Derechos humanos y obligaciones morales

La Prensa Gráfica, Joaquín Samayoa/Columnista de LA PRENSA GRÁFICA, 23-04-2008

El Papa añadió la brújula de la ética cristiana y las insospechadas posibilidades de entendimiento que surgen de las actitudes solidarias.

El papa Benedicto XVI se refirió al problema de los inmigrantes ilegales en varias ocasiones durante su visita a Washington y Nueva York la semana pasada. Abordó el tema por primera vez en declaraciones a la prensa antes de aterrizar en suelo estadounidense; lo hizo también en su reunión privada con el presidente Bush y luego en su homilía durante la misa que celebró en un estadio de béisbol. Con todas esas menciones, el máximo líder de la Iglesia católica dejó claro que el tema de los inmigrantes debe recibir atención prioritaria. Más de un congresista y algunos comentaristas de televisión lo acusaron de inmiscuirse en política, pero la verdad es que el Papa no hizo críticas ni propuso soluciones concretas. Por el contrario, evitó caer en la trampa de apoyar o rebatir los argumentos específicos de un debate que ha causado tanta división en los Estados Unidos.

Un hombre con un intelecto tan fino como el de Benedicto XVI sabe que hay algo de verdad en casi todos esos argumentos. En vez de echar leña al fuego de las pasiones, buscó ampliar los criterios de una discusión que ha quedado atrapada en un callejón sin salida. A un debate que se ha agotado en consideraciones económicas, legales y de seguridad nacional, el Papa añadió la brújula de la ética cristiana y las insospechadas posibilidades de entendimiento que surgen de las actitudes solidarias.

La inmigración ilegal es un rebalse de agudos problemas en los países de origen y se convierte en un complejo problema para los países de destino; pero el tratamiento de la inmigración como problema debe complementarse con un trato sensible a las necesidades y respetuoso de la dignidad de los inmigrantes. Esa es la perspectiva que añadió Benedicto XVI a la búsqueda de soluciones que, de otra forma, conducen a la deshumanización de las sociedades y terminan siendo impracticables o ineficaces.

En un auténtico espíritu cristiano, el Papa tiene no solo el derecho sino también la obligación de velar por todos los hombres y mujeres que se encuentran en situaciones angustiosas y de extrema vulnerabilidad, como es el caso de los que se han visto forzados a separarse de sus familias, de sus costumbres y de su tierra para poder sobrevivir a las guerras y a otras situaciones de lento exterminio de la dignidad humana. Por otra parte, el Papa sabe que está depositando la semilla de la solidaridad humana en tierra fértil, ya que el pueblo estadounidense es predominantemente un pueblo noble y de buenos sentimientos, a pesar de algunas actitudes discriminatorias, egoístas y prejuiciadas que aún prevalecen, alimentadas por el temor que suscitan las amenazas e incertidumbres propias de estos tiempos.

Pero Benedicto XVI no les habló solamente a los gobernantes y a los habitantes del país anfitrión. En virtud de la globalización de las comunicaciones, las visitas apostólicas de los papas son siempre un acontecimiento que recibe una cobertura periodística excepcional a lo largo y ancho del planeta. Además, se dirigió explícitamente a toda la humanidad desde el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Ahí también insistió en la importancia del respeto a los derechos humanos, no solo como un imperativo moral, sino también como una herramienta eficaz para hacer frente a los diversos males que aquejan al mundo moderno.

Los salvadoreños tenemos que darnos por aludidos. Nosotros también somos culpables de la desintegración de la familia salvadoreña. Antes de ser abusados en el trayecto y perseguidos en el destino, la mayor parte de los inmigrantes ilegales fueron discriminados o abandonados por sus propios compatriotas, por nosotros, por los que no generan empleos pudiendo hacerlo; por los que pagan mal pudiendo pagar mejor; por los que no hacen bien su trabajo en las instituciones públicas; por los que se limitan a criticar cómodamente al gobierno. Estamos viviendo tiempos difíciles. El costo de la vida está asfixiando a los más vulnerables en todas las sociedades. Si atendemos a los indicadores disponibles, tendremos que concluir que las cosas van para peor, a no ser que los países dominantes en la economía mundial hagan un giro de timón para eludir la extrema perversidad a la que puede conducir la mera lógica de oferta y demanda.

Pero no existen soluciones fáciles o rápidas. Los paliativos a corto plazo y las soluciones de largo plazo requieren, tal como lo ha señalado Benedicto XVI, una renovada conciencia moral que nos impulse a todos a ser más solidarios con los menos favorecidos.

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