Más allá del fracaso escolar
ABC, 01-06-2008POR ESTHER DE LEÓN
FOTO SIGEFREDO
MADRID. Integrar en el mundo laboral a esos jóvenes que engrosan la abultada cifra de fracaso escolar en nuestro país, que sufren algún tipo de discapacidad o que tienen dificultades de inserción por su situación personal o por tratarse de inmigrantes, se ha convertido en el objetivo de un grupo de asociaciones y organizaciones no gubernamentales (ONG). Su actividad, apoyada en ocasiones por obras sociales de importantes empresas, como la de la Fundación La Caixa, es cada día mayor.
Así, por ejemplo, la empresa de catering Madre Tierra, que pertenece a la ONG Semilla, acoge a chicos españoles, pero también a bastantes de Rumanía, Marruecos, Cabo Verde o Nigeria, además de a otros procedentes de distintos países iberoamericanos, a quienes ofrece programas de educación y de integración social, hasta conseguir su incorporación a la vida laboral. Se trata, con ello, de suplir el déficit de posibilidades que tienen, por su condición de inmigrantes o por situaciones de desestructuración familiar. En este caso, se hace a través de su participación en las tareas deuministro de comida y bebida que realiza la empresa, que cuenta con financiación pública en un 75 por ciento y privada en el 25 por ciento restante.
Por ejemplo, en el primer Congreso Incorpora de la obra social de la Fundación La Caixa, Madre Tierra ha sido la empresa encargada de organizar el catering del evento. «Todos tenéis que saber lo que lleváis en cada plato», alecciona el encargado, antes de empezar, a un grupo de chicos y chicas de entre 16 y 18 años que se integran perfectamente con el resto del personal. «Los profesionales nos ayudan», afirma una de las chicas, que en un par de meses cumplirá la mayoría de edad. Es hija de padres separados que volvieron a rehacer sus vidas. Ella se fue a vivir con su madre y el marido de ésta, pero al cabo de los años, el hombre las echó de la casa. Ambas se quedaron en la calle y, por problemas económicos de su madre, la joven ingresó en un centro de menores.
«Siempre he sido rebelde»
En pocos meses cumplirá dieciocho años y tendrá que abandonar el centro: su sueldo actual es de 500 euros, pero tiene decidido buscar de inmediato otro empleo, «Siempre he sido muy rebelde y dejé de ir al instituto. Sin la ayuda de la orientadora social no hubiera llegado aquí, estaría sin hacer nada; gracias a ella tengo un título y un oficio como ayudante de camarera», recalca. Añade que entre sus planes está obtener el graduado escolar y estudiar un curso de auxiliar de guardería, porque le encantan los niños. Otro de los chicos del catering está en un reformatorio por robo. Procede de una familia con problemas, pero ahora asegura que trabaja para labrarse un buen futuro laboral.
Primera experiencia
El fracaso escolar es el denominador común de estos chicos que se enfrentan a su primera experiencia de trabajo con una mochila cargada de falta de habilidad laboral. Iniciativas como la de Madre Tierra se convierten en una herramienta que hace de puente para ayudarles a integrarse en el mundo real, porque muchos ni siquiera han terminado la ESO y sus posibilidades de acceder a la Formación Profesional son muy escasas. Aquí, los chicos pasan por un taller de formación para ir luego a un módulo de prácticas, hasta poder acceder a un contrato.
En la asociación, el 60 por ciento son inmigrantes. Llegan a través de orientadores sociales de institutos, de servicios sociales o de los propios familiares y, poco a poco, van integrándose. «En Madre Tierra somos una familia de trabajadores, un equipo», dice una de las camareras», mientras otro de los jovenes tiene muy claro su futuro: «Quiero llegar a ser una buena persona y lograr un buen puesto de trabajo».
Por su parte, la asociación SER trabaja en proyectos para la integración de discapacitados intelectuales. Su coordinador, Rubén Ares, es el intermediario entre las empresas y las personas discapacitadas, y José Alejandro y Carlos son dos ejemplos de adaptabilidad. Rubén los acompañó a las empresas para explicar lo que implicaba trabajar con este colectivo y les hace ahora el seguimiento para conocer el nivel de integración. José Alejandro Cañuelo tiene 37 años y es discapacitado intelectual. «Me defino como profesional de los carritos», dice con gracia, cuando explica que trabaja en un hipermercado Eroski, como encargado de los carritos, recogiendo cestas y echando una mano a sus compañeros de otros departamentos si lo requieren..
Carlos Ruiz trabaja en mantenimiento en la Universidad San Luis de Madrid gracias a que mandó su currículum por correo electrónico a SER. A continuación, le entrevistaron en la universidad y en la actualidad – dice – «ayudo a montar el mobiliario de las fiestas de la universidad, como la de la semana pasada».
Gracias al Proyecto Incorpora, que SER ha aplicado tanto a José Alejandro como a Carlos, trabajan en empresas reales y éstas han aprendido a adaptarse a ellos. Antes de conseguir estos puestos de trabajo, Alejandro fue albañil y jardinero, y Carlos trabajó como dependiente, aunque en su empresa no supieron comprender sus características y limitaciones para integrarse en la plantilla. «Me despidieron diciendo que era un vago», sentencia Carlos.
Varias asociaciones y ONG trabajan para lograr la integración en la vida laboral de jovenes que abandonaron sus estudios, sufren alguna discapacidad o tienen trabas para insertarse en la sociedad
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