Un tío aleatorio

El Periodico, JOSEP MARIA FONALLERAS, 26-10-2007

Escucho la conversación de unos estudiantes. La chica comenta el ataque racista del tren y pregunta a su amigo si los dos, víctima y agresor, se conocían de antes. El chico dice que no, que fue casualidad. “Así”, concluye la chica, “se trataba de un tío aleatorio”. Más allá de la bestialidad del asunto, lo que nos cautiva, como espectadores, es el escenario, ese huis clos donde se lleva a cabo la acción, el toqueteo, la agresión y el insulto. Por azar, por alguna broma cruel del destino, coinciden en el vagón tres personajes: la mujer inocente, el chulo de pacotilla y el testigo que es apenas un observador. Podían no haber coincidido, ni en el lugar ni en la hora. Fue aleatorio que estuvieran allí los tres (solo ellos y el ojo con el que hoy les miramos) y así se desarrolló la secuencia, con la gratuidad salvaje de las cosas que se dan sin que exista justificación. La universitaria, calificando al agresor de “tío aleatorio”, en realidad expresaba la sinrazón de esta historia. No había relación, no existían recuerdos, solo el presente de la violencia, de la indefensión, del miedo, del mirar hacia otra parte.
Y además, si no hubiera sido ese, quizás otro, también “aleatorio” habría obrado igual, con la misma ecuatoriana o con otra, con el mismo observador o con otro.Estamos inermes ante la conjunción explosiva de desnudez, altivez e indiferencia. ¿Qué parte de nosotros se esconde en el tercero en discordia, el que mira hacia otra parte, el que no se inmuta, como si sonara música callejera&63; Si aleatoriamente nos estuviera destinado su papel ¿con qué bazas lo interpretaríamos&63; En ese vagón, se comprimía, en un octubre nocturno, el género humano en veinte segundos.

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