LOS "BOAT PEOPLE" DEL GOLFO DEL ADÉN (1) Miles de somalíes y etíopes cruzan el golfo de Adén huyendo de la guerra, en busca de una vida mejor
´Landing!´
La Vanguardia, , 17-05-2008Landing! Justo terminamos de cenar cuando suena la alarma. Un pescador nos avisa por teléfono: acaban de desembarcar en la oscuridad al menos un centenar de personas. Una de ellas se encuentra en muy mal estado. Otras no han podido alcanzar tierra firme y se han ahogado. Un grupo de unos cincuenta etíopes ha huido hacia las dunas que llevan a la carretera principal, pero los somalíes, entre los cuales viajan algunos niños y varias mujeres, permanecen en la playa.
Tenemos suerte. Esta vez el landing – así se denomina aquí la llegada de barcos cargados de refugiados que llegan procedentes de Somalia, al otro lado del golfo de Adén- ha ocurrido a sólo media hora de Ahwar, donde nos encontramos. Tres coches de Médicos sin Fronteras cargados con medicinas, comida, galletas, agua, mantas llegan al poco tiempo hasta unas pequeñas cabañas donde los pescadores locales nos guían con sus linternas hasta las dunas en las que yacen exhaustos, asustados y desorientados los recién llegados.
No resulta fácil controlar los trescientos kilómetros de esta parte de la costa yemení situada frente al puerto de Bosaso, desde donde salen la mayoría de los barcos de refugiados que huyen de la guerra, la pobreza, el hambre y la destrucción. Las estadísticas oficiosas de Acnur dicen que el año pasado cruzaron el golfo más de 29. 000 boat people.654 murieron durante la travesía. Unos 800 desaparecieron. En los meses que llevamos del año 2008, ya son más de 16.500 los arribados, una de las cifras más altas desde que a principios de los años noventa reina al otro lado del mar “la destrucción y el hambre, la guerra y la muerte”, como nos indica levantando las manos al cielo – donde alguien debe de saberlo todo- el jeque Ahmed Balid, un pescador de ochenta años, jefe del pueblo de Hisn Belhaid, en cuyas playas aparecen a menudo estos grupos famélicos de hombres, mujeres y niños, a veces incluso algún anciano, en busca de una vida mejor.
Pero las estadísticas oficiosas sólo recogen parte del desesperado éxodo humano. ¿Cuántos barcos habrán naufragado sin que nadie haya sobrevivido para dar parte del accidente? ¿Cuántos habrán arribado sin que se haya detectado su presencia en esta larga franja del litoral que se extiende desde el mar Rojo hasta el océano Índico a lo largo de 2.400 kilómetros?
Ni en Yemen, el país receptor, ni en Somalia, desde donde huyen los refugiados, existen condiciones para que podamos conocer a ciencia cierta la magnitud de esta tragedia sin fin, que empezó con la destrucción de Somalia a principios de los años noventa.
Somalia es hoy un agujero negro del que apenas nada sabemos, un país que se hunde en el olvido y sólo adquiere interés cuando el aura de algún europeo ilumina aquellas sombras y nos permite dilucidar alguna silueta.
Así ocurrió recientemente con el secuestro de los 26 pescadores del atunero vasco o con el de los veraneantes del velero francés Ponant.De pronto percibimos a los somalíes a través de unos piratas que eran “piel y hueso, y parecían muertos de hambre”, como coinciden en describirlos los pescadores. Pero con el pago del rescate y la marcha de los piratas hacia la costa, la oscuridad y el olvido no tardaron en regresar sobre aquellas tierras ignotas.
Ni siquiera los ataques con misiles que a veces lanzan los norteamericanos desde sus barcos situados en el Índico contra supuestas posiciones islamistas merecen mayor atención, como es el caso del reciente ataque que mató al dirigente de la organización islamista Shebabs, en Dusamareb. Durante esta ejecución sumaria fuera de toda ley, al menos otras diez personas perdieron la vida y la ciudad – de cien mil habitantes- se vio afectada por una ola tóxica que provocó vómitos a centenares de sus habitantes.
Yemen, el país que recibe este éxodo de los boat people del golfo del Adén, es uno de los territorios más pobres del mundo. Actualmente, además de los numerosos atentados de Al Qaeda, Yemen vive una guerra tribal en el norte. Sólo la semana de la llegada de este enviado especial hubo más de cincuenta muertos durante los combates que siguieron al atentado con bomba a una mezquita (el jueves, el Gobierno estaba bombardeando Sadah); hubo también un ataque con mortero en la capital, Saná, junto a la embajada italiana, y dos turistas japoneses fueron secuestrados.
Los extranjeros apenas se atreven a salir a la calle. En la casa de MSF donde me alojo tenemos absolutamente prohibido salir si no es para atender los landings,y uno de estos días lo pasamos encerrados por culpa de un zumbado que se presentó en la casa amenazando con un fusil kalashnikov. Sólo la noche del sábado y la madrugada del domingo el landing nos hizo salir para atender a los recién llegados.
- No hay gobierno, no hay seguridad, tú tienes que hacer la ley – explica el jeque Balid, cuya hospitalidad y delicioso té dulce son garantía de protección.
Dice el jeque que en tiempos de los británicos y de los rusos – porque, aunque parezca imposible, esta tierra del sur fue comunista- existía un “gobierno”. “Hacías algo malo, venían a buscarte y te metían en la cárcel”.
- Hoy tenemos que hacer nosotros mismos la ley… – se queja, por las duras y complicadas decisiones que le toca tomar.
Ante un problema, explica, por ejemplo cuando uno de la tribu vecina mata a uno de los tuyos, lo que el jeque Balid hace es reunir a los ancianos de ambas tribus. Discuten. Toman el té. Buscan entre todos una solución. A veces hay que pagar con dinero o en especies. Otras hay que matar. Y si hay que hacerlo, se hace.
Siguiendo las indicaciones de los pescadores, llegamos finalmente a la playa donde se ha producido el landing.Rebozados en la arena nos esperan los testigos de estas travesías de la desesperanza, para narrarnos el relato de su viaje y las historias de la tragedia de la que huyen.
Junto a la arena, cubierto con una tela, reposa muerto un etíope que ya nada podrá contar.
Mañana, domingo: “El viaje”(Puede haber caducado)