Miles de niños y adolescentes caen cada año en las redes de la prostitución en Asia

Cada año más de 225.000 personas caen en las redes mafiosas que las convierten en auténticos esclavos sexuales

El Correo, 22-01-2007

Joshi tiene 17 años, y su vida es uno de los ejemplos más claros del sufrimiento que provoca la esclavitud sexual. Hace tres años, una mujer de apariencia urbana apareció en su pueblo, en la región de Dang, centro de Nepal, reclutando adolescentes para trabajar en el sector doméstico de la capital, Katmandú. Prometió a los padres de la joven que ésta recibiría un sueldo equivalente a 50 euros mensuales, suficiente para ayudar a salir adelante a toda la familia, una de las muchas que sobrevive con menos de dos euros al día en el reino del Himalaya. Joshi desapareció en agosto de 2004. El camión que debía llevarla a la capital, junto a una veintena de jóvenes más, se desvió hacia la ciudad fronteriza de Nepalgunj, y cruzó a la vecina India sin que ninguna de las chicas se diera cuenta. Esa misma noche, todas ellas fueron vendidas a un burdel de carretera.

«Nos separaron y nos encerraron en habitaciones en las que había más chicas, algunas nepalíes, otras indias», relata ahora Joshi, una de las 225.000 personas que aquel año fueron víctimas del tráfico destinado a la prostitución según la Organización Mundial para la Migración.

A 2.000 kilómetros de Dang, en Camboya, Phal también fue forzada a prostituirse. En su caso, todo comenzó con la violación a manos de diez hombres. Tenía 8 años. «Desperté al día siguiente. Me dolía todo el cuerpo, pero no podía contárselo a mi madre porque sabía que me pegaría», relata. A partir de este momento la vida de Phal dio un vuelco. Había perdido su valor más preciado como mujer en la sociedad tradicional camboyana: la virginidad.

Abusos policiales

«Me fui a vivir a la calle, sola. Empecé a beber, a drogarme y a robar», cuenta la joven. Después de ser detenida por robo y forzada a mantener relaciones sexuales con los policías de la comisaría, éstos la vendieron por 50 euros a uno de los cientos de burdeles de la capital, Phnom Penh, de donde tenía completamente prohibido salir. «Me golpearon y me dieron descargas eléctricas, así que no tuve otra opción que quedarme», dice. Encerrada en un cubículo en el que atendía hasta quince clientes al día, se acostumbró a su nueva vida y dejó de cuestionarla. Como muchas otras chicas, había pasado el proceso de asimilación.

Aunque parezca mentira, Joshi y Phal son afortunadas. Pueden contar su historia. En el caso de la nepalí, una ONG local india, financiada por Unicef, la rescató del burdel en el que la explotaban. Dos años y medio después de que la dieran por muerta, Joshi regresó a su hogar. La pesadilla de Phal fue más larga. Pasaron cinco años hasta que la rescató AFESIP, la organización que lidera Somaly Mam, y que ya ha reinsertado a más de 3.500 esclavas sexuales en Camboya. Ahora, con 20 años, Phal vuelca todos sus esfuerzos en rescatar a miles de niñas que, como ella, viven en las chabolas-burdel del país.

En un continente en el que la pobreza está presente por doquier, la prostitución se ha convertido en la salida para muchos. Para las familias, que han descubierto que tener una hija prostituta resulta más rentable que un hijo labrador y bien casado. Y, lógicamente, para quienes las explotan en los burdeles y sus intermediarios. Un conductor tailandés de Mae Sai, en la frontera con Myanmar (Birmania), lo tiene claro: «Todo el mundo sabe que se comercia con chicas, pero ¿a quién le importa? Todos hacen dinero… Los tíos que las traen de Myanmar, los oficiales de aduanas, los hoteles, las agencias de viajes…».

