MURCIA
Vivir de lo que sobra
Cientos de inmigrantes se dedican a recorrer basureros, obras y talleres en busca de metales Diferentes empresas los convierten de nuevo en materia prima para su aprovechamiento
La Verdad,
,
02-05-2008
Para Iulius Váduvescu y Cornelia Meterez la jornada comienza cada día a las siete de la mañana. Recorren la ciudad siguiendo un un curioso itinerario: van de basurero en basurero en busca de chatarra que más tarde entregan en diversas empresas para su reciclaje. El oficio les ha hecho ver el valor de los objetos que otros desechan. De lo que a unos les sobra, otros se ganan la vida.
«Tenemos que hacer muchos kilómetros todos los días con el carro. Quizás 10 o 12, porque hay que buscar bien para encontrar cosas que valgan la pena», dice Cornelia. «A veces la gente se ríe, pero es difícil para un extranjero ganarse la vida. Hacemos lo que podemos», explica.
No siempre se han ganado la vida así. Iulius es mecánico y estudio electricidad en lo que sería el equivalente a un ciclo de formación profesional en Rumania. Durante 30 años trabajó en la industria mecánica, primero en Olsit y más tarde en Daewoo, pero la precaria situación económica en su país, donde no ganaba más de 8 euros al día, le impulsó a venir a España. De eso hace 6 años. «He trabajado como mecánico pero no es fácil que te contraten sin papeles», se confiesa.
Mientras espera el momento de poder trabajar legalmente en España, lo que ocurrirá en 2009 (por una prerrogativa que estableció la Unión Europea en su ingreso), realiza junto a su mujer la ardua tarea de encontrar algo de valor entre la basura. No le va mal, pues en un buen día puede ganar entre 50 y 60 euros. Depende de los viajes que hagan con su carrito hasta la empresa donde venden el material, camino de Monteagudo. «No quiero problemas, sólo ganarme la vida. Si no tengo trabajo me dedico a esto», afirma Iulius.
La chatarra es un recurso seguro para épocas de escasez. Para unos es ocasional y para otros su oficio y único medio de subsistencia. Angela y Petro, otro matrimonio rumano, no conocen otra forma de ganarse un sueldo. Hoy están satisfechos. En la puerta de la empresa donde venden su mercancía muestran dos carros cargados hasta arriba de los objetos más variopintos. Sillas, cables, lo que en otro tiempo debía ser una valla a trozos, un espejo y muchas tuberías, uno de los tesoros más preciados por su alto contenido en cobre. «Es lo que más valor tiene», explica Nuria Hernández, gerente de Chatarras y Metales Miguel Hernández. El metal de la chatarra que recogen los pequeños chatarreros es aprovechado por este tipo de empresas. «Esta profesión tiene mala imagen pero hacen un trabajo imprescindible», apunta Hernández, que dirige junto a sus hermanos el negocio familiar que comenzó su abuelo. Frente a su oficina proliferan las cajas de selección de material y se levanta una montaña de chatarra de las entregas que se hacen cada día. «Es un reciclaje a gran escala. Estamos convirtiendo los residuos industriales en materia prima para el proceso productivo. Imagina la cantidad de recursos que se ahorran y lo que se reduce el gasto energético», señala.
Iulius y Cornelia no parecen ser conscientes de la labor social que conlleva su trabajo ni el cariz ecológico que tiene. «La vida es una lucha», dice Cornelia. «Permanente», añade sonriendo su marido. Juntos, y con 25 euros más en el bosillo, encarrilan el camino de vuelta a la ciudad después de ocho horas recogiendo chatarra. Con un poco de suerte, aún les da tiempo a volver una vez más con el carrito lleno de lo que otros no quieren.
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