Los republicanos y el color de la piel

El Universo, Paul Krugman |, 28-11-2007

La importancia del color de la piel y, en particular, del cambio de los blancos sureños, que dejaron de apoyar abrumadoramente a los demócratas para hacerlo en igual forma con los republicanos, es evidente a partir de los datos electorales.

En las últimas semanas ha habido una diversidad de comentarios sobre el legado de Ronald Reagan, en particular sobre si explotó la reacción violenta de los blancos contra el movimiento de los derechos civiles de los negros.

Desafortunadamente, la controversia oscurece el punto de mayor importancia: el papel central de esa reacción violenta en el surgimiento del movimiento conservador moderno.

La importancia del color de la piel y, en particular, del cambio de los blancos sureños, que dejaron de apoyar   abrumadoramente a los demócratas para hacerlo en igual forma con los republicanos, es evidente a partir de los datos electorales.

Por ejemplo, todo el mundo sabe que los blancos se alejaron de los demócratas en temas como Dios, las armas, la seguridad nacional y así por el estilo. Sin embargo, lo que todo el mundo sabe no es cierto una vez que se excluye del mapa al sur. Como señala el politólogo Larry Bartels, en las elecciones presidenciales de 1952, el 40% de los blancos no sureños votó por los demócratas; en el 2004 esa cifra prácticamente no cambió, fue del 39%.

Han pasado más de 40 años desde la promulgación de la ley sobre derechos electorales que Reagan describió en 1980 como una “humillación para el sur”, y los demócratas ganaron el voto popular en forma decisiva en las elecciones del año pasado para la Cámara de Representantes, pero esta vez los blancos sureños votaron por los republicanos en proporción de casi dos por uno.

Los propios líderes del Partido Republicano admiten que el gran cambio de los blancos sureños fue resultado de una estrategia política deliberada. “Algunos republicanos se dieron por vencidos en cuanto a ganar el voto afroestadounidense, y miraron hacia otro lado o trataron de beneficiarse políticamente con la polarización racial”. Eso lo declaró en el 2005 Ken Mehlman, presidente del Comité Nacional Republicano.

Y Ronald Reagan estuvo entre los “algunos republicanos” que trataron de beneficiarse con la polarización racial. Cierto es que nunca utilizó una retórica explícitamente racial. Tampoco lo hizo Richard Nixon. Como lo expresan Thomas y Mary Edsall en su libro clásico de 1991 Reacción en cadena: el impacto de la raza, los derechos y los impuestos en la política estadounidense: “Reagan tuvo un éxito similar al de Nixon en la construcción de una política y una estrategia de gobernar para atacar políticas orientadas a los negros y otras minorías sin hacer referencia a la raza, una política conservadora que tuvo el efecto de polarizar el electorado por temas raciales”.

Por tanto, Reagan contó en repetidas ocasiones la historia falsa de la reina de la asistencia social que conducía un Cadillac, una exageración burda de un caso menor de fraude en ese ámbito. Nunca mencionó la raza de la mujer, pero no tenía que hacerlo.

Hay muchos otros ejemplos de uso tácito de insultos racistas en los registros históricos. Mi colega Bob Herbert describió algunos en una columna reciente. Aquí hay uno que no mencionó: durante su campaña de 1976, Reagan habló con frecuencia de lo molestos que debían estar los trabajadores al ver un hombre sano usando estampillas para alimentos en una tienda de abarrotes. En el sur –pero no en el norte– el usuario de las estampillas se convirtió en un “negro joven y robusto” que compraba cortes finos de carne.

Ahora, sobre la historia de Filadelfia: en diciembre de 1979, un hombre del comité nacional republicano de Mississippi escribió una carta en la que exhortó a que el candidato nominado del partido hable en la Feria Rural de Neshoba, justo en las afueras de la ciudad donde habían sido asesinados tres activistas de los derechos humanos en 1964. Ayudaría, escribió, a ganar “votantes inclinados por George Wallace”.

Como era de esperarse, Reagan se presentó y declaró su apoyo a los derechos de los estados, lo que todo el mundo tomó como una declaración codificada de apoyo a los sentimientos segregacionistas.

Los defensores de Reagan protestan furiosamente y dicen que en lo personal no estaba prejuiciado. ¿Y qué hay con eso? Estamos hablando de su estrategia política. Sus creencias personales son irrelevantes.

¿Por qué importa esta historia ahora? Porque nos habla de por qué la visión de una mayoría conservadora permanente, tan ampliamente aceptada hace unos cuantos años, está equivocada.

El punto es que con el tiempo nos hemos vuelto un país más diverso y menos racista. El incidente “macaca” en el que el senador George Allen usó ese insulto racial y eso condujo a su derrota electoral, tipifica la forma en la que Estados Unidos ha cambiado para bien.

Y como la influencia conservadora ha dependido crucialmente de la violencia racial (una revisión detallada de los datos electorales muestra que los temas religiosos y de los “valores” han sido muchísimo menos importantes), entonces el poder cada vez más débil de esa reacción lo cambia todo.

¿Puede la retórica contra los inmigrantes reemplazar la política racial pasada de moda? No, porque moviliza al mismo grupo de blancos, que está disminuyendo, y aleja un número creciente de votantes latinos.

Quizás me equivoque en todo esto. Sin embargo, deberíamos poder discutir el papel de la raza en la política estadounidense en forma honesta. No deberíamos desviar la mirada solo para no manchar la imagen de Ronald Reagan.

© The New York Times News Service.

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