AQUI / NO HAY PLAYA

Los payasos del chino

El Mundo, Antonio Lucas, 21-05-2008

El caso no es que Madrid sea excesivamente racista (que no lo es), sino que es profundamente paleta, grosera. Son cosas que se aprecian en los detalles sueltos, como el de esos macarrillas con acné y colmillo de leche que humillaban a un tendero chino sonriendo a la cámara. No suele haber desproporción entre la violencia y la estupidez. Lo del racismo en la juventud es algo más que una anécdota, sin llegar a ser una categoría. No se trata de lanzar aquí una soflama de pureta, sino sencillamente de intentar comprender cómo estos adolescentes tornadizos son el resultado de ese espíritu frontal propio de un país del que, como dijo Unamuno, sale la palabra raza, ese concepto fóbico.


Ahora que los ‘proletas’ se han extinguido, algunos cachorros siniestros de las clases medias encuentran en los inmigrantes la pista de baile de su fanatización, de su rencor de clase. Esa muchachada que se deshueva de los chinos, de los moros, de los negros, de los cobrizos, es el eco del racismo invencible (y tan vencido) que habita en el alma de los sobreros. Porque en toda generación existe la figura del sobrero. Son los que experimentan su fracaso (aunque éste sea tan precoz) en la plenitud de la violencia. Se justifican en lo absurdo, en la cobardía de dar miedo. Ha sido así desde hace siglos. Más que una insatisfacción generacional, como apuntan algunos, lo que acusan estos niñatos es una insuficiencia que echa raíces en el vacío.


No ha llegado el momento en el que ser acusado de racista lleve adherido un sentimiento de vergüenza. Resulta más humillante estar bajo sospecha de haber ejercido el derecho al aborto que de amoratar a un tipo a hostias. Así nos va. Hay quien entiende a los extranjeros como enemigos radicales. Esa es toda la modernidad que hemos alcanzado hasta la fecha en materia de mestizaje. Atravesamos una etapa triunfal de mediocridad.


La alerta la dan estos payasos que se hacen un vídeo de minoristas de la inteligencia con la extorsión como valor absoluto. Los veo en la pantalla y dan asco. No creo que sean el resultado de ninguna degeneración social, ni de un gatillazo del modelo colectivo de esta mezquina democracia, sino que ellos son su propia degeneración, su mismo fracaso, ese fin de raza que no se extingue nunca y vive de acumular complejos con la misma vocación ciega con que ignora la Historia.


Esta tropa tullida no se modera ignorándola. Son el excedente de una generación posmoderna y a tientas que hace la ronda de noche por las calles de este Madrid que no es que sea excesivamente racista, sino que con ellos dentro es profundamente paleto.

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