La patada, convertida en manifiesto anti

El Periodico, JOSEP Pernau, 27-10-2007

Nos hicieron creer que habíamos tenido la suerte de nacer en un país en el que hombres y mujeres de etnias y culturas distintas podían convivir porque la historia nos había moldeado en la aceptación de la diferencia y la diversidad. Decían que en España nunca se molestó a un negro. Pero sería por otra razón: no había negros y, si venían algunos con los Globetrotters o del mundo del espectáculo, como Antonio Machín, llegaban bien arropados por el poder selectivo de la popularidad. Estaban los gitanos, pero podían ser folclóricos al servicio de los duques de Alba, y del resto ya se ocupaba la Guardia Civil.
Pero la vida nos enseñó que teníamos que corregir el concepto beatífico que teníamos de nosotros mismos, si no queríamos que se dijera que nos inventamos un país de cuento de hadas y que nos creímos que era de verdad. Nos hemos acercado a países que han impuesto el dominio de unos humanos sobre otros. Los medios de comunicación reflejan fielmente la realidad y solo un racista o un xenófobo puede seguir empeñado en no reconocer lo que es evidente.
Escribo bajo el impacto del joven degenerado que hace unos días, en un ferrocaril de la Generalitat, se recreó sádicamente humillando a una muchacha ecuatoriana, con una patada brutal en la cara y con agresiones varias. Nadie la protegió del agresor. Nadie vio nada. Los que presenciaron la escena estaban aterrados. El miedo es humano.
La patada en la cara, a través de la tele, ha sido como el altavoz de un acto bárbaro. Nunca una condena había sido tan unánime. Estamos en deuda con la inmigrante, y las deudas se pagan. Y conservemos, por lo menos, la indignación por si vuelve a hacer falta, como esta vez.

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