El lucro que proporciona la prostitución ha consolidado los flujos del tráfico internacional de personas. De países pobres a otros más ricos, de zonas rurales a efervescentes megalópolis. En el ‘barrio rojo’ de Tokio, capital de Japón, se pueden encontrar 3.500 locales relacionados con la venta de sexo. Establecimientos que están llenos de mujeres filipinas y tailandesas, rara vez japonesas. En el país nipón hay más de 150.000 inmigrantes prostituidas. Algunas llegaron víctima de mafias bien organizadas; otras, en busca de un futuro más próspero. La Organización Internacional del Trabajo estima que entre el 0,25% y el 1,5% de las mujeres de los países asiáticos vive de la venta de su cuerpo, una cifra que triplica a la de Europa o Estados Unidos.

Vivir en el infierno

La pauta más habitual seguida para introducir en la prostitución a las jóvenes comienza habitualmente cuando la chica mantiene relaciones sexuales con un hombre en quien confía, en ocasiones bajo falsa promesa de matrimonio, o cuando es violada. Así, la mujer queda desprotegida ante unas sociedades que valoran sobremanera la virginidad femenina, y la deja a merced del que se la ha robado. Después, la chica se traslada con ese hombre a una ciudad alejada de su hogar en la que es vendida a un burdel. Entonces se ve atrapada en una situación de la cual no puede escapar.

Su única salida consiste en pagar el importe total de lo que ella ha costado al prostíbulo, más unos intereses astronómicos, y el coste de su comida y del techo que se le proporciona. Sólo así quedará libre. Toda una utopía si se tiene en cuenta que la cifra final es inalcanzable para alguien que percibe sumas mínimas por cada servicio (a veces menos de 10 céntimos de euro).

Las chicas se ven confinadas hasta la edad en la que ya no son atractivas para los clientes, cuando pasan la veintena. Sólo unas pocas consiguen escapar antes del burdel, y las que lo hacen tienen que enfrentarse a una atmósfera hostil y desconocida, muchas veces en un país cuya lengua no dominan.

Esta práctica habitual fue la que sufrió Nom, una joven laosiana de 17 años. Relata cómo deseaba abandonar su pueblo, en el norte rural, para trabajar en la ciudad. «Un día llegó un chico que estaba buscando chicas para trabajar en una fábrica. En unos días nos hicimos amigos. Me escogió para el trabajo y me llevó con él a Vientiane, la capital». Tras ganar su confianza, el joven consiguió mantener relaciones sexuales con Nom. «Hicimos el amor porque decía que se casaría conmigo», asegura. «Fuimos a dormir a un hotel de las afueras. A la mañana, el chico se había ido y la dueña me dijo que tenía que pagarle dos millones de kip (180 euros) porque me había vendido a su burdel. Como yo no tenía dinero me dijo que tenía que prostituirme para pagar esa ’deuda’». Nom estuvo confinada en el burdel hasta que consiguió escapar. Fue acogida por Unicef, y ahora lucha contra el sida.

Expulsadas del pueblo

La alegría por el regreso de Joshi al pueblo del que es originaria no duró mucho. En su caso, el estigma de haber sido prostituida y, por tanto, de haber satisfecho sexualmente a muchos hombres, se tradujo en acusaciones de brujería por parte de algunas de las mujeres del pueblo. Sostenían que, por culpa de la joven, sus maridos habían quedado estériles, y que ella había traído la desgracia al pueblo. La intervención rápida de un comité alegal formado por Unicef para resolver este tipo de problemas impidió que el asunto adquiriera una dimensión mayor. Según Anita Dahal, coordinadora de esta organización en Dang, «de no ser por el comité, la habrían expulsado del pueblo, como a muchas otras».

El infierno en el que son sumergidos cientos de miles de niños asiáticos no tiene fin. Ni siquiera quienes consiguen escapar pueden rehacer completamente su vida. El estigma social, las enfermedades de transmisión sexual, y las secuelas psicológicas son una cárcel en la que cumplen cadena perpetua. Para muchos, supone la pena de muerte.

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