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«¡Fabián, me lo trajiste muerto!»

El Mundo, SALUD HERNANDEZ-MORA. Especial para EL MUNDO, 28-06-2007

Familiares reciben el cuerpo sin vida del joven al que su madre quiso librar de una muerte casi segura en la guerra olvidada que se libra en su país de origen Recibió el ascenso póstumo que otorgan a los soldados caídos de su patria natal, los mismos honores militares en el aeropuerto, idéntica despedida religiosa en la Base de la IX Brigada del Ejército de Neiva (Colombia), un lugar cuyo umbral jamás hubiera traspasado en vida. Su madre lo tuvo siempre muy claro. Jefferson Vargas Moya no moriría en cualquier campo de batalla de la guerra olvidada de Colombia. Pagaría lo que fuera necesario para que su mano derecha, su «hijo consentido», esquivara la mili obligatoria. Pero no pudo convencerle de que no vistiera el uniforme español.


«Decía que no era peligroso. Me tranquilizaba todo el tiempo con que era una misión de paz, que era un Ejército que no estaba en guerra», recuerda Sofía Moya con los ojos enrojecidos y una voz triste. «La gente se preguntará por qué se fue a servir al Ejército de otro país y no al de acá, pero así son las cosas».


La mujer mantuvo la calma los días previos al entierro, repasó decenas de veces la corta existencia del chico, sin derramar una sola lágrima, incapaz de asimilar la tragedia. Pero iba perdiendo la serenidad a medida que se acercaba la hora del regreso del hijo muerto y se derrumbó en cuanto vio descender el féretro del avión militar que lo transportó desde Bogotá.


«¡Fabián, me lo trajiste muerto!», le increpó al hermanastro de Jefferson, residente en Valencia desde hace varios años y el responsable de que emigrara. El joven soldador guardó silencio tragándose el llanto. Volvía a Neiva junto a otros ocho familiares que viven en España y cuatro legionarios, acompañando los restos. Viajaron en un avión español hasta Bogotá, donde les recibió el ministro de Exteriores, Fernando Araújo. Pasaron allí la noche y, temprano, abordaron un aparato de la Fuerza Aérea colombiana.


Como los militares españoles debían regresar a la Península ayer mismo, la familia no pudo velar el cadáver unas horas, como querían y manda la tradición. Todo fue demasiado rápido: honores militares en el aeropuerto, salida veloz hacia la Brigada, condecoración, misa, desplazamiento a toda marcha en caravana hacia un bello cementerio de las afueras de la ciudad, desde el que se divisan las imponentes montañas de la Cordillera Central, y entierro. Sólo recuperaron la lentitud de estas tierras tórridas en la reunión posterior de las decenas de familiares que se celebró en la modesta casa que comparten Sofía y su hija Brigith.


La noche anterior, El MUNDO conversó con ellas, rememorando una vida plagada de penurias y de solidaridades. «Jefferson salió al papá, era muy carretudo [tenía labia] para las ventas. Cuando murió el papá de infarto a los 39 años, nos vinimos para Neiva de Bogotá. Él decía: ‘Usted no se preocupe, yo las saco adelante’. Entonces su hermanastro Fabián nos mandó una plata de España para comprar un carrito. Con eso vendíamos pescado por las calles, pero el carrito se dañó».


Nada desanimaba a Jefferson. Consiguió otro dinero y compró una bicicleta. «Iba por toda la ciudad con la cicla, vendiendo cocadas, pero se quedó muy delgado, con los calores de Neiva».


Un día le robaron la bici y la familia paterna se asustó. «Pensaron que le podían hacer algo otra vez y decidieron que le iban a ayudar para que se fuera a España». A Sofía, la idea de alejarse de su hijo no le agradaba, pero pensó que sería lo mejor para su futuro porque en Colombia «no hay trabajo. Con lo que se puede rebuscar uno como independiente sólo alcanza para sobrevivir».


Con los primeros ahorros, Jefferson le compró una bicicleta a su hermana. Cuando sacó más dinero pintando una casa, le regaló un ordenador. «Ella es muy inteligente para el estudio y él quería que fuera profesional. Le pagó un curso de sistemas, además del bachiller. Le solía preguntar, ‘¿cómo le ha ido? ¿bien? Así me gusta. Después que termine ese curso, le pago otro de inglés’».


Brigith y su madre piensan que deben cumplirle sus sueños, que la chica será médico y Sofía pondrá una tienda donde pueda trabajar sin grandes esfuerzos. En diciembre le operaron del corazón y es diabética. «Con mis cuatro hermanos cultivamos una tierrita que tiene mi mamá. No da para mucho, pero todos somos muy unidos y nos ayudamos».


Le molesta que le recuerden que recibirá una indemnización que le permitirá comprar casa. «Jefferson solía decirme, tranquila mamá que no a quedar desprotegida. Pero yo le contestaba, mijo, yo prefiero ser pobre y tenerlo a usted vivo».

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