Indigencia

Un verano durmiendo bajo un puente

El Mundo, LUIGI BENEDICTO BORGES, 03-07-2008

Un año después del desalojo del paso subterráneo de la calle de Bailén, los ‘sin techo’ han vuelto a ocupar sus alrededores. Entre ellos, destaca una pareja de españoles que han convertido los bajos del puente de la calle de Irún en su nuevo hogar Hay arena, una sombrilla, gente tumbada descalza… Pero no se trata de una playa, y mucho menos de un paisaje bucólico. Es la base del puente de la calle de Irún, a pocos metros de Plaza de España. Desde hace un tiempo, junto a dos columnas de piedra, duerme al raso una pareja de indigentes españoles.


Los vecinos de la zona no saben concretar cuánto tiempo llevan allí. Sólo coinciden en señalar la tristeza que les produce su imagen y el miedo que pasan algunas personas, sobre todo las señoras mayores, cuando pasan por los alrededores cargados con las bolsas de la compra.


Ambos llevan ropas que hacen denotar que su vida no fue siempre así: zapatillas de marca, ropa deportiva pero de calidad… A las 12 de la mañana de un día cualquiera, ella ya se ha levantado de los dos colchones montados el uno sobre el otro, con una caja de cartón expandida en medio y ha abandonado el lugar. El, en cambio, sigue dormitando.


Da igual que sea un día oscuro o luminoso. Dormir en esa zona de la capital es imposible, a no ser que se hayan consumido todas las latas y tetrabriks que ensucian los alrededores de la base del puente. El tráfico en la zona es constante, día y noche. Lo mismo pasa con el trasiego de vecinos y turistas que vuelven o se encaminan a la Plaza de España, uno de los puntos más frecuentados del Madrid veraniego. Pero el adulto que duerme bajo el puente de la calle de Irún tiene un trato especial con Morfeo. El mismo que parece avisarle cuando rondan sus terrenos agentes de la Ley… o periodistas.


«No quiero hablar con nadie. No tengo nada que decir», explica con gesto agresivo a la par que cansado. El indigente se reincorpora a gran velocidad en cuanto ve alguna figura desconocida (y por tanto, sospechosa) dentro de su hábitat, tan modesto como apreciado por su persona.


«Estoy aquí descansando y no quiero hablar con nadie», alega al pasar unos segundos, un poco más tranquilo. Su dentadura, muy dañada, muestra el desgaste sufrido a lo largo de una vida donde todo indica que la droga ha tenido un protagonismo pesadillesco.


El vagabundo no quiere dar su nombre ni explicar qué le ha llevado a acabar durmiendo debajo de un puente. Su corte de pelo, con una trabajada coletilla y un coqueto anillo en el meñique de su mano izquierda, dan a entender que se trata de una persona que, pese a sus circunstancias, cuida su imagen. Lo mismo sucede con la mujer que lo acompaña la mayor parte del tiempo.


«Los bajos del puente eran anteriormente zona de graffiteros», cuentan las trabajadoras de un local cercano. «Todavía se pueden encontrar las marcas de graffiti sobre el cemento, tapadas posteriormente con pintura gris», explica una chica que debe pasar todos los días por las escalerillas azules que se elevan a la izquierda del puente y que le dan al lugar cierto aspecto decimonónico.


De todas formas, los vecinos y trabajadores de la Plaza de España dicen que ya «no se asombran con nada». Hasta julio del año pasado, el pasadizo subterráneo que une la Plaza de España con la calle de Bailén era el lugar preferido para pernoctar por decena de mendigos, toxicómanos y extranjeros sin otro lugar al que ir.


De un día para otro, el Ayuntamiento decidió cerrar el pasadizo, pero los alrededores de la Torre de Madrid siguen funcionando como un imán para los indigentes.


Ayer mismo, un grupo de unos cinco ciudadanos de origen rumano utilizaba una de las fuentes de agua potable de la plaza como baños particulares. Con toda la parsimonia del mundo, sin el más mínimo rubor o temor a ser reprendido por los agentes de la Policía Municipal que paseaban por allí, un joven con gorra apuraba su cepillado de dientes.


Sin un lugar fijo donde dormir, los rumanos cargan grandes mochilas con sus exiguas pertenencias. Todo un privilegio, teniendo en cuenta que la pareja que suele dormir bajo el puente de la calle de Irún no pueden presumir de lo mismo. Ellos guardan su calzado y ropa en bolsas de plástico y cartón recolectadas de la basura de franquicias de café y comida rápida.


«Algunos echamos de menos tener algún lugar fijo donde dejar las cosas sin miedo a que nos las roben», explica una señora que dice haber pasado por incontables albergues y cajeros automáticos. «Hasta que no pusieron esas rejas de metal azules, algunos nos colábamos en el subterráneo de Bailén con Plaza España. Pero ahora es imposible», recuerda. Habla del pasado con morriña, como si extrañara esa época en la que vivía con más de 25 personas entre lonas azules y cartones, que convertían el pasadizo en una especie de campo de refugiados situado en el corazón de la ciudad.


«Y es que, como no me canso de repetir, da vergüenza que miles de personas tengamos que vivir en estas condiciones habiendo como hay en Madrid infinitas casas vacías», se queja desesperada.


Según denuncian los vecinos, a los indigentes que nunca han llegado a abandonar del todo la zona, se les han unido en los últimos meses gran número de inmigrantes. Durante una época, los extranjeros de origen africano eran los más asiduos. Algunos se hicieron muy famosos, como Papá Conguito, que presumía de hablar cinco idiomas (español, francés, inglés, ruso y coreano) y haber sido cámara de José Luis Moreno durante nueve años. O Julio, a quien le gustaba decir que con Franco se vivía mejor porque «entonces a las 22.00 horas no había gente por la calle y podía hacer lo que me diera la gana». Ahora los inmigrantes llegados de los países del Este son los que pelean con los mendigos españoles por los recovecos más tranquilos.


DESALOJO MASIVO HACE UN AÑO


El jueves 12 de julio del año pasado, agentes de la Policía Municipal desalojaron a 26 personas sin hogar que pernoctaban en el paso subterráneo que une la Plaza de España con la calle de Bailén. En la operación también participaron efectivos del Samur Social y del Servicio de Limpieza Urgente (Selur).


Ese día no se registraron incidentes, si bien la mayoría de los mendigos siguió frecuentando la zona durante los días posteriores, durmiendo en los jardines de la Plaza de España.


«Nos echaron sin avisar. Y eso que había personas enfermas. A mí me tiraron toda la ropa y me dejaron con lo puesto. Es inhumano lo que han hecho, porque ahora no tenemos a donde ir», denunciaba entonces una de las indigentes afectadas.


La delegada de Familia y Asuntos Sociales, Concepción Dancausa, justificó el desalojo aduciendo que la Plaza de España «no era un lugar para vivir» y destacó la acción del Samur Social, que llegó a convencer a cuatro personas para que acudieran a centros municipales.


La acción, en cambio, fue criticada por el PSOE de Madrid, que mostró su malestar porque los servicios sociales «no llegaron hasta que el Selur limpió el pasadizo, cuando los agentes habían desalojado a la gran mayoría de los sin techo».

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