Los rumanos integrados en Italia lamentan pagar los platos rotos de la delincuencia de sus compatriotas

El Periodico, IRENE SAVIO, 09-11-2007

Son las 9.30 horas, momento de la limpieza en el patio del campo de nómadas de Candoni, a un cuarto de hora al oeste del centro de Roma. Los niños hablan en italiano y juegan con palitos de madera bajo la luz del sol. Ahí vienen: un ejército de ocho mujeres con faldas coloradas y escobas amarillas. Las madres empiezan a limpiar y retan a los enanos en rumano, que es lengua oficial de este ensanche de tres kilómetros cuadrados que alberga a casi 500 nómadas. Muchos son obreros y mujeres limpiadoras que salieron de su país en los noventa en busca de un futuro mejor. Otros, los menos, son empresarios.
Candoni es quizá el lugar donde empiezan los sueños de los nómadas rumanos en Roma. Es un campo compuesto por unas 50 casitas en plexiglás blanco y financiado por las autoridades italianas desde el 2000, cuando fue abierto. Están censados los nombres y profesiones de sus habitantes. Gente honrada y de bien. Pero el campo padece la tensión que les transmite la ciudadanía italiana tras el aumento de la delincuencia rumana.

Escapar al estigma
Los vecinos tratan de escapar de ese estigma. Por ejemplo, pagando una cuota de 50 euros para la limpieza y la seguridad del campo. “Si alguien no respeta las leyes italianas o las del campo, se lo explicamos a cachetazos”, aclara Ion Bambalau, un fornido hombre de 46 años, jefe de la comunidad y mediador cultural pagado por la alcaldía de Roma.
Antes de llegar a Italia en 1996, Ion era mecánico en Craiova, una pequeña ciudad al oeste de Bucarest. De esos años recuerda su pobreza: ganaba entre 30 y 50 euros al mes. “El problema es que ahora somos el chivo expiatorio”, dice Bambalau para añadir: “¿Mataron, robaron, violentaron&63;”. “Ahora nos culpan a nosotros”,, lamenta.
Valentín Misu, tiene 17 años, una novia italiana que conoció en el 2004 y un sueño modesto: ser electricista cuando sea mayor. Ayer, en el autobús, de regreso de la empresa en la cual está haciendo una pasantía como antenista, oyó a un hombre italiano que gritaba. Insultaba a los gitanos. “Decía que somos personas de mierda que debemos irnos”, cuenta Valentín, mientras se frota las manos de los nervios. “Este es un buen chico, uno de los más integrados”, acota Natalia, la asistenta social italiana perteneciente a una asociación de promoción social que lleva 50 años luchando por los derechos de las minorías.
En la plaza atruena un ruido de automóviles y las mujeres limpiadoras desaparecen. Por la verja de entrada del campo entran seis vehículos de la policía. “Qué raro porque, en general, llegan por la mañana muy temprano y cada tres meses”, dice Natalia. Los policías bajan de los vehículos y controlan los permisos de los inmigrantes y las placas de los coches aparcados en el patio. “Tranquilos, tenemos que verificar que no sean robados”, explica un policía.
En la calle de al lado, Marian Rubin Costantin acaba de despertarse. Es obrero y ayer le tocó el turno de noche. Pero Marian no parece preocupado por la repentina invasión de los agentes. “Mi gran orgullo es mi hijo de 17 años, va a la escuela y compite como atleta con el equipo de la policía”, explica. Antes de llegar al campo, en el año 2000, Marian trabajaba en negro como albañil. Madrugaba para conseguir esos 40 o 50 euros que pagan por 12 horas de trabajo.

Más dinero
“Ahora, yo y mi mujer logramos juntar un sueldo de unos 2.000 aunque, claro, una parte la enviamos a los parientes que viven en Rumanía”, añade el hombre, mientras mira la hora a la espera del regreso de los 200 niños que están en edad de ir a la escuela.
El bus amarillo debe estar por llegar. “Ojalá no hayan tenido problemas con los italianos. Esta mañana una señora italiana fue desagradable”, dice su vecina Arestita Trifu, sonriendo.
En el pequeño bar, vecinos ancianos juegan al ajedrez. Alrededor hay ropa tendida, junto a varios planteles de fruta y tomates. Fuera del campo, la situación es peligrosa. Ayer, cuentan los vecinos, una anciana rumana fue agredida.
Bambalu, el jefe de 46 años, trata para mantener el orden. “Algunos tienen importantes cargos, trabajan como traductores en la embajada, aunque por la noche, ayudan a vigilar el campo”, cuenta sin perder la atención en la partida mientras mueve un peón blanco que pone a su anciano colega de juego en jaque.

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