Pollo amargo

El Periodico, A. F., 02-10-2007

Bo tiene 21 años, la cara aniñada y las manos grandes y callosas. Vende pollo frito con un carrito en las calles de Bangkok junto a sus dos hermanos: uno compra, el otro fríe y el último vende, en jornadas de 12 horas. Bo huyó de Birmania cuando tenía 15 años.
La historia es habitual y sintetiza el fracaso de una Junta militar que cambia sus ricos recursos naturales a China e India por armas, haciendo de su pueblo uno de los más pobres del mundo. El presupuesto en sanidad y educación no alcanza el 4% del PIB, y Defensa acapara el 60 %.
Eso estimula el éxodo: Tailandia tiene registrados 400.000 birmanos, pero se estima que hay dos millones más sin papeles, ejerciendo los empleos más duros y peor pagados. El fortalecimiento birmano de sus habitualmente porosas fronteras ha impedido que el número creciera durante la crisis.
Bo dejó su casa cuando la tienda de comestibles de sus padres en Molemin – – estado fronterizo de Mon – – dejó de rendir los 100.000 kyiat – – unos 80 euros – – necesarios para alimentar a los 12 hijos. Se subió a un camión junto a un centenar de paisanos y tras cinco días de viaje pisó Tailandia. Había pagado a las mafias unos 220 euros. El 90 % de los birmanos vive con menos de dos euros al día, así que endeudó a la familia.

Corrupción estructural
Los camiones son la vía más común de entrada. Si la policía los detiene, pocas veces son devueltos y purgan penas de cárcel; en la mayoría de casos el camión arranca tras un acuerdo económico. La corrupción es estructural. Los padres de Bo son visitados periódicamente por funcionarios del padrón que son untados para no desvelar unas huidas que acarrean graves condenas.
A Bo y sus hermanos no les va mal. Ganan por cabeza el equivalente a 200 euros del mes y envían la mitad a sus padres. Y son empresarios, quizá a ínfima escala, pero suficiente para sortear los abusos a los trabajadores por cuenta ajena sin papeles. Los empleadores nunca preguntan si son mayores de edad, pagan por debajo del salario mínimo o simplemente no pagan, conscientes de que no recurrirán a la vía legal. Los birmanos suelen ser mirados con desprecio. La sintomatología sociolaboral es idéntica a la de los emigrantes del campo chino que van a las ciudades.
Aquí se agrava por el resquemor causado por una historia de guerras entre unos y otros. Sus sutiles diferencias morfológicas son indetectables para un occidental, pero evidentes para ellos.
Myint Wai preside en Bangkok una oenegé para emigrantes birmanos. “No les recomiendo que vengan por dura que sea la vida allí. Aquí lo desconocen todo, incluido el idioma. Carecen de servicios sociales y son presa fácil. Eso si no mueren durante el viaje”. Y agrega: “Vienen empujados tanto por las penurias económicas como por la represión”.
Aunque los birmanos son nacionalistas, Bo y sus amigos llevan la ubicua pulsera amarilla que desea larga vida al rey tailandés. “Es que él es bueno, no como nuestro Gobierno”, explica.

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