El ser o la nada

El Periodico, JOAN BARRIL, 28-09-2007

El nombre hace la cosa. Así lo deben creer los funcionarios de fronteras de los Estados Unidos. Alguien les ha dicho que un nombre es un nombre en un ordenador. Y me gustaría conseguir un pasaporte falso donde junto a mi fotografía miope y gordinflona, en vez de aparecer el nombre que me ha acompañado desde que nací y el apellido de mis padres, alguien hubiera impreso algo así como John Wayne. Y de esa manera tan simple los funcionarios de fronteras me pedirían autógrafos y se alegrarían de la resurrección de su ídolo de la infancia.
Pero John Wayne no es un buen nombre para ir por el mundo. Tampoco lo es Antonio Canales, que se pasó unas cuantas horas esposado en el aeropuerto. Y ahora Ramón Calderón, presidente del Real Madrid, confundido con un narcotraficante, que también tuvo que apelar a las instancias diplomáticas para poder continuar su viaje americano. También el príncipe heredero de España, Felipe, pasó sus más y sus menos en las dependencias policiales del aeropuerto de Miami. Ser el futuro rey de España, el artista universal del flamenco o el jerarca del Real Madrid no sirve para nada en esa zona gris que son las fronteras. La identidad no la dice quien la lleva, sino lo que dice la máquina. Mirar a los ojos no sirve para nada en los estados policiales. Y Estados Unidos, en los últimos años, es un estado policial, tanto para el exterior como para el interior.
No hay tortura peor que el poder robando la identidad. Lo primero que hacen los totalitarismos es reducir al sospechoso a la condición de número. Todos los enemigos son iguales, pero junto a la libertad les arrebatan también su historia y su memoria. Me imagino al presidente del Madrid en su encierro kafkiano viendo cómo unos policías iletrados ignoraban las nueve copas de Europa y se mofaban de esa identidad que tanto le había costado obtener. Si la vida es al fin y al cabo la memoria, los funcionarios americanos habían decidido que la única memoria válida es la que se encuentra en su ordenador. Este es el horror moderno. La verdad no depende de la biografía sino de una automática lectura telemática a cargo del último mono que guarda las fronteras de peligrosos bailaores o de taimados presidentes del fútbol europeo. Ahora entendemos el pánico que les debió sobrevenir a los padres de la niña Bouchra Benissa cuando intuyeron que el hombre occidental la había confundido con Madeleine. Sabían que la verdad no está en la vida sino en cierta manera de entender la policía.
Lo grave de esa usurpación unilateral de los poderes públicos es el desprecio a lo que constituye el nucleo duro de la vida de la gente. Sabemos dónde crecimos, recordamos a nuestra familia, nos conformamos con aquello que hemos llegado a ser. En nuestra memoria se encuentran paisajes, muebles, compañeros de trabajo, suspensos y aprobados, libros leídos y olvidados. Y de pronto unos señores con malos modos nos lo niegan y afirman que somos distintos a aquello que siempre creímos ser. Se decía que la policía no era tonta. Tal vez. Pero lo que es seguro es que no es infalible. Y de sus errores viene la muerte moral de los condenados a ser otros.

Vivaldi

Llegó un cierto aire frío. Salieron los primeros jerséis del armario. En los bolsillos el aroma cruel de una primavera imposible. Un violín nos hiere a distancia.

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