Cuerpo, alma y papeles
Las Provincias, , 17-06-2008Sin ellos no somos nadie. Hace unas semanas ibamos locos con ‘los papeles’ para Hacienda, que, por cierto, siempre nos falta alguno. Si éstos confirman lo que ingresamos y tenemos como un ciudadano honrado, hubo un tiempo en que la honradez también exigía un certificado de ‘buena conducta’ firmado por el párroco o por el alcalde si se vivía en un pueblo.
Eran los tiempos de la posguerra cuando las señoras antes de aceptar a la muchacha le pedían ‘el papel’ que garantizaba su seriedad en el ámbito familiar y su asistencia a misa los domingos.
También a los jóvenes que cumplían el servicio militar en Ronda, reclamados por las Milicias Universitarias tenían que aportar el documento (aunque fuera manuscrito) que acreditaba su actitud social y religiosa.
En la actualidad son los emigrantes quienes sufren el acoso, la exigencia de ‘los papeles’, que si permiso de residencia, contrato de trabajo y el más difícil todavía de reagrupación familiar.
‘Los papeles’ siempre se pidieron y en esta ciudad nuestra, cuando la pobreza era una lacra traducida en gente que pedía en la puerta de las iglesias, en el mercado y en las calles céntricas, se publicó un edicto el 16 de enero de 1818, en el que exigía a los mendigos que no eran nacidos en Valencia, que tenían que marcharse en el plazo de 48 horas. A los valencianos se les permitía pedir por el amor de Dios solamente durante el día y en un punto determinado; por supuesto, llevaban el certificado con el domicilio sellado por el alcalde del barrio; y de ninguna forma mostrar en sus brazos a una criatura.
En esas primeras décadas del XIX, los patricios instituyeron asilos (magníficos edificios que perduran) para huérfanos. Más la mendicidad, aunque se redujo, permaneció. Hay que leer la prensa de 1898, para descubrir entre la sección de anuncios la llamada de gente enferma, de madres viudas y de viejos inválidos, que pagaban aquel recuadro como la última esperanza.
En fin, que la frase tan recomendada de: ‘no perder los papeles’ referida al saber estar y decir; templar los nervios y la palabra, vale también para todos los papeles, desde el que es promesa de pago, al que es promesa de amor .¡Ay, amor eterno!
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