Inteligencia, polémica en blanco y negro

ABC, S. BASCO MADRID., 21-10-2007

En términos científicos no existen lo políticamente correcto ni lo políticamente incorrecto. Por ello resulta inadecuado calificar así las declaraciones del premio Nobel de Medicina (1962) James Watson sobre la inferioridad intelectual de los negros. Se trata, en puridad, de una afirmación «científicamente estúpida».

El co – descubridor de la estructura del ADN afirmó a «The Sunday Times» que la idea de que «la inteligencia de los africanos es como la muestra la contradicen las pruebas científicas». El revuelo suscitado por sus declaraciones, aunque posteriormente las matizara y pidiera disculpas, ha provocado la cancelación de su gira por el Reino Unido después de que las instituciones científicas le cerrasen sus puertas, y su precipitada vuelta a Estados Unidos, tras ser destituido como director por el Laboratorio Cold Spring Harbor, de Nueva York.

El precedente de Shockley

Ni esta idea racista es nueva, ni son nuevas las consecuencias que acarrea su divulgación para algún que otro científico descarriado. Véase si no el caso del Nobel de Física (1956) William Shockley, que fue apartado de su cátedra en la Universidad de Stanford por «difundir tesis racistas». Había propugnado la esterilización de las clases bajas y la creación de un banco de semen para genios. Puede que Watson sea una lumbrera en ADN, y que Shockley lo fuera en semiconductores, pero jamás debieron abrir la boca para pronunciarse sobre cuestiones de antropología evolutiva.

El concepto antropológico de raza es relativamente moderno (siglo (XVIII), y los estudios sobre sus diferencias arrancan en Europa; necesariamente desde el punto de vista de científicos blancos, aunque no siempre animados por el espíritu del «superhombre» de Nietzsche. Un buen ejemplo de ello es el médico y antropólogo francés Paul Broca, que a mediados del XIX realizó un estudio sobre la capacidad encefálica de las distintas razas mediante técnicas de craneometría. Simplemente, los blancos tenían más masa encefálica. Naciendo en Europa, la discusión sobre la capacidad intelectual de las razas pronto saltó a los jóvenes Estados Unidos, donde encontró el terreno abonado para su florecimiento.

Tanto que el propio Abraham Lincoln, el gran libertador de los esclavos, dejó dicho en 1858 que «hay una diferencia física entre blancos y negros que creo que impedirá a las dos razas convivir en términos de igualdad social y política». Olvidándose de los negros, William Z. Ripley publicó en 1899 su obra «Las razas de Europa», en la que trazaba un mapa del continente según el índice cefálico de sus habitantes. España salía muy malparada.

Tras la huella de un puñado de científicos estadounidenses, ya en 1969, Arthur Jensen publica su «¿Podemos aumentar el coeficiente intelectual y el rendimiento académico?», en el que llega a la conclusión de que la población negra presenta un coeficiente intelectual (CI) 15 puntos por debajo de la media de los blancos. Ni qué decir tiene que los detractores de esta tendencia han sido siempre en EE.UU. infinitamente más numerosos que los adeptos, pero menos ruidosos.

Murray y Herrnstein

Cronológicamente, el último gran hito de esta corriente «científica» lo marcan en 1994, hace apenas trece años, Charles Murray y Richard Herrnstein con su libro «The Bell Curve». En plena «contrarrevolución» de Ronald Reagan, ambos autores llegan a una conclusión similar, los negros presentan un CI entre 20 y 15 puntos inferior a la media (100 puntos), entre otras lindezas racistas. El estudio presenta un análisis estadístico de la sociedad estadounidense desde el punto de vista de su capacidad intelectual. El resultado es una campana de Gauss o curva de campana, de ahí el título del libro, conforme a la distribución normal de la población. Los negros aparecen en el pelotón de los torpes. La tesis recibió tantos palos en su día como hoy los propósitos de Watson. Ahora es apenas una trasnochada polémica «en blanco y negro».

En manos de un desaprensivo, la estadística, como la propia Ciencia, no son sino herramientas a las que uno puede hacer hablar con las palabras que quiera. La «estupidez científica» de esta tendencia del pensamiento norteamericano, simbolizada por «The Bell Curve», ha sido puesta de manifiesto desde dos ángulos distintos.

El alemán Georg Rieck, en su «Genética de la inteligencia» (1980), resalta que «la controversia alrededor del CI ya ha durado más que cualquier otra discusión en la historia de la psicología, y los aspectos de la disputa son siempre de índole ideológica». Para Rieck, la valoración del coeficiente intelectual, a secas, no es indicativa de la inteligencia, ya que ésta responde a un complejo conjunto de variables: «No es cierto que la inteligencia sea producto sólo del medioambiente, ni tampoco que sea exclusivamente producto de una combinación material de genes».

El italiano Luigi Luca Cavalli Sforza, uno de los padres del modelo de la gran diáspora humana, en la que hace casi 100.000 años unos pocos millares de Homo sapiens parten de África para poblar el mundo, sostiene que, fundamentalmente, la evolución humana y por consiguiente la herencia genética vienen determinadas por la respuesta del hombre a las exigencias que le rodean; son cuestión adaptativa y no cuestión de raza.

Éstas dos son las corrientes más seguidas hoy en día… Y la única conclusión incontestable es que todos descendemos del mismo mono.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)