TESTIGO DIRECTO / VILLIERS-LE-BEL (PARIS)

Toque de queda en la 'banlieue'

El Mundo, RUBEN AMON, 28-11-2007

El primer ministro francés, junto a un millar de policías y gendarmes, se desplazó anoche a Villiers – le – Bel para contener a la ‘guerrilla’ urbana, aunque hubo nuevos incidentes en otros suburbios de la capital francesa La tercera noche transcurrió con relativa normalidad en Villiers – le – Bel. No porque se hayan aplacado los ánimos ni la iracundia, sino porque el despliegue de 1.000 policías, la aparición nocturna del jefe del Gobierno y la coordinación in situ de la ministra de Interior neutralizaron cualquier atisbo serio de violencia callejera.


Se había declarado, extraoficial e implícitamente, el toque de queda y el estado de excepción. No pudieron evitarse incidentes aislados en distintos escenarios de la banlieue parisina, aunque el parte de guerra disponible anoche – una treintena de coches en llamas y un almacén incendiado – en nada se parece al balance hiperbólico de las jornadas precedentes. Quizá porque los helicópteros de vuelo nocturno contuvieron a los vándalos en las guaridas de Villiers. O quizá porque los guerrilleros en cuestión se avinieron a aceptar una especie de tregua armada, forzosa.


Los viejos del lugar no tenían noticia de un ajetreo parecido. Tampoco recordaban que un primer ministro se hubiera dignado a visitarlos. Ayer lo hizo François Fillon en dos ocasiones. Un gesto paternalista que los vecinos de Villiers aprovecharon para transmitirle la cólera, el desconcierto y el miedo. Cólera porque han muerto «como perros» dos chavales de 15 y 16 años. Desconcierto porque los ultras del pueblo manejan carabinas y cócteles molotov para vengar el entierro. Miedo porque los damnificados de la oleada incendiaria se cuentan entre los propios habitantes de Villiers.


Christine, por ejemplo, no ha podido llevar a sus hijos a la escuela maternal. Los vándalos encapuchados prendieron fuego a las aulas en la noche ebria del lunes. Igual que hicieron con la biblioteca municipal y con decenas de vehículos modestos en los aledaños del campo de batalla.


«Todos lamentamos la muerte de los chicos, pero no hay derecho a la anarquía y a la violencia como solución», explica Christine con la voz entrecortada. «La destrucción nos perjudica a todos. ¿Cuántos días van a transcurrir hasta que la escuela vuelva a funcionar normalmente?»


Los cristales rotos, los negocios vampirizados y el olor a humo alteran el anonimato de Villiers – le – Bel, sobrenombre de un pueblo de 25.000 habitantes que conserva una cierta coquetería en comparación con los suburbios deprimidos de la periferia parisina.


Llama la atención la iglesia gótica de Saint – Didier. También sorprenden las zonas verdes, el orgullo en piedra de la sede municipal y el jaleo cosmopolita del recreo. Predominan los emigrantes de Mali, de Argelia y de Marruecos, aunque las clases de los centros escolares alojan niños de origen indio, pakistaní y chino.


Nada que ver con las imágenes en sepia que decoran como un museo decimonónico la librería de la rue de la République. Se remontan a la pujanza de la villa en los años 20. Empezando por la actitud castrense del cuerpo de bomberos, todos ellos vestidos de dulce, provistos de un bigote espeso y tocados con un casco reluciente en forma puntiaguda.


Los compañeros del siglo XXI, en cambio, bregan como robocops en el arrabal industrial de Villiers (20 kilómetros al norte de París). Allí se concentran los grupos de vándalos para desafiar a los antidisturbios, disparar con aire comprimido, arrojar pedruscos como puños y lanzar artilugios incendiarios con la disciplina de una guerrilla organizada.


El parte médico divulgado ayer menciona que 82 policías resultaron heridos en la madrugada del lunes al martes. Cifras que rememoran la crisis de 2005 y que han sorprendido a Sakozy en Shangai. No importa. El presidente mantiene el control de la crisis telefónicamente y ha convocado hoy una reunión de emergencia en el Elíseo para evitar que la violencia se contagie en las periferias.


«La culpa es de los polis», señala desde el anonimato un chaval subsahariano de 17 años. «Son ellos los que nos han matado a nuestros amigos. Ahora tienen que pagar con sangre por lo que han hecho».


La primera batalla se precipitó el domingo nada más conocerse que un coche de policía había atropellado accidentalmente a Moushin (15 años) y Larami (16). Las fotocopias con su imagen empapelan de luto las calles y los árboles de Villiers en nombre de un epitafio acusador («Muertos para nada»), aunque las investigaciones preliminares exculpan la responsabilidad de los agentes. Eran los muchachos quienes viajaban sin casco ni luces en un ciclomotor no homologada para circular. También fueron ellos quienes desatendieron la prioridad en el cruce donde se produjo la colisión frontal, aunque los familiares de las víctimas acusan a la policía de haberlos dejado sobre el asfalto como si fueran morralla. «Y no eran morralla», puntualiza consternado el panadero de la calle Tolinette. Los periodistas nos abalanzamos sobre él porque ha trascendido que Larami se empleaba como aprendiz a sus órdenes. «Qué buen chico y qué muerte tan absurda», lamenta entre suspiros el patrón.


elmundo.es


Imágenes:


Vea el vídeo y las fotografías de los disturbios.

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