Rapados

La Voz de Galicia, , 20-11-2007

Retornan cíclicamente, son la misma camada negra del miedo a salir de noche que nutría de rumores las ciudades cuando hace treinta años inauguramos la democracia. Pandillas con rudimentos ideológicos sostenidos livianamente por consignas racistas y xenófobas con el androcentrismo ario de razas y banderas, de raza blanca y banderas negras. Son los que ignoran que en el mundo solo existe una raza, la humana, y que solo la bandera, las banderas de la libertad nos hacen libres.

En su largo currículo tienen ya demasiados muertos, demasiados asesinatos, de la navaja a la bomba, de la paliza a las pistolas hay un paisaje de muerte manchado de rojo sangre.

Son los rapados de la extrema derecha manejados con los eslóganes elementales del miedo al otro, de la coartada contra el diferente que siempre es el emigrante, el negro, el débil, el enfermo, el drogadicto y todos aquellos que defendemos la democracia y las libertades que nos ha costado mucho conquistar.

Son los rapados de la extrema izquierda que combaten con instrucciones de manual de urgencias políticas la democracia burguesa. Pandilleros camuflados con el barniz de ideologías caducas e inviables que van desde el más brutal inmovilismo hasta la más insolente de las utopías.

Se parapetan tras las barras bravas de los tifosi futboleros, en los ociosos salones de los barrios periféricos donde habita el gran hermano manipulador de voluntades, en los billares y los recreativos donde crece la carne de cañón, el dúctil material de quienes no tienen casi nada en la cabeza ni por dentro ni por fuera.

Se les llena la boca de patrioterismo, de patria o de internacionalismo proletario, van de la enseña negra del fascio a la roja que ondeó en los países del socialismo real antes de que se cayeran todos los muros de la represión.

Su arma letal, su gran aliado es la Red, su mejor cómplice Internet, y en este país sin fronteras que es Europa encuentran el pretexto falaz de la paliza como argumento y fase previa a las razones que convierten la agresión en asesinato. De la defensa de un modelo periclitado a la autodefensa frente a los que lo sostienen hay una línea excesivamente sutil y fácilmente traspasable.

Los rapados, heraldos del terror urbano, son nuestros anticuerpos, los virus que genera el sistema, las rémoras que navegan en las corrientes del gran río de la libertad, el peaje que pagamos todos los que sabemos que la democracia es un territorio sin puertas, un territorio generoso en el que hay un sitio para todos, incluso para aquellos que nos niegan y que siguen caminando por la historia como cangrejos que prefieren que se detenga la rueda del progreso y de la tolerancia, que la máquina se pare. No lo conseguirán nunca.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)