo negara) se valió de Schoenberg para confrontarse con tal problemática, y ahora esta debutante de Chicago se ha servido de Casals (y de la agitada historia de España entre 1900 y 1939) para asomarse a aquellos palpitantes tiempos de creatividad y destrucción.
Un hombre de bien Las primeras 350 páginas de la novela sobre todo dan muy bien la época (la Barcelona de Els Quatre Gats, el Madrid alfonsino, la sangrante guerra de Marruecos…) y nos meten en el pellejo de un chaval de la costa tarraconense que, en un pueblo de payeses y vinateros (Riu-Sec), muy pronto descubre en el violonchelo su más connatural medio de expresión. El protagonista se llama Feliu Delargo, ha oído de niño a un prodigio del piano que ha corroborado su vocación (Justo Al-Ferraz, inspirado en Isaac Albéniz) y se marcha a “la ciudad de los prodigios”, en la que se ve obligado a tocar en la calle (el Paral · lel, las Ramblas) y es adiestrado por un profesor anarquista oscuramente vinculado al atentado del Liceu.
El dilema en que se debate este docente (su íntima pasión por la música y su obligación de tocar para los ricos y poderosos) se repetirá más adelante en la trayectoria del Feliu Delargo maduro, y es uno de los leitmotiv que permean esta reflexiva novela: ¿toca uno para sí mismo, para unos cuantos diletantes que pagan, para la humanidad en general, o en aras del arte y a su mayor gloria? En la siguiente sección (y una de las mejores), Delargo se trasplanta a Madrid, pasa a formarse bajo la dirección del conde Guzmán y se integra en la vida de la corte. Allí toca en privado suites de Bach para la reina Victoria Eugenia, y entre ellos se fragua una liason platónica que culmina cuando ella, impulsivamente, le regala un zafiro del anillo heredado de Isabel la Católica. Romano-Lax aborda aquí exquisitamente otro topos de la historia de la música, la relación entre el artista y la realeza, y la honda necesidad del músico de verdad de ser escuchado por un alma selecta y afín.
Pero que Delargo/ Casals dista de ser un mero solista palaciego se hace patente un poco más adelante, cuando en Burgos Alfonso XIII les convoca a él y a Al-Ferraz para que participen en un acto de exaltación de las esencias nacionales. Horas antes del concierto, el chelista se entera de que miles de compatriotas (entre ellos su hermano) han sido masacrados en Annual y, en lugar del programa esperado, ejecuta un golpe de arco, una sola pulsación en re, por cada soldado caído en el Rif.
Ciertamente Casals no dio nunca un plante como el que aquí se describe con tanta potencia catártica, pero protagonizó otros (en 1933 se negó a tocar para Hitler, tras la guerra se abstuvo de aparecer en público en protesta por la dictadura franquista) y, en definitiva, la escena imaginada consigue visualizar un nudo de preguntas que Casals asumió como pocos: ¿el músico ha de ocuparse sólo de música? ¿Cuando vienen los desastres, ha de obrar como el heroico cuarteto del Titanic,seguir tocando mientras la nave se hunde? ¿O más bien, ante desastres como Annual o Gernika, debe optar por el silencio, porque la música deviene una frivolidad?
Romano-Lax acierta a subrayar muy bien estas dualidades, y en la carrera de su personaje Feliu Delargo resalta a la postre su aspiración a ser (más allá de un virtuoso excepcional) un machadiano hombre de bien, consciente de que la música puede también desatar fuerzas oscuras y de que la cercanía con la gente llana inmuniza contra muchas megalomanías. “¡Qué imposible era mantenerse puro, fuera de los delicados compases de Bach!”, dice en un momento dado Delargo. Seguramente Casals suspiró así más de una vez, porque su vida, en pleno auge de los totalitarismos, se desarrolló como un constante pulso por conservar el sentido de la propia integridad.
(Puede haber caducado)