Ya están muertos, ¿no?

ABC, IRENE LOZANO, 23-06-2008

Y de repente, no sé qué les contaré a mis nietos europeos. Acaso nada. Quizá para entonces haya enronquecido si, al revisar el estadillo de cuentas de mi vida, la abrumadora realidad me inclina por fin a discurrir con sensatez en términos de coste y beneficio. Así, al desnudo, brutalmente, como haría un contable, obviando en el balance los jirones de piel de hombre que quedaron en la valla de Melilla; o cómo contribuyó al superávit aquel otro ahogado en el Atlántico, tan gentil que se pagó su propio entierro. Tal vez para entonces, los surcos de las líneas que escribo sean tierra de barbecho, agostada por años de aullidos estériles, demasiado tenues para llegar al cielo, por lo visto, si es que no estamos completamente solos.
Será mejor enmudecer con puntualidad para evitarles a mis nietos europeos el relato de estos tiempos, la siniestra historia de cómo el miedo volvió a ser una idea política en un viejo continente ineficiente, algo así como Europa entre dos guerras civiles. Batallitas a escote con Gil de Biedma. Será preferible no entrar en pormenores acerca del espanto que infundían aquellos bárbaros desarmados, no detallar cómo el temor nos hizo obedecer lo verdaderamente terrorífico: el otro, cuando viene calzado con las botas lustrosas del poder. Resultaría de mal gusto admitirlo: supimos a tiempo de la existencia de campos de concentración, perdón, quise decir de retención, para los bárbaros; estuvimos informados de que, por faltarles un papel, fueron condenados a la pena de un año y medio de privación de libertad, mientras los grandes ladrones de Marbella obtenían la ganga de tres años a la sombra.
Y podrían preguntar mis nietos europeos, lo harán seguramente, si eso es la justicia. Y yo, si para entonces no he callado, les hablaré de la belleza del gesto literario, de mi vida afortunada: un periódico que hizo sitio a los surcos de mis líneas, y no muchos vicios, escuchar los cuartetos de cuerda de Haydn mientras escribo mis alaridos, fumar cigarrillos libres de aditivos, que matan algo menos. Se pudo vivir el tiempo del miedo plácidamente, les diré, siempre que uno mantuviera al día en su libro de cuentas el riguroso cálculo de los costes y beneficios de cada acto. La lectura ayudaba a sobrellevarlo, sólo había que sortear los títulos pantanosos. Por ejemplo, ése de Camus que explicaba cómo los teóricos del poder extraerían lecciones de los textos de Sade cuando tuvieran que organizar la época de los esclavos: «Ya estáis muertos para el mundo». O aquel otro que comenzaba afirmando algo así como que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. En su día, llegué a considerarlo el párrafo más hermoso escrito por la humanidad, les diré, aunque hoy deba callarme porque a duras penas me viene a la memoria.

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