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Adiós al campamento rumano
El Mundo, , 19-05-2008La veintena de gitanos – rumanos que vivía en el mirador de Las Vistillas ha tenido que mudarse para dejar sitio a las fiestas patronales. Los vecinos habían denunciado en reiteradas ocasiones la situación y ahora temen que vuelvan Los moradores clandestinos de los jardines de Las Vistillas han tenido que hacer el petate e irse a otra parte. La veintena de rumanos de etnia gitana que, desde hace un par de años, empleaban el mirador ubicado en el citado parque para pernoctar, tuvieron que ceder el espacio. El motivo no es otro que la celebración de las fiestas de San Isidro. El lugar se encuentra ahora ocupado por un escenario y por los típicos puestos de comida que, por estas fechas, proliferan en la zona.
Los vecinos ya habían denunciando en varias ocasiones la presencia de los rumanos sin que se hubieran tomado medidas contundentes. Ahora, por fin han visto como se esfumaba el campamento. A muchos les resultó irónico que lo que no había logrado el permanente acoso de la Policía Municipal, lo hubiera conseguido el santo patrón de Madrid.
Hasta ese momento, los okupas y las fuerzas del orden parecían haber alcanzado un acuerdo tácito por el que, a condición de que los primeros desmontaran las tiendas de campaña durante las horas de luz, los agentes les dejarían tranquilos. No obstante, la tregua se ha desmoronando. La feria necesita el espacio y no hay más que hablar.
El lugar en disputa es un enclave privilegiado desde el que se puede disfrutar de una espectacular panorámica que abarca desde el río Manzanares hasta la catedral de La Almudena. Cuando hace un par de años los rumanos decidieron convertir el lugar en su residencia, aprovecharon la existencia de un pequeño tejado de estilo neoclásico para establecer su campamento.
A pesar de la reciente partida de los gitanos, la gente del barrio no se hace ilusiones. No es la primera vez que abandonan el lugar sólo para regresar en cuanto ha pasado el temporal. Los habituales de Las Vistillas tienen muy claro que volverán.
Un hombre que vive en el barrio desde hace casi 30 años desveló el tipo de ardides de los que se solían servir los rumanos para que los municipales no les echaran: «Sabían que no podían montar un poblado en toda regla, por eso, levantaban las tiendas a las nueve de la noche y las desmontaban doce horas después. En Madrid no hay ninguna ley que impida pernoctar en un parque de manera provisional. Ellos conocían esto y se aprovechaban», aclaró. Además, añadió que solían levantar las arquetas de la red hidroeléctrica para guardar allí las tiendas de campaña. Estos tejemanejes en las conducciones provocaron cierta inquietud en la zona ante la posibilidad de que pudiera producirse una avería.
Otro residente deploró el deterioro que la presencia de tantas personas ocasionaba en la zona: «Es una vergüenza que un lugar tan representativo como éste ofrezca un aspecto tan tercermundista», dijo. Sus críticas abarcaron también a la existencia de las numerosas pintadas que proliferan en el área, así como el estado de una de las dos casetas antiguas que adornan el mirador. Dicha estructura sufrió un incendio hace varios años y, hasta la fecha, nadie se ha ocupado de restaurarla.
«No son delincuentes»
Los mismos vecinos descartaron que los rumanos fueran peligrosos. «No son delincuentes. Nunca les he visto vender droga o robar por la zona. El problema es que ensucian el mirador», indicó una mujer que estaba sacando a pasear a su mascota. Los campistas practicaron un agujero en un prado cercano donde solían depositar todos sus detritos. «Hace un mes pillé a mi perro olisqueando entre su basura», se quejó la dueña del animal.
Por su parte, los interesados declararon, poco antes de su partida, que no tenían otro lugar donde dormir y que, al no disponer de una residencia fija, no podían beneficiarse de ninguno de los programas sociales que ofrece el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid. «Mi marido se dedica a recoger chatarra y cartones. Tengo seis hijos en Rumania y, con lo poco que él gana, no podemos ni mandarles un poco de dinero», se quejó una mujer gitana. Sus compatriotas se mostraron conformes con su valoración y solicitaron al Consistorio que les ofrezca una respuesta que mejore su precaria situación.
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