Todos somos migrantes, y el cambio climático lo acelerará

En 2023 América registró 2,1 millones de nuevos desplazamientos internos por desastres naturales. Los modelos climáticos muestran que algunas regiones secas se volverán aún más áridas

El País, Ana Guzman, 21-05-2026

Desde la prehistoria hasta la actualidad, el ser humano ha estado en constante movimiento para sobrevivir y prosperar; las sociedades actuales son en esencia el resultado de procesos migratorios. Hablar de migraciones nunca es fácil porque detrás de cada persona migrante o desplazada hay una historia única. Las migraciones adoptan formas múltiples: pueden ser voluntarias o forzadas, dentro de un mismo país o cruzar fronteras internacionales, ser temporales o definitivas, con o sin documentos. Y aunque las causas son muchas, la principal motivación casi siempre es la promesa de una vida mejor.

Si bien las migraciones son procesos constantes e inherentes a la humanidad, en las últimas décadas se han visto exacerbadas por el cambio climático, a lo que se suman guerras y la creciente violencia, entrelazándose y representando una triple amenaza. Según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), de los veinte países más vulnerables al cambio climático, la mayoría están en guerra. Para 2050, 200 millones de personas por año podrían necesitar ayuda humanitaria internacional, el doble del número de personas que hoy la necesitan.

En 2023, América registró 2,1 millones de nuevos desplazamientos internos por desastres naturales, según el Internal Displacement Monitoring Centre (IDMC). Los modelos climáticos muestran que algunas regiones secas se volverán aún más áridas en las próximas décadas, aumentando la presión sobre los medios de vida. El aumento del nivel del mar, la erosión costera, los huracanes y las tormentas reducen la habitabilidad y afectan actividades como la pesca y el turismo.

América Latina y el Caribe son especialmente vulnerables al cambio climático. En nuestra región, la migración climática también se cruza con factores como la desigualdad estructural, la sobreexplotación de los recursos naturales y la alta densidad poblacional. Esto representa una mayor complejidad y diversidad de los patrones, rutas y flujos migratorios, lo que plantea la necesidad de reconstruir esquemas y enfoques que nos permitan abordar la migración con una perspectiva más humana y holística, abordando los desafíos sociales, culturales y económicos que conllevan estos movimientos.

Debido a que la mayor parte de las migraciones internacionales se caracteriza por un flujo alto y constante de sur a norte, desde países en vías de desarrollo con alta vulnerabilidad al cambio climático hacia países desarrollados, los últimos tienen el deber de extender y fortalecer sus programas de integración para quienes llegan. También es importante que, a la vez, apoyen el desarrollo en los países emisores. Las estrategias de adaptación, gestión del riesgo, ordenamiento territorial y establecimiento de vías seguras necesitan avanzar de manera ordenada y regular para promover comunidades resilientes y evitar la movilidad forzada en condiciones de vulnerabilidad. Durante la conferencia de cambio climático de 2025, COP30, se marcó un hito para avanzar en este sentido con la exigencia de un financiamiento climático masivo desde el norte global. Ahora es importante que se cumplan estos acuerdos.

Los países desarrollados tienen una responsabilidad histórica con los países del sur global. Los primeros han contribuido de manera desproporcionada a la crisis climática y a las guerras que generan desplazamientos. Y no se trata de favores, sino de asumir su deuda ecológica y social.

En este sentido, algunos esfuerzos ya se están implementando en Europa, región que ha alcanzado cifras récord de migrantes en los últimos años: en 2024 se estima que llegaron más de 4,2 millones de personas. Sin embargo, los esfuerzos no han logrado la escala y la velocidad que se necesitan. Por ejemplo, el Pacto Verde (Green Deal) contempla indirectamente la integración de migrantes para alcanzar una transición justa a partir de oportunidades laborales con beneficios sociales; esto a pesar de no ser una política migratoria directa, sino una estrategia diseñada para convertir a la Unión Europea en un continente libre de emisiones para 2050. En España, la incorporación de trabajadores migrantes a la bioeconomía resinera en zonas despobladas —principalmente de América Latina y del norte de África— nos muestra cómo es posible tender puentes entre la transición demográfica y la transición verde. Se trata de algo que puede ser replicado para generar oportunidades para quienes han dejado su vida, tradiciones e historia para arraigarse a nuevas tierras en busca de un mejor futuro.

La migración debe ser una estrategia y una alternativa para millones de personas para encontrar mejores oportunidades económicas y una vida digna. No olvidemos que todos somos migrantes, herederos de los desplazamientos de nuestros ancestros, testigos de las partidas de nuestras familias y protagonistas de nuestros propios movimientos que, a su vez, van forjando nuevos ritmos en otros territorios. Rechazar la migración es ir en contra de la esencia humana, es cerrar la puerta a la diversidad, a la esperanza y al crecimiento de las sociedades.

Pero el reloj sigue corriendo. A solo cuatro años de 2030, estamos lejos de alcanzar las metas de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y, por el contrario, las guerras aceleran la liberación de dióxido de carbono. Además, los daños a infraestructuras energéticas pueden tener consecuencias ecológicas a largo plazo. Esto, sumado a discursos que promueven el odio, aumenta el riesgo de que millones de personas deban huir de sus hogares y enfrentarse al rechazo en los lugares de llegada.

En un mundo atravesado por múltiples desafíos e incertidumbres, se vuelve más vital que nunca la solidaridad y la cooperación; solo así podremos construir una mayor resiliencia frente a las crisis y abrir caminos hacia sociedades más justas, inclusivas y sostenibles. Recordemos que la migración no es un crimen, es un derecho.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)