Visitar España... un duro aterrizaje

El Periodico, JORGE ARTURO Chaves*, 04-05-2008

Ocho años de formación universitaria en España son imborrables. El cariño nacido entonces se arraiga con cada visita posterior, en un sabático, o invitado por diversas instituciones. También para visitar amigos entrañables. O para marcar con mis botas la huella en el Camino de Santiago. Como muchos otros que estudiamos allá, me siento cercano a la transición española a la democracia, y se me sigue haciendo un puño el corazón al revivir los horrores de la guerra civil y la dificultad de algunos para enfrentarse a la memoria histórica con justicia para ambos bandos.
Por eso me descorazonan las prácticas migratorias del Gobierno español – – aun y cuando reflejen los contenidos de un reglamento europeo. Y aun cuando caigan dentro de eso que llaman “asuntos de soberanía territorial” de cada país. Releyendo informaciones de prensa y de la embajada española en Costa Rica, uno se queda perplejo. ¿Caminaría un ciudadano promedio costarricense (u otro latinoamericano), de manera normal, con el equivalente de 540 euros en efectivo en el bolsillo? Nunca localmente y menos aún en país extranjero, cuyos riesgos se desconocen.

SIN EMBARGO, uno de los nuevos requisitos para visitar España es llevar en la cartera al ingreso al menos esa suma. Y para quien crea que en el mundo el dinero plástico es ahora lo normal, olvídese. El visitante debe portar no tarjetas – – ni oro ni platino – – sino estados de cuenta emitidos por el banco respectivo, no obtenidos por Internet.
Pero eso no es todo. Es más que probable que entre las razones por las que Iberia multiplicó en años recientes los vuelos directos entre San José (u otras capitales latinoamericanas) y Madrid, se encuentra el deseo de muchos viajeros como el que escribe, de no pasar por las molestias migratorias de tránsito en los EEUU, tras la paranoia desatada por los atentados del 2001. ¿Serán más fáciles ahora las exigencias para el ingreso a España, aparte de las inconveniencias financieras? Para nada. En lo que respecta a hospedaje, se debe comprobar la reserva del hotel o invitación de un particular, expedida por la Policía del lugar de residencia de quien invita, además de demostrar que se tiene medios de subsistencia. Alguna prensa española destaca del decreto correspondiente que si quien invita es un particular que alquila casa, debe presentar copia del contrato de arrendamiento o un certificado del propietario que indique los metros cuadrados de la residencia, para ver la capacidad respecto a posibles huéspedes. Las certificaciones de la policía local costarán al anfitrión amigo alrededor de 100 euros extra por el papeleo.
Súmense los trámites de la copia compulsada de todas las páginas del pasaporte del invitado por parte del consulado de España respectivo. Y el “compromiso” que deberá suscribir el anfitrión de que el invitado no va a promover la delincuencia. Humillante. Queda a la imaginación del lector lo que estos y otros trámites suponen en materia de tiempo, fila, burocráticas ventanillas y costos. Y la desazón interior. Y los momentos angustiosos para quienes son confinados antes de devolverlos a su país.

TODO ESTO, triste y lamentable en cualquier época, en esta que se negocia acuerdo de asociación con la Unión Europea, se transforma en algo incoherente y contradictorio. Está visto que el libre movimiento de personas seguirá ajeno a los tratados de libre comercio y de asociación. En la economía vigente solo se abren las fronteras al capital y al consumo. Ni siquiera el movimiento turístico es favorecido así en ambas direcciones.
Quizás a algunos, los de siempre, estas medidas les signifiquen poco. Ahora como antes caerán de nuevo de pie. A otros nos quedará el viaje a España como un recuerdo imperecedero, irrepetible. Para otros muchos, de menores recursos, no pasará de nostalgia de un futuro que nunca será. Y los emigrantes de las filas de los pobres, con la “globalización” actual nunca verán realizarse los principios del teólogo dominico de Salamanca, Domingo de Soto, cuando escribía a Felipe II respecto a las migraciones por necesidad: “De derecho natural y de derecho de las gentes cada uno tiene libertad de andar por donde quisiere, con tal de que no sea enemigo ni haga mal (…) Los pobres de un reino tienen derecho de pedir por Dios en el otro, si son verdaderamente pobres (…) Todos los cristianos somos miembros de un mismo cuerpo (…) No ha de pedirse al pobre más razón que al rico (preguntándole) por qué anda fuera de su tierra (…) Si el hospedaje por ley natural y divina nos es tanto encomendado, ¿con quién la podemos los cristianos ejecutar, sino con los pobres extranjeros? (…) La ley nuestra, vieja y nueva, ninguna división jamás hizo de pobres naturales y extranjeros, antes por iguales palabras encomienda los unos y los otros (…) Jamás hicieron diferencia entre pobres naturales y no naturales (extranjeros), sino entre pobres verdaderos y fingidos pobres (…) El que es verdaderamente pobre ninguna culpa ni crimen comete, no hay por donde le echar de ningún lugar”.
¡Ay utopía, “perseguida por lebreles que se criaron en sus rodillas y que al no poder seguir su paso, la traicionaron – !” (Joan Manuel Serrat).

*Dominico, economista y catedrático de la Universidad Nacional de Costa Rica

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