Una cena en la estación del hambre

La miseria se mezcla con la solidaridad miércoles tras miércoles en la estación del Nord, donde una sesentena de personas acude sin falta a buscar sustento para pasar la noche

El Mundo, , 06-05-2013

Barcelona
El desfile es natural, cotidiano. El
sonrojo quedó en el olvido y ahora la
necesidad marca la agenda. Cita fija
en la estación del Nord, en la estación
del hambre. A las 21 horas.
También en este 1 de mayo en el que
las manifestaciones ya languidecen
y la exaltación del aficionado barcelonista
contrasta con el silencio sepulcral
del que espera cena en la
acera de enfrente. El sufrimiento banal
por la derrota futbolística se
exhibe con estridencia, mientras la
derrota vital se engulle con disimulo
a unos metros, evidenciando un obsceno
choque de prioridades.
Haid traga con calma la mitad de
un bol de arroz con verduras. El resto
servirá de desayuno cuando alumbre
el día en la chabola que le vale
de morada tras la estación de autobuses
de Barcelona. Arrastra este
marroquí cifras para la desesperación:
29 años de edad, tres en el paro
y dos en la calle, infinitas noches
pidiendo socorro alimentario a los
voluntarios de Casa Solidaria, que,
sin subvención que los ampare, reparten
desde hace dos años, miércoles
tras miércoles, 80 raciones en
uno de los focos de pobreza más escondidos
de la ciudad.
Las zapatillas acharoladas del joven
relucen con igual intensidad a
su pelo engominado. Un desconocido
acaba de proporcionarle ducha y
afeitado en un bloque aledaño y el
alivio de la higiene castigará las tripas.
La avidez de sus 60 compañeros
y el retraso en su llegada a la cola
le deja poco que deglutir esta noche.
En otras manos cayeron las
lentejas que Carmen preparó y trajo
desde Terrassa.
Asegura Haid que se conforma,
posa el tenedor y se pierde en un argumentario
que busca el desahogo:
«Pierdes el orgullo. Vengo a comer,
¿me entiendes? La necesidad es todo
», arranca. «Perdí mi juventud
aquí, trabajando, cotizando, ayudando,
durante nueve años y ahora qué
tengo», prosigue. «La gente escapó
de Marruecos huyendo de la corrupción
y aquí ahora hay más», se retuerce.
«El Ayuntamiento está ayudando,
pero no lo suficiente. Sin esta
gente que reparte, algunos
morirían de hambre», defiende; y
descarta, por completo, la vuelta al
origen como opción, aunque ya no
tiene a qué agarrarse porque la familia
«se ha cansado de mandar y
mandar cada mes», «no vas a volver
con las manos vacías a tu tierra».
«¿Me entiendes?», vuelve a preguntar.
«¿Tengo o no razón?», apremia.
Pero, en realidad, no espera respuesta
y se pierde con paso cansado
entre bolsas térmicas ya vacías
de sustento.

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