TRIBUNA

Prejuicios

La Vanguardia, XARO SÁNCHEZ - Doctora en psiquiatría. Hospital de Mataró, 25-10-2007

Alguien insensible al dolor ajeno y de fácil influencia puede actuar violentamente
Para la mayoría de la sociedad forjada para controlar sus impulsos, lo que recogió la cámara de los Ferrocarrils de la Generalitat puede parecer inexplicable. Pero lo cierto es que esos comportamientos no son tan ajenos a la naturaleza humana, por eso obviamente existen. Y pueden explicarse. Hay al menos tres elementos que, presentes en una misma persona, pueden capacitarla para agredir fríamente a otra de procedencia y origen distintos. Uno, tener prejuicios. Dos, padecer una psicopatía (bajo control de la agresión en este caso e insensibilidad emocional hacia el sufrimiento o el posible daño). Tres, dejarse llevar por la influencia eficaz de un grupo social que alaba la queja y el maltrato hacia la diferencia. Desmenuzarlo como lo estamos haciendo, no significa justificarlo y mucho menos perdonarlo. La sociedad debe seguir impidiendo esos casos, y mejor aún, prevenirlos con una educación para el control de las emociones y las motivaciones desde las primeras etapas de vida.

El prejuicio, como los estereotipos, la discriminación, el racismo o el sexismo, son procesos mentales corrientes y universales de los que no está exento prácticamente nadie. El prejuicio es previo al juicio, es decir se evalúa, se deduce una opinión y se actúa hacia un grupo social o hacia uno de sus miembros tan sólo a partir de un breve análisis. Este análisis, sin embargo no se sostiene tras un escrutinio racional y objetivo de la realidad (por ejemplo, si se intenta verificar con métodos fiables).

Aunque a veces sus consecuencias son devastadoras, los prejuicios son comoatajosdel pensamiento que facilitan la adaptación social aun a costa de errar, porque consiguen, en primer lugar, detectar con rapidez lo que no cambia en un ambiente incierto y variable; en segundo término, planear y tomar decisiones a corto plazo; en tercer lugar, clasificar, y, finalmente, mantener la curiosidad y la exploración. Una vez establecidos, los prejuicios son muy resistentes al cambio.

Si a un prejuicio potencialmente dañino y tan sumamente inmutable, añadimos unos rasgos de temperamento psicopático y una educación por parte del grupo, que ha cohesionado, ha favorecido y ha justificado el maltrato discriminatorio, aparece la persona capaz de envalentonarse y agredir a aquellos que caracterizan sus ideas cargadas de prejuicios.

La complicidad entre la potente maquinaria de control social y las redes cerebrales que la evolución ha ido seleccionando para inhibir las emociones y los comportamientos dañinos no siempre se desarrolla óptimamente. Sólo el conocimiento más riguroso acertará en establecer las tácticas educativas, políticas y sociales que limiten sus extensiones indeseables.

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