Xenofobia, ilusión y duda en la «resaca» de las protestas masivas del Estado francés

Las protestas en el Estado francés dejaron más de 1.800 detenidos, más de 500 agentes heridos y daños en 1.500 establecimientos. Una joven perdió un ojo en Mulhouse y otro joven sufrió la amputación de una mano, mientras líderes discrepaban sobre la violencia y las reivindicaciones.

Gara, NAIZ, 19-10-2026

La jornada de protestas masivas en las calles francesas del pasado sábado sacó ayer a la luz los principales posicionamientos frente a los episodios vividos en las calles y a las reivindicaciones que las movilizaciones tratan de poner sobre la mesa. Las manifestaciones del sábado dejaron más de 1.800 detenidos, más de 500 agentes heridos y daños materiales en más de 1.500 establecimientos a lo largo y ancho del país.

Uno de los episodios más graves lo protagonizó una joven de 17 años que perdió el ojo durante las manifestaciones en Mulhouse, en el este del país. La fiscalía ha encargado a la Inspección General de la Policía Nacional (IGPN) una investigación para esclarecer lo ocurrido. Asuntos Internos de la Policía y la Gendarmería investigan también la amputación de la mano de otro joven de 17 años, presuntamente causada por la explosión de una granada.

Fueron entre 550.000 y 800.000 las personas que salieron a las calles para protestar por el alto coste de la vida, la precariedad en la educación y la frustración generalizada ante un sistema que, aseguran, no provee lo que la sociedad necesita. Aun así, ayer el foco mediático se dirigía hacia otro lugar. Sentada detrás de su escritorio, frente a una bandera francesa y vestida con su toga de abogada, la líder ultraderechista Marine Le Pen lamentó «una profunda crisis de confianza y de autoridad que supone una amenaza para la democracia» y pidió a «todos los franceses que mantengan la calma, la dignidad y la moderación republicana».

En la misma línea, y con su ya habitual costumbre de opinar sobre la situación de los países europeos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fue aún más tajante y atribuyó a la migración la responsabilidad de los disturbios: «¡Francia está en llamas!», alertaba antes de señalar que «la inmigración de personas procedentes de un mundo totalmente diferente, personas con odio en el corazón, ha destrozado ese país que en su día fue grande».

Fue a las 20.00 cuando el presidente de la República, Emmanuel Macron, compareció ante los medios y emplazó a los prefectos a prohibir «ciertas reuniones» cuando ello sea necesario. Macron pidió a los dirigentes regionales que respondiesen «por todos los medios». Al calificar como legítimas las reivindicaciones, el presidente reiteró que «la violencia y la protesta no se pueden mezclar» y que los responsables «responderán por lo que han hecho».

La otra cara de la moneda

Reiterando su compromiso con la paz y llamando a los manifestantes a no hacer uso de la violencia durante las protestas, el líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, se mostró particularmente conmovido por el daño infligido a los establecimientos públicos. «Ir a prender fuego al ayuntamiento de Limoges es un crimen. Es nuestro símbolo colectivo, es el hogar de la gente. Ella es para todos. Lo mismo para el ayuntamiento de Marsella que dejamos abandonado», lamentó.

Aun así, el político progresista quiso redirigir una vez más la atención a los problemas por los que la gente salió a la calle hace un mes: «Lo fundamental de este asunto son las reivindicaciones, la propia vida; la gente ya no puede más», advierte el excargo electo. «Y luego está la situación de los institutos: su vida escolar es un auténtico infierno. Y luego está la situación de los alumnos. (…) No debemos perder eso de vista».

Acusado por el Gobierno de manipular la ira de los jóvenes y de agravar la situación, Mélenchon aseguró que «el movimiento ha sido independiente desde el principio. (…) ¿Por qué acuden a mí? Porque se están preparando para las elecciones presidenciales; eso es lo único que les interesa. Esta no es la realidad cotidiana de la gente». A pesar de todo, el dirigente se mostró orgulloso de la movilización social de la ciudadanía.

Más allá de la magnitud de las movilizaciones del sábado, los manifestantes no se quedaron ayer en casa. La capital del país vio otra vez cómo sus principales plazas volvían a ser cobijo para los manifestantes. Los disturbios, eso sí, fueron mucho más reducidos en comparación con la jornada anterior.

Desde Albania hasta Italia, un hilo une las reivindicaciones europeas

No es el Estado francés el único que ve sus calles repletas de ciudadanos pidiendo unas mejores condiciones de vida. Seis días cumplieron ayer las protestas que están poniendo contra las cuerdas al primer ministro albanés, Edi Rama, quien se ha negado a dimitir, y que buscan una mejor educación, más puestos de trabajo y el fin de la corrupción del Gobierno. Al igual que en el caso francés, los manifestantes de Tirana atacaban principalmente instituciones gubernamentales y a la policía, incluidos el edificio del Ministerio de Educación y los alrededores de la oficina de Rama. Tres personas fueron hospitalizadas ayer, entre ellas un periodista y un menor de 15 años.

El descontento en el país balcánico no ha surgido de la nada. Fue en mayo cuando las protestas que más tarde se denominarían la «Revolución del Flamenco» llenaron las calles de Tirana y de las principales ciudades del país. Los manifestantes se rebelaron contra el polémico proyecto de un complejo turístico de lujo en la isla albanesa de Sazan, vinculado a Jared Kushner, yerno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Más de lo mismo vivieron este fin de semana las calles de Milán, Turín y Bolonia. Las proclamas coinciden con las de Albania y del Estado francés. La carestía de la vida y los bajos salarios son, entre otras cosas, las principales quejas de la sociedad italiana. Enfrentamientos entre policía y manifestantes hicieron de la Piazza del Duomo de Milán un campo de batalla que no hacía sino recordar a lo visto en las calles francesas durante el último mes.

En el caso italiano, las manifestaciones fueron también acompañadas del anuncio de convocatoria a la huelga general para el día 20 de noviembre. Al igual que hicieron en el Estado francés Emmanuel Macron y Sébastien Lecornu, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, a través de un mensaje en sus redes sociales, indicó que los «vándalos que aprovechan las manifestaciones para sembrar el caos, agredir a quienes garantizan la seguridad y tomar como rehenes ciudades enteras», y añadió: «Manifestarse es un derecho. Incendiar nuestras ciudades no lo es».

Las protestas a lo largo y ancho del Viejo Continente no son solo un reflejo de las reclamaciones de las generaciones más jóvenes, sino la canalización también de diversas reivindicaciones que comparten un denominador común: el sistema económico no está consiguiendo saciar las necesidades y reclamos de la mayor parte de la sociedad y esta, ante unas instituciones que no consiguen proveer el hasta ahora incuestionable Estado de Bienestar, sale a la calle en busca de nuevas vías por las que recuperarlo.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)