migrantes, POR MIGUEL NIETO
Diario Sur, , 22-10-2007CARAS rasuradas a verduguillo bajo boinas, mujeres enlutadas con pañoleta y mandil, niños de ojos como brótolas, churreteados, mordisqueando un mendrugo de pan con aceite, unos hatos y, si acaso, la maleta de cartón trabada con una guita. Estampa recurrente en cualquier andén de estaciones de antaño donde se respiraba carbonilla aunque los trenes fueran eléctricos. No hace tanto pero lo olvidamos. Éramos nosotros, emigrantes escopetados de pueblos yermos, de la miseria, desesperados en busca no ya de un futuro mejor sino simplemente de una miaja de futuro. Rumbo incierto a países europeos fríos, foscos, extraños sí, pero ricos. Iban a deslomarse donde fuera y en lo que fuera con tal de salir adelante. Emigrantes, una angustia no tan lejana. Ahora nos llegan aquí otras oleadas de pobreza que toleramos con desdén. Éstos no son lo mismo, claro. Son inmigrantes, gentes con otras costumbres, otras pieles, otras creencias pero con similar anhelo: sobrevivir. Ya quisieran haber tenido la suerte de cruzar la raya en un tren y con los avíos de la taleguilla. No sólo nos llegan – y se mueren – desde el largo Estrecho sino que parten de las costas libias, mauritanas, guineanas… Cementerio marino en ampliación. Otros desde Hispanoamérica o por la franca frontera francesa. Son, dicen, multitud. Nada menos ya que el diez por ciento de este país. Trabajan duro donde pueden y les dejamos, y aún así les miramos a menudo torvo, con recelo. Debería darnos vergüenza pero disimulamos bien. Es el futuro: el mundo será mestizo o no será. Somos avanzadilla ¿A poder ser honrosa?
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