TIEMPO RECOBRADO

TIEMPO RECOBRADO: Lo que aprendí en Vernet

El Mundo, PEDRO G. CUARTANGO, 23-08-2007

He visto estos días las fotos en los periódicos de los vendimiadores andaluces que siguen acudiendo a Francia para ganarse un sustento que les permite sobrevivir el resto del año. Son un anacronismo, una imagen del pasado en un antiguo país de emigrantes que ha recibido cuatro millones de inmigrantes en una década. Cuando les veo a ellos, me veo a mí en agosto de 1976, cuando bajé del tren en la estación de Perpiñán para buscar trabajo en la vendimia. La memoria es frágil pero todavía recuerdo el corto trayecto en autobús hasta Vernet, donde me esperaba monsieur Matheu, un coronel gaullista retirado que tendría por entonces unos 65 años.


Matheu era un terrateniente. Indicó que me llevaran a un granero en el campo, donde vivían otros seis españoles que trabajaban para él en la vendimia y en la recolección de manzanas. La construcción era de piedra y tenía más de un centenar de metros cuadrados en la planta baja. Había un camping gas para hacer la comida y se dormía en el suelo, sobre un montón de paja. Los platos se lavaban en un arroyo cercano, de agua helada.


Nos levantábamos a las siete de la mañana e íbamos andando a la casa del patrón. El salía a las ocho en punto tras haber tomado un café y nos llevaba en una furgoneta Citroën a los campos de recogida. La jornada acababa a las cinco de la tarde y si llovía, no se trabajaba y, por tanto, no se cobraba.


El total de los vendimiadores oscilaba entre 15 y 20 personas, entre ellas un anarquista catalán llamado Pedrero. Había estado internado en el campo de concentración de Vernet y, al acabar la guerra se quedó en el pueblo. Por razones inexplicables monsieur Matheu se dirigió misteriosamente hacia mí una mañana cuando tenía doblada la espalda sobre una vid y me pidió un extraño favor. Me dijo que llevara a bañar a todos sus obreros al balneario del pueblo y que pagaría las horas como trabajadas. Le argumenté con sentido común que no podía garantizar el cumplimiento del trato.


Al día siguiente Matheu me invitó a tomar café en su casa a las ocho menos cinco de la mañana y me nombró su capataz, lo cual fue acogido con alivio por Pedrero y con incomprensión por los cuatro o cinco peones franceses que ocasionalmente trabajaban para este ex militar que guardaba en el piso superior del granero su uniforme y sus condecoraciones en el ejército francés.


Vernet aparecía entonces en los billetes azules de 500 pesetas porque ofrecía la mejor vista del Canigó. Nunca he retornado a Vernet, nunca he tenido contactos con Matheu, nunca he vuelto a vendimiar. El único hijo de Matheu se mató en un accidente en septiembre de 1976. Me propuso ser su socio, pero le expliqué que aquella vida no era para mí.


Cuando veo a los inmigrantes en las calles de Madrid, siento aquella sensación de rabia y rechazo que me produjo la llegada a la estación de Perpiñán al ver cómo trataban a los vendimiadores. Ningún hombre es más que otro. Eso lo aprendí allí. Todavía me duelen los riñones.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)