Sobrevivir frente a Melilla

ABC, 25-06-2008

POR LUIS DE VEGA CORRESSPONSAL

BUARG (MARRUECOS). El domingo hubo dos asaltos de emigrantes sin papeles a la frontera de Beni Enzar, que separa Melilla de Marruecos. El lunes hubo redada de las Fuerzas Auxiliares marroquíes en los bosques que rodean la vecina ciudad de Nador. Y ayer martes el miedo hacía correr a los subsaharianos en esos mismos montes cuando confundieron la llegada de este corresponsal con una nueva batida.

La presencia de africanos esperando entrar en España a través del Reino alauí es mucho menor que hace casi tres años, cuando se produjeron los mayores y más sangrientos asaltos a las vallas de las ciudades autónomas. Las redadas son mucho más frecuentes ahora, lo que impide grandes asentamientos como los que llegó a haber en el Gurugú, frente a Melilla, o en Beliones, frente a Ceuta, que eran auténticas ciudades en el bosque con hasta un millar de vecinos cada una.

A la ciudad a por comida

En la mañana de ayer se podía ver a los emigrantes, casi siempre por parejas, deambulando por los barrios del extrarradio de Nador. Bajan a la ciudad en busca de comida y agua o para cargar el teléfono móvil. Se mueven de manera discreta, evitando las grandes avenidas, como los liberianos Mustafa y Abdulae. Los senegaleses Yusuf e Ibrahim aprovechan, además de para aprovisionarse, para acudir a rezar a la mezquita de Afra. «Llegamos hace sólo cuatro días andando desde Maghnía – en Argelia – y aún no sabemos ni por dónde se va a Melilla», dice el primero.

Al miedo que supone para ellos la frecuencia de las operaciones de las Fuerzas de Seguridad marroquíes se une el hastío de llevar tanto tiempo viajando y viviendo en las peores condiciones. «No sé si hablar contigo, periodista. Si cuentas cómo estamos aquí en el bosque es probable que alguien se apiade de nosotros, pero a la vez es posible que una vez publicado el reportaje vengan los militares a buscarnos», dice Robert, de la República Centroafricana, con 6 años de espera a las puertas de Europa.

Junto a él se encuentra Gilbert, un conductor de camión marfileño de 35 años al que sus compañeros llaman «El rasta» por las trenzas de su pelo. «Hasta ayer aquí éramos quince, pero seis se han entregado a la Policía marroquí. Se han rendido», cuenta con el ruido metálico de una chatarrería de fondo.

«A veces presentan un aspecto tan penoso que hasta los militares los dejan aquí y no se los llevan», explica Mohamed, un agricultor marroquí que ha trabajado dos años en España y vive ahora en Buarg, junto al pinar donde pululan Robert y Gilbert, que fueron dos de los que corrieron al confundir al informador con los militares. «Son verdaderos pobres».

Efectivamente. «Sólo soy el hijo de un pobre. No soy un ladrón, ni un terrorista, ni un traficante de coca», se lamenta el maliense Ibrahim Fofana, de 31 años, mientras muestra la muesca que guarda en su pie izquierdo, recuerdo – asegura – de un balazo que recibió cuando los marroquíes reprimieron con armas de fuego los asaltos a la verja en 2005. «Ando mal de la cabeza y no quiero seguir hablando», añade mientras se va camino abajo.

Allá, frente a su caminar, aparece Nador, donde a esa hora de la tarde salen tres autobuses de la sede de la Gendarmería con más de un centenar de subsaharianos, entre los que hay algunas mujeres y niños, camino de la expulsión por la frontera argelina. Son los detenidos al tratar de entrar por la frontera de Melilla el domingo y los capturados en las últimas redadas. Probablemente, también los que se rindieron del grupo de Robert y Gilbert. Muchos, como es costumbre, no tardarán en regresar frente a Melilla, a esperar una nueva oportunidad.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)