BULEVAR

Perros, trenes, y racistas rabiosos

El Mundo, LAZARO COVADLO, 26-10-2007

Los temas dominantes en los últimos días versaron sobre el caos ferroviario, producto de la chapucera gestión de los (i)rresponsables a cargo del asunto, y la agresión racista a una niña por parte de un miserable y cobarde gilipo – llas que la insultó, la manoseó, y llegó a propinarle una patada en el rostro.


Como la infamia ocurrió en un vagón, de algún modo lo relaciono con el expediente de los ferrocarriles, y aquí hay varios puntos que se entrelazan, pues el racismo, la chapuza y el ferrocarril vuelven a protagonizar la crónica negra en el caso de un lamentable revisor, que obvia pedir los billetes a todos los pasajeros menos a un negro. Sucede que el negro es médico, tiene la ciudadanía francesa y además tiene el pasaje, pero no se le canta mostrárselo al revisapelusas porque ve muy clara la discriminación y la vileza, y además el tren de mierda llevaba veinte minutos de retraso, así que los pasajeros se amotinan. Bien hecho.


Desde que se inventó la locomotora, el ferrocarril sirvió de escenario a toda clase de historias, desde la fuga de Tolstoi a los asesinatos del Oriente Express. Recuerdo una muy patética: hace unos años, en Gavà, un perrillo vio que su dueño subía al tren y se le ocurrió seguirlo, lamentablemente se equivocó de vagón y un monstruo vestido de revisor lo arrojó al exterior con el tren en plena marcha.


Paradójicamente, ningún perro sería capaz de cometer semejante perfidia. De vez en cuando algún perro ataca a una persona, pero es difícil que lo haga tan cobarde y gratuitamente como atacó Sergi Xavier Martín Martínez a la niña ecuatoriana.


No sé si Sergi Xavier Martín tenía puesta la vacuna antirrábica.En cualquier caso, en el vídeo se vio que no llevaba bozal, pero en uno posterior fue posible verlo gesticular y oírlo ladrar con su vocabulario de analfabeto barriobajero para decir que no era racista (¡qué suerte!), y que aquel mal día estaba borracho perdido. Pero es que la borrachera sólo sirve para mostrar la esencia de cada borracho.


A mí me gusta empinar el codo una vez al año y entonces me da por martirizar a mis amigos cantándoles tangos y boleros; otros se emborrachan y se ponen excesivamente locuaces o cariñosos, pero cuando los canallas se emborrachan patean rostros de niñas ecuatorianas.


En cuanto al perrillo arrojado desde el tren: lo hallamos vivo y lo curamos. Era un perrillo sin raza, un perro golfo, igual que lo soy yo, que ya revelé en un artículo anterior que soy extranjero en todas partes: ni argentino, ni español, ni catalán, ni bóxer, ni bulldog, ni caniche.


Me gustan todos los perros, pero más todavía los perros apátridas, que son como ciudadanos del mundo canino. También me gustan los caballos, los gatos, las lagartijas, las viejas locomotoras, los trenes que asaltaban los bandidos en el lejano oeste, y muchas otras bestias, pero no me gustan ciertas bestias que van en tren, sobre todo si son racistas y machistas y no están vacunadas contra la rabia.


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