La funcionaria
Las Provincias, , 15-04-2008Hoy correspondería más bien hablar de los cambios ministeriales, que es lo que está en boga, lo que mola, y la verdad es que me apetece mucho decir que a lo mejor eso de juntar agricultura y medio ambiente no es mala cosa, incluso desde el punto de vista de los intereses agraristas, pero lo dejaremos para otro día este juego de heterodoxia, porque me apetece más contar la imagen de una funcionaria que se me ha quedado grabada.
Estaba esperando mi turno en una administración de la Agencia Tributaria y ponía la mirada, despistada y alternativamente, en la pantalla donde aparecían los números por orden de cita y en los mostradores, en ese juego intrascendente con el que intentamos matar a veces cortas esperas: tratando de intuir qué asuntos traerán a cada uno de los presentes en su discurrir ante los funcionarios de turno. Cosas de impuestos, claro; lo de la renta, que ya está a la vuelta de la esquina.
De repente detengo la mirada en la esquina entre dos mostradores. Hay una mujer con atuendo musulmán, posiblemente de origen marroquí, y un niño de siete u ocho años. Y una funcionaria que, desde el otro lado del mostrador, les está explicando algo. Seguramente trata de indicar a la mujer cómo debe rellenar unos impresos, de señalarle qué documentos ha de traer, a dónde los debe llevar, qué requisitos le harán falta… Papeles, pienso, igual llegan sin papeles pero cuando se ven obligados a tener un papel se los piden todos en cascada. Es la ley, el orden, lo que está mandado, lo que toca. Ahí estamos todos.
Noto que la mujer musulmana no entiende bien lo que le explica la funcionaria. Quizás aún no habla el idioma, o ni siquiera lo conoce todavía. Pero el chaval sí, se nota que el chaval habla en castellano. Probablemente, del colegio. Y es muy espabilado. Así que la funcionaria se lo va explicando al chaval para que se lo traduzca a la mujer musulmana, que no se si es su madre, o su abuela, o su tía, porque el pañuelo que cubre su cabeza difumina su edad. La funcionaria hace un gran esfuerzo para hacerse entender, para que el niño lo transmita bien y que la mujer lo haga bien. Pero no lo explica con exigencias ni con aires de nada, sino con extrema amabilidad, ayudando. Se vuelca sobre el mostrador para llegar hasta el niño y se nota que lo está haciendo a gusto, que disfruta, que se sabe cumplidora de su función. Y yo me siento tan orgulloso como ella, y pienso: con gente así no hace falta ni un Ministerio de Igualdad. Y encima, cuando me tocó a mí, se arregló a satisfacción el problemilla que me traía.
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