Harlem espera a su líder
ABC, 15-06-2008POR VÍCTOR CHARNECO
SERVICIO ESPECIAL
NUEVA YORK. Harlem es una explosión de vida, un epicentro bullicioso con apariencia de zoco árabe y una mezcla racial básica para la victoria de Obama en las elecciones presidenciales estadounidenses.
Afroamericanos, hispanos, africanos, españoles y hasta japoneses conviven en sus calles, dando forma y voz a un barrio de emigrantes que espera al nuevo líder con esperanza y alegría, confiados en el cambio que él representa. A lo largo de los últimos meses, sus escaparates y calles se han poblado de pegatinas y carteles con el rostro del senador por Illinois, asociándole con sus dos grandes iconos del siglo XX, Malcolm X y Martin Luther King. Los ídolos cuyo testigo recoge hoy el primer afroamericano candidato a la Casa Blanca.
«Luther King pronunció el famoso «Tengo un sueño», y más de cuarenta años después está a punto de convertirse en una realidad, por eso hemos puesto sus rostros juntos en nuestras camisetas; él lo visualizó y Obama lo va a materializar», cuenta Randolph Nicholas, propietario de una tienda en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 125, rebautizada con el nombre de Boulevard Dr. Martin Luther King Jr.
Como distribuidor, él es el responsable de que el barrio se esté llenando de ropas con las caras de los tres líderes negros desde primeros de año, un éxito que en las últimas semanas se ha desbordado, ahora se las quitan de las manos. Blancos y negros americanos, pero también australianos y europeos, todos quieren un recuerdo con la imagen del hombre que acabó con Hillary Clinton y el aparato demócrata que la respaldaba.
La universalización del icono la ratifica Baldeh Emamadu, llegado desde Guinea Conakry para dedicarse a la venta callejera de libros. En su exótico tenderete ocupan un lugar destacado dos tomos escritos por Obama («Sueños de mis padres» y «La audacia de la esperanza»), de los que vende hasta 25 ejemplares diarios, muchos de ellos a italianos, españoles y árabes. «Es el best seller de Nueva York – cuenta sonriente – hay días que pierdo dinero porque no tengo cantidad suficiente para todos los que me lo piden». Quienes más lo compran, sin embargo, son los chicos de Harlem, una generación que aburría sus horas en las escaleras de los brownstones, desenganchada de la política, y ahora se siente cercana a un líder que comparte con ellos el color de piel, las aspiraciones de mejora y una larga, incansable, lucha; la demostración de que no hay límites si se pelea lo suficiente.«We Can» es el lema.
Obama entiende a los pobres
Cerca del cruce con el bulevar Frederic Douglass, en plena zona africana, aparca su furgoneta James McCombs, presidente de una empresa dedicada a editar recopilaciones de música gospel, que está haciendo campaña en favor de Obama «como independiente». Por encima de la música atronadora, reparte chapas y carteles de apoyo y muestra su convicción de que es el candidato «mejor preparado para solucionar los problemas de los más pobres y oprimidos, y un político que respetarán en todo el mundo». «Será quien cambie la imagen injusta de país racista que tiene Estados Unidos», le interrumpe Souleye Sy, que acaba de aparcar su taxi y recoge material de propaganda para repartir entre sus clientes.
Llegado de Senegal hace diez años, Souleye no podrá votar en las elecciones porque no es ciudadano oficial, pero está convencido de la ventaja de un cambio que incluye la mejora de la imagen exterior («La gente aquí es estupenda», dice) y de la política internacional estadounidense. Sí votará, y pondrá en su sobre la papeleta demócrata, la dominicana Felicia Espina, que con diecisiete años de residencia aquí disfruta desde hace tres de la ciudadanía. «Que gane Obama transformará cosas como el acceso a la sanidad pública de quienes hacemos tanto por mantener este país en pie», cuenta mientras sirve helados a los niños en su carrito callejero. ¿Y podrán con los republicanos? «Claro, mi hijo, we can», concluye.
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