Un modesto equipo de fútbol reúne a árabes y judíos a partes iguales

El Periodico, RICARDO MIR DE FRANCIA, 11-07-2008

Tzahi y Mohamed, Mayed y Or. Existe un club de fútbol en Israel donde no importan los nombres, ni el origen, ni la religión. No hay patrón ni empleado, desconfianza ni racismo larvado. Árabes y judíos comparten camiseta y los puestos del equipo técnico y toman en paridad las decisiones del consejo de administración. La utopía se llama Mevaseret – Abú Gosh, un modesto club de fútbol que ha unido a dos ciudades, una judía y otra árabe, en un experimento único de convivencia con el fútbol como excusa. La iniciativa ha tenido premio y su equipo juvenil ha sido invitado para jugar esta semana la Donosti Cup en San Sebastián.
La iniciativa partió hace cinco años de Alon Liel, diplomático y exdirector del Ministerio de Exteriores israelí. “Oí como los aficionados del Beitar de Jerusalén declaraban que nunca permitirían a un árabe vestir la camiseta de su equipo. Aquello me ofendió profundamente y decidí hacer algo”, afirma por teléfono a este diario. El Beitar de Jerusalén es el actual campeón de liga y el bastión de la derecha ultranacionalista judía. Cánticos como “muerte a los árabes” son moneda común en sus gradas. Sus hinchas más radicales han llegado a corear incluso el nombre de Yigal Amir, el asesino de Yitzhak Rabín, mientras se conmemoraba por megafonía el aniversario del magnicidio.
Liel optó por tender puentes fusionando dos pequeños clubs de las afueras de Jerusalén: el Mevaseret Zion judío y el Abú Gosh árabe. Ambas poblaciones están casi pegadas y tienen históricos lazos de convivencia. Los sábados Abú Gosh se llena de judíos que abarrotan sus restaurantes de hummus, mientras los árabes pasean y compran en el centro comercial de Mevaseret. Sin embargo, no fue sencillo.

Artes diplomáticas
En Abú Gosh, Liel tuvo que echar mano de sus artes diplomáticas para no quebrar el equilibrio entre los dos principales hamulas (clanes familiares) que gobiernan el pueblo. “Al acordar la fusión con el alcalde, de la familia Jaber, no sabía que automáticamente los Ibrahim se convertirían en nuestros rivales. Me costó tiempo convencerlos”. Más tarde tuvo que lidiar con la presión de los distintos hamulas para forzar la alineación de los suyos en el equipo titular.
Con los judíos de Mevaseret el problema fue distinto. “Inicialmente no querían venir a ver los partidos, hasta que el año pasado cambiaron de opinión. Ahora reunimos a 4.000 aficionados en los partidos del primer equipo”, encuadrado en la cuarta división y fusionado con el Hapoel de Jerusalén, del que ha adoptado el nombre. El fruto del trabajo de Liel con la cantera puede verse cada tarde en los campos de entrenamiento de Mevaseret. Aquí se entrena el equipo juvenil, que esta semana disputa la Donosti Cup en San Sebastián junto a otros 240 clubs de cuatro continentes.

Criados en la segregación
Los chavales desbordan ilusión. Es la primera vez que compiten fuera de las fronteras israelís, un premio al buen rollo en el equipo. “Yo no tenía amigos árabes porque nunca había tenido la oportunidad de conocer a uno”, cuenta el portero Tzahi, de 16 años, que como casi todos los chicos de Jerusalén ha crecido en un ambiente de segregación. Judíos y árabes estudian separados, se divierten en lugares distintos y forman su concepto del otro a través de los clichés casi siempre peyorativos inculcados en la escuela y los medios. En la óptica distorsionada de los árabes, los judíos son arrogantes, despiadados, materialistas y maleducados. Para los judíos, los árabes son sucios, caóticos, terroristas y traicioneros. “Jugar en el equipo – – continúa Tzahi – – me ha servido para comprenderles y desprenderme de los estereotipos y el odio que se respira en la calle”.
Mohamed, delantero, tercia en la conversación. “Para mí fue difícil porque casi no había árabes en el equipo y notaba que desconfiaban de mí. Ahora somos como hermanos”. Unos y otros lo confirman. “Hay días que al acabar nos vamos juntos a los cafés de Abú Gosh o a alguna discoteca”, añade Or, un rapidísimo delantero judío.
El Abú Gosh – Mevaseret no es el único club donde juegan juntos miembros de ambas comunidades, pero sí el único donde hay paridad tanto en el campo como en el consejo de administración. El ideólogo del milagro desprende un entusiasmo contagioso. “Los jugadores sienten que juegan por una causa común: la paz”, afirma Liel.

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