Una lacra difícil de detectar
Las Provincias, 21-05-2008Guillermo Roqués
¿Cómo puedo averiguar que mi hijo está sufriendo maltrato por parte de sus compañeros? La pregunta se repite en las numerosas páginas y foros que la red dedica al acoso escolar y que, según la organización SOS Bullying, sufre uno de cada cuatro alumnos de los colegios españoles. En todos los casos se da un listado con los síntomas: cambios de humor, ensimismamiento, moratones o heridas, faltas injustificadas al colegio… Sin embargo los expertos advierten de que, más allá de estas manifestaciones, que no siempre se deben a situaciones de maltrato, lo esencial es mantener una comunicación fluida entre padres e hijos para indagar acerca de lo que les está ocurriendo.
A pesar de ser un fenómeno muy extendido, alrededor del que durante 2007 se denunciaron 995 casos sólo en la Comunitat Valenciana, todavía resulta complicado detectar este tipo de agresiones. La dificultad estriba en la propia edad de los afectados, que durante la adolescencia se muestran más reacios a comunicar sus problemas, o en la complicidad de profesores y alumnos ante un fenómeno arraigado en las escuelas, lo que hace que pase desapercibido o sea malinterpretado por los adultos.
Así, la encuesta realizada en nueve países europeos por el British Council, con el título Inclusión y diversidad en las aulas, la percepción de acoso escolar como problema en España sigue siendo reducida si se compara con la media europea, unos diez puntos por encima.
La víctima
Es precisamente esta pasividad la que se traduce, según indican algunos expertos, en complicidad hacia el agresor. “Hay que romper la omertá – ley del silencio – en la violencia escolar”, destaca Jesús García Pérez, presidente de la Federación de Asociaciones para la Prevención del Maltrato Infantil. Una reclamación que extiende desde las familias y profesores, hasta psicólogos, instituciones y políticos.
Este maltrato se puede dar en diferentes intensidades. Va desde las intimidaciones verbales y psicológicas, hasta el aislamiento social y las agresiones físicas. Son éstas últimas las que prevalecen sobre el resto, suponiendo siete de cada diez expedientes, según el informe DITCA, elaborado por técnicos de las consellerias de Educación y Sanidad de la Generalitat Valenciana.
Los estudios también presentan una cambio en los métodos de acoso en a través de las nuevas tecnologías. El conocido como ciberbullying ha pasado a representar, de acuerdo con la asociación SOS Bullying, del 6% de los casos en el 2006 al 32,2% en el 2008. Las prácticas más corrientes son los mensajes de móvil vejatorios, las fotos digitales, los blogs o el correo electrónico. Además se ha detectado un aumento de casos de acoso con connotaciones racistas, sobre todo en niños marroquíes y latinoamericanos, y de componente homofóbico.
Su blanco favorito responde al joven, varón, de unos 13 años, varón, de carácter tímido o introvertido o que tienen alguna característica física que les diferencia del resto. Si bien no hay un perfil único que identifique a la víctima, ya que esto depende de la libre arbitrariedad del agresor.
El agresor
Con un perfil más delimitado, el agresor suele ser el de un joven, también varón, de 14 años. Su carácter es el de un chico “agresivo, dominante, con una desconfianza patológica, con falta de empatía y control emocional y, sobre todo, que han descubierto que pueden obtener éxito y poder social humillando a otros”, según las conclusiones del estudio Cisneros X: Violencia y Acoso Escolar en España, patrocinado por el Instituto de Innovación Educativa y Desarrollo Directivo (IIEDDI).
Este mismo informe revela que las situaciones de acoso se van reduciendo con la edad, siendo ya los niños de siete y ocho años víctimas potenciales de acoso escolar. Los mayores índices se presentan en Primaria, sobre todo en tercero y segundo, con un 43,6% y un 41,4% de los casos, respectivamente. Mientras que se reducen a un 10% y un 11,4% en Cuarto de ESO y Primero de Bachillerato. Lo que evidencia, según los autores, “la eficacia de la escuela como ámbito para reducir estos comportamientos y ayudar a combatir la violencia”.
No obstante, uno de los aspectos más controvertidos del estudio es que indaga en las posibles consecuencias de este fenómeno sobre el niño al llegar a la vida adulta. Así, el trabajo señala que un 60% de los niños que participan en las conductas de acoso y violencia escolar son proclives a cometer un delito antes de los 24 años. Mientras que más de la mitad de las víctimas podrían sufrir síntomas de estrés postraumático.
De ahí que la responsabilidad recaiga sobre la sociedad en su conjunto. “No es cosa de chavales, es cosa de todos”, señala Jesús García, en un contexto en el que el acoso escolar se identifica con otros fenómenos como la falta de autoridad de los profesores en las aulas, el acoso laboral o la violencia doméstica.
En este sentido, García advierte de la responsabilidad colectiva de los padres de comunicarse con sus hijos, y de un modelo social que favorece una filosofía del éxito sin esfuerzo, que resta importancia a los valores transmitidos en la escuela.
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