Hay mucho racismo entre indígenas, reconocen
El Universal, , 30-07-2007En el afán de vivir en la panza de la metrópoli, un indígena se percata de que la urbe cruel, opulenta, indiferente, no lo ve. Y para dejar de ser invisible, el viejo conjuro no falla; hay que gritarlo con desprecio a otro como él: ¡Pinche indio!.
Así de fácil, vergonzoso, pero efectivo.
Y para marcar la diferencia, son buenos unos tenis, un pantalón de mezclilla, una playera y, por supuesto, dejar de hablar la lengua materna.
Prefieren hablar en español champurrado, mal hablado, reconoce el huasteco Victoriano Hernández Martínez.
La primera pena de un indígena es integrarse con los suyos en las redes comunitarias.
¡A hablar así a su pueblo! ¡regrésese a su rancho!, se maltrata al recién llegado que no sabe vivir en la ciudad.
Dos indígenas dialogan: el huasteco Victoriano y el zapoteco Benjamín Mendoza.
Entre nuestra propia gente hay un racismo tremendo.
Qué dolor ver a un indígena con su teléfono celular, mirar con desprecio a otro y decirle con odio, ¡pinche indio!
Son los diálogos en el infierno urbano, de la discriminación que alguien puso en el ADN de los bebés, en la frente de los niños, en las manos de las niñas que cumplen sus 15 como sirvientas; en viejos sin medicinas; en madres con sentimiento de culpa por dar a mamar la lengua que los delata.
Ambos comparten un proyecto de unidad en la Asamblea de Migrantes Indígenas de la Ciudad de México, el rescate de sus tradiciones en la urbe.
En el afán de vivir en la panza de la metrópoli, un indígena se percata de que la urbe cruel, opulenta, indiferente, no lo ve. Y para dejar de ser invisible, el viejo conjuro no falla; hay que gritarlo con desprecio a otro como él: ¡Pinche indio!.
Así de fácil, vergonzoso, pero efectivo.
Y para marcar la diferencia, son buenos unos tenis, un pantalón de mezclilla, una playera y, por supuesto, dejar de hablar la lengua materna.
Prefieren hablar en español champurrado, mal hablado, reconoce el huasteco Victoriano Hernández Martínez.
La primera pena de un indígena es integrarse con los suyos en las redes comunitarias.
¡A hablar así a su pueblo! ¡regrésese a su rancho!, se maltrata al recién llegado que no sabe vivir en la ciudad.
Dos indígenas dialogan: el huasteco Victoriano y el zapoteco Benjamín Mendoza.
Entre nuestra propia gente hay un racismo tremendo.
Qué dolor ver a un indígena con su teléfono celular, mirar con desprecio a otro y decirle con odio, ¡pinche indio!
Son los diálogos en el infierno urbano, de la discriminación que alguien puso en el ADN de los bebés, en la frente de los niños, en las manos de las niñas que cumplen sus 15 como sirvientas; en viejos sin medicinas; en madres con sentimiento de culpa por dar a mamar la lengua que los delata.
Ambos comparten un proyecto de unidad en la Asamblea de Migrantes Indígenas de la Ciudad de México, el rescate de sus tradiciones en la urbe.
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