«Los perros viven mejor que yo»

ABC, 25-05-2008

CRUZ MORCILLO

MADRID. «Eres muy buena persona. Cuando salga de la cárcel me gustaría tomarme una cerveza contigo». Esa fue la despedida entre «Nicolás», el secuestrador que retuvo el sábado durante siete horas a una pareja en un bar de San Pedro del Arroyo (Ávila), y David Velázquez, el guardia civil que se mantuvo al otro lado de la reja durante la eterna negociación, ganando tiempo y brindando calma al rumano. El captor sólo quería hablar con él y con otra agente, Eva, destinada en Policía Judicial en Arévalo, y ambos sostuvieron el tipo hasta que les relevaron los psicólogos del Cuerpo. Sin experiencias similares ni formación especializada lograron ganarse la confianza de un hombre acorralado y loco de rabia al que ambos definen como «una buena persona».

«¡Tranquilo, que esto lo arreglamos, deja a esa pobre gente que no te ha hecho nada¡». David, destinado en el puesto de la Guardia Civil de Adanero, echó mano del manual de urgencia al llegar al lugar poco antes de las cuatro y media de la tarde. «Nicolás», así pidió el secuestrador que le llamaran aunque no es su nombre, tenía un cuchillo de unos 20 centímetros de hoja colocado en el cuello del dueño del bar (más tarde se lo entregó al agente); una mochila sobre su pecho, una botella con una mecha y un mechero inseparable en su mano. Juraba, además, que había gasolina y no le importaba quemarlo todo.

«Nicolás», en unas horas eternas, fue contando a David retazos de su vida. Eva se sumó a la confesión y los tres trenzaron el desenlace. «Me preguntaba si tenía niños y me decía que era muy afortunada – explica la agente – . Insistía en que quería volver a su vida, se le notaba mucha añoranza y mucha soledad». «A medida que pasaba el tiempo – continúa – se nos iban acabando los temas. Lo más preocupante eran sus cambios de humor: lloraba, se enfadaba, se calmaba. Tiró un botellín al intérprete y rompió otro cuchillo en la barra como si fuera un lápiz».

A David le contó que había sido policía en Rumanía – Interpol confirmó que era cierto – y la crisis que expulsó a 4.000 agentes lo dejó en la calle. Mostró fotos saltando en paracaídas. «Estuvo en un cuerpo de élite y se le notaba la formación. Es extremadamente educado, cuando se le escapaba algún taco me pedía perdón», cuenta el agente.

Secuestrador y negociador improvisado – sólo quería hablar con ellos dos – charlaron sobre la penosa situación que vivía el primero, y que también han confirmado los agentes. Llegó hace un año a España, al calor de los mil y pico euros que ganan algunos compatriotas. Trabajó en Alcalá de Henares y en Ávila y hace poco más de un mes recaló en San Pedro. Ha vivido en un coche desguazado debajo de un puente, tapándose con un plástico, como un mendigo, sin dinero para una habitación ni esperanza de un trabajo digno. Contó que cortaba leña, que unos días le pagaban 20 euros, otros treinta y otros con un bocadillo de chorizo, que los tres últimos días había comido setas y llevaba varios sin poder ducharse. «Los perros viven mejor que yo y se lavan más», le gritaba a David. «Mira, estoy sucio. No puedo más». Sus brazos y sus piernas eran los de un trabajador. «Puto país, puto Zapatero», clamaba de rato en rato, invocando su mala suerte.

«Nos pedía un intérprete y que viniera la prensa y los jefes. Quería que sus compatriotas supieran como vivía aquí. Me decía que le dolía el corazón cuando le llamaban «puto rumano»». David y Eva, con el cansancio aflojándoles aún el cuerpo, tenían ayer una sensación agridulce. El deber cumplido primaba, pero ambos aseguran que sintieron lástima de «Nicolás» esposado por pasarse al otro lado de la ley.

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