Política con dignidad

La Prensa Gráfica, Roberto Turcios/Columnista de LA PRENSA GRÁFICA, 01-07-2008

Con el peso del tiempo encima, Nelson Mandela ha estado en Londres para asistir a los festejos organizados por sus 90 años de edad y recaudar fondos que apoyen su iniciativa en la lucha contra el sida.

Mandela representa lo mejor de la política en el siglo XX. Estuvo encarcelado durante 27 años en Sudáfrica, su país, por formar parte del movimiento que se oponía al sistema racista del apartheid. Desde la prisión se metió de lleno en una negociación, buscando una salida pacífica y democrática del conflicto. Más tarde fue electo presidente, cuando encabezaba un proceso asombroso, pues reivindicaba el ejercicio de la memoria sobre el pasado, al mismo tiempo que procuraba el alejamiento del revanchismo. “Los sudafricanos debemos recordar nuestro terrible pasado para poder enfrentarnos a él, perdonando lo que haya que perdonar, pero sin olvidar”, decía Mandela.

Ahora muestra el curso inexorable del tiempo. El periodista John Carlin lo describe: “Ex boxeador, fanático de la gimnasia antes, durante y después de sus 27 años en la cárcel, Nelson Mandela sigue gozando a sus casi 90 años de un metabolismo privilegiado. Su presión arterial, dicen sus ayudantes, es la de un hombre sano de 50. Pero le cuesta caminar. Avanza pasito a pasito con un bastón tribal africano en la mano derecha y con una persona, habitualmente su esposa, Graça Machel, que le coge firmemente del brazo izquierdo. Pierde la concentración, se olvida de lo que ha dicho u oído media hora antes. Está y no está”. Su trayectoria, sin embargo, está como imagen de la dignidad política. “Es el hombre más grande de nuestro tiempo”, dijo el primer ministro británico.

Él convirtió la política en una causa moral. La lucha de Mandela por superar una retrógrada supremacía blanca generó el reconocimiento extendido por todo el mundo. Mujeres y hombres de todas las procedencias ideológicas reconocieron la dignidad de una persona que, viniendo de las izquierdas, remodeló su país con la rara visión de los estadistas. Pocos han conquistado los premios que él ha recibido. Además, cuando llegó el fin de su periodo presidencial, renunció a un segundo mandato y optó por el retiro político, para entrar de lleno en otras causas, como la lucha contra el sida. Una de sus iniciativas, la que organizó el concierto en Londres, el 27 de junio, tiene como emblema un número, el 46,664, el mismo que lo identificó en la prisión a lo largo de casi tres décadas.

A la luz de Mandela podemos pensar en el país. Hemos tenido acontecimientos de gran dimensión histórica, como los Acuerdos de Paz, que no se quedan atrás del milagro liderado por Mandela. Pero aquí ese hecho cimero se quedó huérfano, no tuvo sujetos que lo reivindicaran; unos, en la derecha, por resentimiento, pues creían traicionados sus ideales; otros, en la izquierda, por desconfianza, al percibir cada acción siguiente como una emboscada. Un acontecimiento decisivo quedó sin titulares; y la grandeza del acontecimiento quedó reducida a la pequeñez de nuestras rivalidades.

En las celebraciones prematuras de Londres, pues cumple años el 18 de julio, Mandela usó el tono de despedida: “Donde haya pobreza y enfermedad, incluyendo el sida; donde los seres humanos estén siendo oprimidos, todavía nos queda mucho por hacer”, dijo. “Ahora está en vuestras manos”, concluyó.

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