Racismo
La Vanguardia, , 26-10-2007El pasado viernes se supo de la detención de un hombre que había agredido en un tren a una joven ecuatoriana a la que llamó “zorra inmigrante de mierda”. La cámara de vídeo instalada en el vagón ha permitido que el agresor haya sido reconocido y luego detenido. El hombre habla a gritos por teléfono, y cerca de él y de la joven, entre asientos vacíos, se distingue a otro pasajero. En las imágenes se ve como la víctima recibe un puntapié en la cara mientras el testigo permanece impasible.
Ante la secuencia, tres reacciones resultaban previsibles. 1) Satisfacción por el arresto del agresor y confianza en que al cabo será juzgado. 2) Desazón ante el racismo instalado en nuestra sociedad. 3) Indignación por la pasividad del otro viajero. Una reacción, esta última, tanto más frecuente cuanto más hipócrita. ¿Cuánta gente sería capaz de enfrentarse a un hombre alto, fuerte y violento? Que cada cual se responda a sí mismo.
Los otros dos apartados piden respuestas sociales y políticas. ¿Qué castigo se le va a imponer a este hombre? Estaría bien que imaginación y contundencia se aliaran para hacer entrar en razón al individuo en cuestión y no soltarlo hasta que sea así. Por último, ¿cómo vamos a poner coto a la creciente xenofobia en que Occidente está inmerso?
En Suiza ha triunfado un partido xenófobo, en tanto que un premio Nobel, James Watson, ha afirmado que los negros son biológicamente menos inteligentes que los blancos. La corrección política de las altas esferas le ha castigado anulando la financiación del estudio que tiene entre manos. El cual sin duda no está dedicado a analizar los efectos que la explotación económica de los blancos sobre los negros tiene sobre sus posibilidades de aprender y desarrollarse.
Lo que piensa un sabio tiene su trasunto en la calle cuando una mujer detiene su coche en un lateral del paseo de Gràcia barcelonés, abre la portezuela y sale conturbada gritando que ya es la tercera vez que sufre un robo. Se supone que le han arrebatado el bolso por la ventanilla. Un hombre se para y pregunta, ¿qué, un moro? Y ella responde, sí, era un marroquí. Así de fácil, así se introducen los conceptos, así se llega a votar racismo. Casi nadie se pregunta en el Primer Mundo por qué tenemos inmigrantes y porqué eso ha de molestarnos. Protestar contra las políticas macroeconómicas del FMI y del Banco Mundial, que expulsan a amplias capas de la población fuera de sus países, requeriría un gran esfuerzo mental y moral.
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