Ayuntamiento

El alcohol y la droga no tienen papeles

El Mundo, CARMEN SERNA, 03-07-2007

El programa municipal para drogodependientes inmigrantes atendió en 2006 a 734 personas. El 51% procedía de países del Este y era adicto a una mezcla de heroína y cocaína. La mayoría llegó ‘enganchado’ de su país La droga entre la población inmigrante no tiene ni el estatus ni las condiciones sociales que los consumos que se realizan entre los drogodependientes españoles. La marginalidad, la falta de una red familiar, el desconocimiento del sistema, su desconfianza, los problemas con la regularización… pesan como losas a la hora de intentar desengancharlos de unas adicciones que no entienden de papeles.


Los seis responsables del programa especial del Ayuntamiento de Madrid para drogodependientes inmigrantes, que se denomina Istmo, lo saben muy bien. En 2006 contactaron con 734 adictos, de los que casi 300 fueron asistidos por primera vez en esta red. «La mayor parte de las personas que atendemos están en la calle. De hecho, en 2006, el 50% de los usuarios era población indigente y en situación irregular y el otro 50% procedía de los centros de emergencia», explica la coordinadora de Istmo, Luisa Alvarez.


El perfil del usuario en este servicio es un varón, de unos 30 a 40 años, procedente de uno de los países del Este (en un 51% de los contactados) y con un problema de consumo de alcohol y de mezcla (heroína y cocaína). De hecho, los expertos en materias de drogas advierten del repunte que puede experimentar el caballo en este grupo de población: «Casi todos los que consumen heroína vienen ya enganchados desde sus países de origen. Además, lo hacen inyectándose, aunque muchos se han pasado a la mezcla», aclaran.


Además, suelen ser hombres que están solos, que no tienen una red familiar en España y que a su adicción a la heroína se une un abuso del alcohol. «En este caso, el problema es, como ocurrió en España durante mucho tiempo y en algunas situaciones concretas sigue pasando, que reconocen que tienen un problema con el alcohol pero no se consideran drogodependientes», añade Alvarez.


El segundo grupo inmigrante con adicciones diferentes es el de origen árabe (un 21,5% del total). En este caso, la droga que causa más problemas son los opiáceos. Muchos de ellos llegan a España conscientes de que existen programas de rehabilitación pero resulta muy complicado conseguir que permanezcan en la red municipal.


«La primera dificultad para su rehabilitación es el idioma. Poder acceder a muchos recursos si no se conoce la lengua es complicado. Además, entran en juego factores culturales como nos ocurrió en un caso concreto con un joven magrebí que estaba en el programa y que nos contaba que salía de su casa a las 6.30 horas. No entendíamos por qué estaba todo el día fuera de casa… Pensábamos que lo hacía para seguir consumiendo hasta que nos dimos cuenta de que vivía con su tío y cuando éste salía de casa, él también tenía que irse porque se quedaba sola en casa la mujer de su familiar. Y él no podía estar», aclara la coordinadora de Istmo.


A la situación cultural específica de cada usuario, hay que añadir otras circunstancias comunes a todos los inmigrantes como la falta de una red asistencial, la soledad, la situación irregular en la que suelen vivir… Más complicaciones para la rehabilitación y la reinserción laboral.


Los inmigrantes suramericanos también están presentes en el programa pero con un porcentaje muy bajo: un 13,72% del total. La droga que hace estragos en este grupo es el alcohol. «En sus países de origen suelen beber mucho pero en pocas ocasiones, mientras que aquí tomamos poco alcohol pero con mucha frecuencia. Lo que han hecho es asumir la frecuencia de consumo español pero con las cantidades de sus países de origen», advierte el responsable del Instituto de Adicciones municipal, Francisco de Asís Babín.


A su favor tienen que cuentan con una red familiar que les ayuda a desengancharse, siempre que reconozcan que tienen una adicción. Hacerlo es muy complicado en el caso del abuso de la bebida. «En estos casos, ya vienen iniciados en el consumo desde su lugar de origen y aquí suelen controlarlo, si les va bien en su integración, o hacerlo crónico si tienen problemas».


Al contrario que los drogodependientes españoles, los adictos inmigrantes no suelen tener antecedentes penales graves. Luisa Alvarez insiste en que muchos viven en la calle por lo que se les relaciona más con actividades de mendicidad que con el trapicheo.


La única excepción, según los responsables municipales, son los subsaharianos, casi una anécdota entre los drogadictos extranjeros (un 8% de los atendidos), y que sí suelen entrar en el mundo de las drogas por hacer trabajitos de menudeo a mafias o por subsistencia.


«Lo normal con esta población es que se enganchen en España, aunque son el grupo de inmigrantes más ajeno a estos problemas», aclaran en Istmo.


Las cifras de mujeres entre las afectados es más bajo todavía. Hay muy pocas (sólo un 6% de los usuarios del Istmo) y vinculadas a situaciones de marginalidad como la prostitución. «Nuestra experiencia nos dice que hay más consumo en los clubes de alterne que con las chicas que están en la calle, pero ahí son inaccesibles para nosotros. Suponemos que el problema está oculto porque existir, tiene que existir», advierte Alvarez.


Los principales esfuerzos de estos trabajadores es que los drogodependientes inmigrantes entren en una comunidad terapéutica, puesto que en estos casos el porcentaje de éxito es mayor. De hecho, en 2006, sólo un 12,5% del total de atendidos se incorporó a la red municipal de atención y el 19% de sus usuarios extranjeros se quedó en el programa, eso sí tutelados por los trabajadores sociales.

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