Mesa de redacción
Agresiones
Deia, , 25-10-2007LAS imágenes de la agresión por parte de un joven a una menor ecuatoriana en un tren de Barcelona muestran a un tercer protagonista, en el que podría quedar personificada la mayoría de la sociedad. Esa persona contempla la escena de la agresión pero no mueve un dedo para impedirla. En una primera impresión sobre su comportamiento, se diría, se ha dicho, que resulta vergonzoso que no haga nada. Pero, una segunda reflexión más reposada, y sincera, lleva a preguntarse: hacer, ¿qué? ¿Intentar dialogar con el energúmeno para que deponga su actitud? ¿Sujetarlo si las palabras no son suficientes para que se detenga? ¿Agredirlo en defensa propia si desvía su ira hacia uno? Ayer se conocía la noticia de la muerte de un joven universitario de Valencia, tras intentar mediar en una pelea de pareja. El joven, de 23 años de edad y estudiante de quinto curso de Derecho, vio cómo un hombre insultaba a una joven y se acercó para intentar defender a ésta. El enfurecido individuo propinó un puñetazo al universitario, éste cayó hacia atrás y se golpeó en la cabeza. Siete días después, el agredido fallecía. El equipo rectoral de la Universidad de Valencia ha considerado “digna de todo elogio” y “valiente” la actitud de fallecido. Si éste pudiera volver atrás en el tiempo, es seguro que no repetiría esa acción, visto el riesgo que conllevaba. Otro tanto podría haberle pasado al testigo mudo y estático del tren, que no quedará como un valiente como el universitario valenciano, pero que al menos puede seguir con una vida igual de cobarde que la de una aplastante mayoría de sus conciudadanos. Muchos de estos, héroes de boquilla, suelen callar ante injusticias más cercanas y cuya denuncia conllevaría menos riesgos para su persona.
jcibarra@deia.com
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