ITALIA BLINDA SUS FRONTERAS / En primera persona / TESTIGO DIRECTO / NAPOLES

«Bienvenidos a Bagdad, distrito Nápoles»

El Mundo, IRENE HDEZ. VELASCO. Enviada especial, 21-05-2008

En el barrio Ponticelli, donde los gitanos fueron la diana de los ataques racistas, se vive todavía con miedo / Muchos denuncian que a la Camorra, que cobraba por las chabolas, le interesa el desalojo «Bienvenidos a Bagdad, distrito Nápoles», saluda Giuliano Martiniello, un asistente social de 29 años, mientras extiende los brazos tratando de abarcar todo el horror que se amontona a su alrededor: esqueletos de colchones reventados, chabolas carbonizadas, ratas enormes que husmean entre la basura, juguetes infantiles hechos añicos, ropa de colores que aún sigue tendida sin que nadie la recoja, flores de plástico pisoteadas, perros que vagan perdidos entre los escombros…


Estamos en Ponticelli, la barriada del extrarradio de Nápoles en la que la semana pasada decenas de personas atacaron violentamente varios campos de gitanos y prendieron fuego a sus endebles chamizos. Un lugar donde a diferencia del centro de Nápoles – sometido ayer a una frenética operación de limpieza en honor de Silvio Berlusconi – aún se acumulan montañas de basura y se suceden los incendios de residuos.


«Nunca pensé que en Nápoles iba a vivir escenas de limpieza étnica. Unas 200 personas tiraban cócteles molotov contra las casas de los gitanos y la frase que más coreaban era: ‘Vamos a quemarles vivos’», se estremece al recordar Martiniello, quien fue testigo de lo sucedido. «Los gitanos estaban aterrados. En una chabola, por ejemplo, unas 40 mujeres, niños y ancianos guardaban silencio, despavoridos ante la posibilidad de que los violentos pudieran encontrarles. Tuvieron suerte: fui yo quien dio con ellos y avisé a la Policía para que los sacara de allí y les escoltara a otro campo protegido por las fuerzas de seguridad y situado a sólo 300 metros. Cuando llegamos, la chabola en la que estaban escondidos ya estaba ardiendo».


Hasta la semana pasada, en sólo cinco kilómetros cuadrados de Ponticelli se concentraban unos 800 gitanos, repartidos en ocho campamentos. Hoy ya no queda absolutamente ninguno. Después de los ataques de los que fueron objeto, 300 han sido alojados en casas de acogida o transferidos a campos dotados de protección policial.


Algunos, por ejemplo, han sido cobijados en la casa de acogida de Deledda, en el barrio de Soccovo. Pero cuando salieron por televisión las imágenes del centro y algunos vecinos reconocieron la estructura, corrieron a manifestarse a sus puertas exigiendo que los gitanos fueran desalojados del barrio. Hoy, un coche de Policía vigila las 24 horas el acceso al centro. «Sí, algunos gitanos tienen mucho miedo», nos confirma Daniella, una de las asistentes sociales de Deledda.


Pero lo que nadie sabe es dónde diablos se han metido los 600 gitanos que salieron huyendo de Ponticelli y que no fueron trasladados a centros de acogida ni transferidos a otros campamentos. «Se han volatilizado. Están escondidos, atemorizados ante la posibilidad de que puedan volver a atacarlos. Como puedes comprobar, ni siquiera han tenido valor de volver a por las pocas de sus cosas que se han salvado de la ira popular contra los gitanos», comenta Giuliano.


Sin embargo, muchos en Ponticelli no ocultan su satisfacción por haberse librado de los gitanos. «Me alegro de que los hayan echado, aunque hubiera preferido que los hubiesen sacado de otra forma. Pero la verdad es que la situación había llegado a un punto en el que o se les echaba por la fuerza o no se les echaba», nos cuenta Massimo Cozzolino al frente del puesto de frutas y verduras que regenta muy cerca de los descampados en los que hasta hace unos días vivían los gitanos. «Mira, yo tengo 34 años, tres hijos y me levanto todas las mañanas a las 4.00 horas para trabajar», afirma mientras coloca unas lechugas. «Y lo que no es justo es que hace un par de años la Policía me pusiera una multa de 5.000 euros porque este puesto con el que me gano la vida es ilegal y sin embargo no hiciera nada por acabar con los campamentos ilegales de gitanos», asegura Cozzolino, aunque confiesa que nunca llegó a pagar la multa.


Pero en Ponticelli no faltan argumentos con los que justificar la xenofobia. «Esas casas de ahí cuestan 200.000 euros. ¿A ti te parece que hay derecho a pagar ese dineral para ver desde tu ventana a los gitanos haciendo sus necesidades delante de tus narices?», se queja Pasquale de Filippo, otro vecino del lugar. «Si hasta nos robaban cada dos por tres las puertas de metal de los portales», añade Salvatore.


La camorra tenía también gran interés en echar a los gitanos de Ponticelli. «A pesar de que los mafiosos cobraban 50 euros al mes a las familias gitanas por cada chabola, les interesaba desalojarles de aquí porque quieren construir sobre estos terrenos», nos cuenta Giuliano Martiniello. «De hecho, entre la gente que encabezaba los ataques contra ellos vi a mujeres de capos mafiosos y a chavales pertenecientes a clanes».

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